La final del Mundial 2026 entre Argentina y España prometía ser una fiesta perfecta de fútbol y vanguardia tecnológica. Sin embargo, en las afueras del imponente MetLife Stadium de Nueva Jersey, la realidad fue una muy distinta y en parte se acercó a la gran desorganización de hace dos años en el Hard Rock de Miami, cuando se jugó la final entre Argentina y Colombia de la Copa América.
Desorganización, empujones y caos en el ingreso de la prensa al Metlife
Las largas colas de la prensa se prolongaron, bajo el sol abrasador (menos mal que algo de viento lo alivió), durante más de cuatro horas. Lentitud e inoperancia absoluta.

Para los miles de periodistas acreditados, la antesala del encuentro se convirtió en una trampa de desorganización, desinformación y maltrato. Algo muy difícil de entender en un país de primer mundo como Estados Unidos, donde evidentemente no se acostumbran a algunas cuestiones, como por ejemplo la cantidad de periodistas que pretenden estar en el partido más importante de los que se juegan en el planeta fútbol.

El primer gran cuello de botella se generó por una alarmante falta de criterio técnico en las requisas. En un evento de esta magnitud, se espera que el escaneo de equipos periodísticos sea un trámite veloz. Pocas máquinas de escaneo, hizo que la espera se convierta en tediosa. Inclusive, se volvió a una vieja práctica: la de tener que encender las computadoras portátiles y teléfonos.
El segundo factor de crisis fue la absoluta falta de infraestructura para canalizar el flujo de personas. Cientos de periodistas acreditados se toparon con un playón vacío, desprovisto de vallas de contención, pasillos delimitadores o el básico sistema de fila única. Sin límites físicos que impusieran respeto, la prolijidad se desvaneció rápido. El ingreso se convirtió en un embudo amorfo donde los laterales colapsaban constantemente por personas que se colaban. La tensión acumulada tras horas de espera rompió los códigos de camaradería profesional: los insultos, los gritos de reclamo y los empujones físicos entre colegas se volvieron la única norma para defender el lugar en la fila. Un verdadero caos.
Acá la cuestión no era la llegada temprana. El Litoral, con su periodista y fotógrafo acreditados por Fifa, llegó al estadio 7 horas antes de que empiece el partido. Y recién se pudo ingresar al predio del estadio, propiamente dicho, faltando dos horas y medio.

Para coronar una jornada caótica, el personal de chaleco de la FIFA y los orientadores del estadio demostraron una alarmante falta de capacitación y conectividad. En lugar de ofrecer soluciones, propagaron el caos mediante indicaciones cruzadas e incorrectas. Como por ejemplo, persuadir a los periodistas a que nos traslademos a la puerta 4, situada a más de quinientos metros, encontrándonos, allí, con la novedad que nos enviaban otra vez a la puerta 3, perdiendo la mayoría su lugar en la amplia cola.

A todo esto, poca señal, problemas insolubles de conectividad, posibilidades de trabajo postergadas o directamente anuladas, hicieron que la gran mayoría no pudieran concretar en forma adecuada sus labores profesionales.
Es cierto que es una final del mundo, que hay 83.000 entradas vendidas, pero resulta alarmante lo mal que se organizó el ingreso de la prensa. Un agujero en la organización, que no fue el único, en un país en el que todo parece perfectamente organizado. Bien dicho. Parece. Entre el parecer y el ser, hay diferencias.









