Juan Visentini no es un hombre que haya pasado desapercibido de la vida social y dirigencial de Unión. Su amor por el club y por el boxeo, lo llevó a descubrir, cuando apenas tenía 10 años, a alguien a quien admiró desde mucho antes de ser campeón del mundo. Y en este 7 de noviembre que siempre se recuerda como una fecha histórica del deporte argentino, cuenta lo que vivió desde que era un niño, fanatizado por aquel Carlos Monzón al que todavía le faltaban cuatro años y muchas peleas para llegar a esa noche gloriosa del Palazzo dello Sport de Roma.
Monzón y un autógrafo que Visentini guardó 60 años
El ex dirigente de Unión era un asiduo concurrente a los entrenamientos del sanjavierino en el subsuelo de la actual sede. Cuatro años antes de ser campeón, le pidió un autógrafo que guarda hasta estos días.

Y así lo cuenta Visentini para El Litoral:
“El año 1966 fue histórico para Unión. Tenía 10 años, iba a nadar a la pileta de Unión y después de cambiarme, pasaba por la cantina a comprar una gaseosa y un sandwich. A veces, ahí me atendía el recordado Pepe Grandinetti. Luego, como todos los días, iba a ver las prácticas de boxeo, en el subsuelo de la actual sede de Unión

Recuerdo el lugar como si fuera hoy. Tenía dos niveles de piso, en el primero estaban los dos ring, los armarios, las paredes con varios afiches de promoción de peleas disputadas: en colores amarillo, anaranjado y verde con letras negras; otros color marfil con letras rojas. Hasta de eso me acuerdo con mucha claridad.
Luego, casi 80 centímetros más abajo, había un rectángulo con un par de columnas de cemento en el centro de la estructura. Entre ellas, estaban los clásicos tirantes de construcción de aquella época, donde estaban colgadas las bolsas para pegar sostenidas por cadenas a los maderos. Alrededor de ellas, en un extremo, estaba el puching ball, cerca de ahí una tabla bastante inclinada con un “cinto” grueso de cuero que usaban para hacer abdominales. En diagonal a este sector, había un espejo en la pared, donde hacían “sombra”; también había espacios para “hacer soga”.

En ese lugar, recuerdo haber visto a Marcial Franco, Hugo Bidyeran, Jose Lemos y Carlos Monzón entre otros boxeadores. Practicaban en 3 x 1; igual que los rounds de peleas. ¿Qué recuerdo de Carlos Monzón? Su intensidad en los entrenamientos. Era de darle, darle y darle. Cuando le pegaba a la bolsa, hacia crujir los tirantes de madera. Y cuando descansaba, lo hacía tirando golpes al aire y caminaba como “un león enjaulado”. Yo había comenzado en ese año a coleccionar autógrafos; y del único boxeador que tengo su firma es de Carlos Monzón; y esto fue cuatro años antes de que fuera campeón del mundo. Cosas de la vida.
El histórico festejo en Santa Fe
Cuando un día como hoy se consagró campeón del mundo, ante Nino Benvenutti, Santa Fe explotó de alegría. Recuerdo haber ido en un camión lleno de gente que alcancé, a la carrera, cerca de Unión y con destino a Sauce Viejo. La llegada de Monzón, el 15 de noviembre de ese 1970, fue espectacular. El camión de bomberos hizo de transporte. En el puente carretero, se circulaba en tres filas y todas hacia nuestra ciudad; pasó por Colón, y ya anocheciendo recorrió San Martin, tomó Bulevar Pellegrini con destino a Union y llegó al club, donde se lo homenajeó. Monzón era de hincha de Colón y salió campeón del mundo representando a Unión. ¡Monzón era de todos los santafesinos!

El reconocimiento de Unión y Colón
Cuando Carlos Monzón era preparador de Ríos, se realizó un festival de boxeo en la Tecnológica, donde los clubes Unión y Colón le hicieron un homenaje. Yo era, en ese entonces, dirigente de Unión y estuve en representación del club. Por Colón lo hizo José Vignatti.
El día del entierro de Carlos Monzón en el Cementerio Municipal, puedo decir que fue el día que, en el cementerio, había más vivos que muertos. Antes de ingresar, vi que solo había un pasillo de no más de un metro de ancho. Muchas personas estaban arriba de los panteones, mezcladas con los ángeles de escultura. Ví, como tantos, cómo el cajón que tenia el cuerpo de Monzón era llevado por muchas personas que no se podían mover por falta de espacio. Iba arriba de las manos de la gente, del pueblo santafesino; parecía un barquito de papel en un arroyo de agua de cómo se movía para todos lados. Todos querían tocar el cajón. Fue otro de los momentos inolvidables para mí, que guardaré en mis recuerdos y en mi corazón”.










