(Enviado Especial a Buenos Aires)
Las razones de la "parada de carro" a una Argentina extraña y perdida
Scaloni y los jugadores dijeron que el partido “se dio como sabíamos que iba a darse”, pero la realidad es que Uruguay terminó sorprendiendo –y superando- en todos los aspectos del juego.

Estábamos mal acostumbrados. Esta selección ni siquiera se había tomado la “licencia” de la natural y habitual relajación que se da en los equipos campeones, después del objetivo logrado. Seguían jugando como si enfrente tuvieran a Francia y en Lusail. Se auto potenciaban. Se les notaba el “hambre” de seguir ganando. Cruzaban el Atlántico (la mayoría juega en Europa), llegaban al predio de Ezeiza y algo mágico pasaba. Cada partido se había convertido en una fiesta y una exigencia a la vez. La fiesta de continuar ese romance que tampoco se extinguirá por este mal partido ni por haber perdido con los uruguayos. Y la exigencia de pretender demostrar en cada partido que ese sueño alcanzado en la lejana Qatar no había sido producto de la casualidad o de una “rachita”.

El mal acostumbramiento no impide encontrar algunas respuestas a este paso en falso, a este tropezón que no debiera ser caída:
- 1) La extraña insensibilidad del equipo con la pelota. Lo dijo el mismo Messi luego del partido. “Nosotros estamos acostumbrados a las posesiones largas”. Dicho en términos futboleros, Argentina necesita siempre tener la pelota y por mucho tiempo. ¿Qué pasó?, no sólo que no lo logró, sino que, cuando lo intentó, cometió errores muy groseros (pases mal dados y torpezas poco habituales) que llevaron a perderla demasiado rápido. A veces obligado por el muy buen trabajo de contención y defensivo de Uruguay; pero en su gran mayoría, porque la nochecita de Enzo Fernández, MacAllister, De Paul, Nicolás González y los que entraron después, fue de lo peor que se le vio a estos jugadores desde antes del Mundial a esta parte.
- 2) El cerebral planteo de Bielsa. Sólido en el fondo, con un excelente respaldo de la dupla Ugarte-Valverde (dos de las figuras, más allá de algunas actitudes de Ugarte que no cayeron bien), un muy buen retroceso para no generarle los espacios que Argentina necesitaba para su juego y momentos en los que fue a apretar en la misma salida, opción que, por ejemplo, permitió recuperar la pelota que terminó en el primer gol, con un volante (Viña) que la recuperó y un marcador de punta (Ronald Araujo), que llegó con total libertad para concretar.
- 3) La diferencia de velocidad que hubo entre los dos equipos. Esto llama mucho la atención, porque generalmente era –el de la rapidez- un aspecto en el que Argentina sacaba ventajas a su favor. Uruguay podía complicar por su garra, por su capacidad de lucha y por su esfuerzo, pero nunca por marcar una diferencia física fundamentada en la velocidad. Y lo consiguió en la Bombonera, con duelos ampliamente ganados, como por ejemplo el de Darwin Nuñez sobre Otamendi. Por eso fue que Bielsa planificó un partido en el que los pelotazos largos y a las espaldas de los marcadores laterales se podían constituir en un arma letal. Y así se dio.
Frente a esa solidez y claridad con la cuál jugó Uruguay, la selección no tuvo un plan alternativo. Ni siquiera afloró la rebeldía y la reacción se hizo esperar demasiado, contagiando inclusive a la multitud, tan atónita e impotente como el equipo. Tampoco rindieron los cambios. Ni Palacios ni Lo Celso le dieron el fútbol que necesitaba; tampoco Di María (más allá de un par de desbordes) y Lautaro Martínez aportaron profundidad. El equipo fue languideciendo, extinguiéndose (si es que en algún momento tuvo viva la llama) y acabó siendo muy previsible y de fácil resolución para un sistema defensivo que no supo de contratiempos ni de fisuras.

No es lo mismo, pero quizás este tropezón se asemeje bastante al de Arabia Saudita en el Mundial. Acá hay un partido extremadamente exigente a la vuelta de la esquina (el martes con Brasil en el Maracaná), pero después esto sigue y la competencia es larga. “En 50 partidos, esta es la segunda derrota”, recordaba Rodrigo De Paul luego del partido, con precisión y razón estadística. Es que nos habíamos acostumbrado a todo: a ver ganar a este equipo y también a verlo jugar bien; y a veces, muy bien. Uruguay nos “paró el carro” con un gran planteo, mezclando su tradicional garra charrúa con una respuesta táctica, técnica (porque nos manejaron la pelota demasiado tiempo) y física que nos dejó, en la Boca, con la boca abierta.









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