Pucha, que somos jodidos… Resulta que ahora le pedimos a Messi que le gane a Inglaterra como lo hizo Diego en el Azteca hace 40 años. ¿Es justo?, ¿se lo merece?, ¿ensombrecerá su inigualable carrera si no lo consigue?... Nada de eso. Pero a “Súper Messi”, nuestro héroe contemporáneo, nuestro genio que todo lo puede, también le estamos pidiendo el último “esfuercito”.
Messi se para ante el ventanal de la historia para verlo a Maradona
A 40 años de la gesta de México ’86, el capitán lidera a la selección frente a Inglaterra en un choque cargado de mística. Una cita con el pasado donde el genio de esta era no busca imitar el mito, sino firmar su propia obra de arte.

Esto que parece desmesurado, casi abusivo por todas las alegrías que nos viene dando este equipo en general y él en particular, es muy posible que esté pasando por la cabeza de Messi. No por pretender ser más que Maradona haciéndole un gol (o dos o tres) decisivo a los ingleses, porque el que menos se preocupó de esa absurda comparación, fue precisamente él mismo. Sino porque Messi sabe que enfrente estará el rival al que todos los argentinos le queremos ganar.
Sería la “frutilla del postre”. Ya sé que Messi no la necesita. Y que, repito, nada empañará su inigualable trayectoria. Pero así como Scaloni, Lisandro Martínez y todos los jugadores que hablaron el sábado a la noche, en Kansas, dijeron que se trataba “solamente de un partido de fútbol”, en el fondo, ellos saben que no es “solamente” eso, sino que es un partido con todos los condimentos, deportivos y extradeportivos, como para que se sientan más movilizados que nunca, soñando con un festejo épico: el de llegar a la final y, nada menos, que venciendo a Inglaterra.

El público ya dio su veredicto y contra la voz del soberano y el clamor popular, es poco lo que se puede hacer. El jugador sabe y escucha cuando la gente canta “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón…” Se encierra todo en ese canto. El rival a vencer, el objetivo a alcanzar. Todo. Y más allá de que uno sabe y comprueba que este plantel no necesita “enemigos” palpables para dejar todo en la cancha y ganar siempre, aún jugado mal como contra Suiza en buena parte del partido, el del miércoles es un compromiso ineludible con la historia y con el más profundo de los sentimientos de cualquier argentino. Una victoria en semifinales ante Inglaterra, acrecentará el ya bien ganado prestigio y cariño del pueblo. Incluso, a expensas de no conseguir, luego, la ansiada meta del bicampeonato.
Daniel Arcucci, en una nota con El Litoral en este Mundial, decía que “el partido con Inglaterra en México 86 explica todo el mito Maradona”. Y es verdad. Eso se vio, posteriormente, agigantado por el hecho de haber obtenido la copa del mundo. Pero ese gol y aquel triunfo ya lo habían elevado a una consideración imposible de alcanzar. Tanto, que ha pasado el tiempo (40 años) y nadie discute que no hubo una jugada más espectacular que aquella de Diego en el Azteca.

Pero, en consonancia con lo de Arcucci, mientras Maradona fue esa emoción explosiva en un partido, Messi ha construido un dominio global durante dos décadas, una copa del mundo, todos los records batidos y este Mundial brillante que viene jugando (salvo el último partido) que lo ubican en una posición en la que no necesita de un partido "mitológico" para ser leyenda. Messi ya es leyenda.
Una victoria con una gran actuación de Messi sería el punto de contacto divino de dos etapas, la comunión perfecta de dos eras. Sería aquel “barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?” de Diego, con este genio silencioso, que perduró durante más de 20 años en el más alto nivel, que supo enjuagar sus lágrimas cuando las cosas no le salían con la camiseta de la selección, hasta que la justicia divina –y la del fútbol- le dieron todo lo que quería. Y más todavía.
No sería la búsqueda de una revancha, ni de una reivindicación. Ni siquiera la necesidad de imitar aquella obra de arte de Diego, porque eso está ahí, perdurable en el tiempo y por los siglos de los siglos. Cuando alguien pregunte quién era Maradona, simplemente bastará con mostrar ese gol del 22 de junio de 1986 en el soleado mediodía de un Azteca que asistió a la obra de arte más espectacular de la historia de este hermoso deporte.
Messi debe soñar todas las noches con eso. Con ganarle a Inglaterra, con convertir un gol. Es ahí donde el jugador de fútbol extraordinario e inimitable que es, le deja el lugar al pibito de los campitos de Rosario, del que se fue con su papá a España cuando todavía era un niño y el que nunca quiso jugar con otra camiseta que no sea la de Argentina. En ese caso, sería como observar mágicamente el toque sutil del milagro que nos acercará a lo que pasaba hace 40 años. Sería como ver al genio mirar al cielo, respirar hondo y recordarnos, con una última caricia a la red, que la magia nunca se fue de nuestra tierra con la muerte de Maradona. Y que es verdad lo que canta el pueblo que viene marchando por Estados Unidos en búsqueda de más lágrimas de alegría: “… Y al Diego, desde el cielo lo podemos ver, con don Diego y con la Tota, alentándolo a Lionel…”









