El 18 de mayo de 1980, Carlos Reutemann escribió una de las páginas más recordadas de su trayectoria deportiva al quedarse con el Gran Premio de Mónaco a bordo de su Williams.
Reutemann y una conquista eterna en las calles de Mónaco
El 18 de mayo de 1980, Carlos Reutemann consiguió una de las victorias más emblemáticas de su carrera al imponerse en el Gran Premio de Mónaco. Bajo la lluvia, en un circuito tan exigente como impredecible, el piloto argentino llevó su Williams a la gloria y quedó para siempre entre los grandes nombres que triunfaron en las calles del principado.

En las estrechas calles del principado, escenario reservado para los grandes nombres de la Fórmula 1, el santafesino logró una victoria inolvidable en una carrera marcada por la lluvia, los accidentes y la tensión hasta la última vuelta.
Las condiciones climáticas habían comenzado a jugar un papel determinante desde el jueves, cuando la lluvia dominó los entrenamientos.

En ese contexto, el francés Didier Pironi, reciente ganador del GP de Bélgica con Ligier-Ford, mostró todo su potencial siendo el más rápido sobre pista mojada. Ya el sábado, con el asfalto seco, ratificó su gran momento al quedarse con la pole position, acompañado en la primera fila por Reutemann.
Un fin de semana condicionado por la lluvia
El domingo amaneció gris y amenazante sobre Montecarlo. Pironi defendió correctamente la punta en la largada, seguido inicialmente por Reutemann, aunque poco después el argentino perdería la segunda posición a manos de su compañero de equipo en Williams, Alan Jones.
Detrás, el caos apareció rápidamente. En la frenada de Sainte Devote, Derek Daly se pasó y golpeó desde atrás al Alfa Romeo de Bruno Giacomelli. El Tyrrell salió despedido y terminó prácticamente montado sobre el auto de su compañero, Jean-Pierre Jarier, en una de las imágenes más impactantes de aquella jornada.
En la punta, Pironi resistía la presión constante de Jones, mientras Reutemann permanecía expectante algunos segundos detrás, seguido de Jacques Laffite con el otro Ligier. Más atrás se sumaban Patrick Depailler y Nelson Piquet, conformando un compacto grupo de líderes en las calles monegascas.

La primera gran modificación llegó en la vuelta 25 de las 76 pactadas. Jones ingresó a boxes y abandonó por problemas en la transmisión de su Williams FW07B. A partir de allí, Reutemann heredó el rol de perseguidor y comenzó a acercarse peligrosamente a Pironi.
Sin embargo, cuando parecía que el francés tenía controlada la competencia, comenzaron los inconvenientes mecánicos. La caja de cambios del Ligier empezó a fallar y Pironi debió conducir prácticamente con una mano sobre la palanca y la otra en el volante para evitar perder marchas.
Mientras tanto, la lluvia volvía a hacerse presente. Primero fueron apenas algunas gotas en la zona del Casino, pero con el correr de las vueltas la llovizna terminó cubriendo todo el circuito. Pese al riesgo, ninguno de los pilotos decidió ingresar a boxes para cambiar neumáticos.

El desenlace llegó en la vuelta 55. Entre la pista resbaladiza y los problemas de transmisión, Pironi perdió el control de su auto al pasar por la Plaza del Casino y golpeó contra el muro. El impacto dañó la suspensión delantera izquierda y puso fin a sus ilusiones de victoria.
Una victoria histórica para el automovilismo argentino
Así, Reutemann heredó el liderazgo con una ventaja considerable sobre Laffite y Piquet. Pero lejos estuvo de ser un cierre tranquilo. La lluvia aumentaba y el propio argentino comenzaba a sentir fallas en la caja de cambios de su Williams.
“Apreté los dientes. Estaba primero, pero no podía permitirme el menor error”, recordó años más tarde Reutemann sobre aquellas últimas vueltas cargadas de tensión.
El santafesino incluso debió levantar el visor de su casco porque estaba cubierto de aceite, mientras trataba de identificar las zonas más mojadas del circuito. Cada giro se transformó en un ejercicio de supervivencia.

Finalmente, cuando cayó la bandera a cuadros, Reutemann selló una victoria histórica en el trazado más emblemático de la Fórmula 1. Fue su regreso al triunfo después de una difícil temporada 1979 con Lotus y un comienzo irregular en Williams, donde había sufrido tres abandonos en las primeras cinco competencias del año.
Aquella conquista en Mónaco no solo significó ingresar al selecto grupo de vencedores en el principado, sino también uno de los triunfos más prestigiosos de toda su carrera. Aunque no volvería a ganar en ese 1980, “Lole” sumó otros seis podios y terminó tercero en el campeonato mundial. Un año más tarde quedaría a las puertas de la gloria máxima de la Fórmula 1.








