Todavía tenía la adrenalina de la final encima cuando Valeria Rebanales intentaba explicar lo que significaba aquella medalla. La arquera y capitana de Venezuela había sido protagonista en la definición ante Chile, donde atajó dos penales, y celebraba un título que tenía un condimento especial: su selección Sub-17 se había medido en los Juegos Suramericanos ante rivales de categoría Sub-20.
La particular historia de Valeria Rebanales, la arquera campeona con Venezuela en Santa Fe
La capitana venezolana fue una de las figuras de la final del fútbol femenino ante Chile: atajó dos penales y ayudó a su selección a quedarse con el oro. Tiene 17 años, debutó a los 14 y asegura que llegó al arco casi de casualidad, aunque hoy no imagina su vida sin tirarse, gritar y volar de un palo al otro.

“Felicidad. Tomando en cuenta que era un torneo Sub-20 y nosotros somos Sub-17, entendíamos la responsabilidad que teníamos”, contó después de la consagración.

Para Valeria, además, el torneo tuvo una revancha especial. Venezuela había comenzado la competencia con una derrota 3-0 ante Chile, el mismo rival al que volvió a enfrentar en la final. Esta vez la historia fue diferente: empate en el tiempo reglamentario y triunfo venezolano en los penales.
“Me llevo una sensación muy gratificante porque se notó la madurez del equipo. Realmente solamente fue un mal día de nosotras y demostramos que los venezolanos siempre, siempre, siempre vamos a dar más de lo que la gente piensa. Nunca nos vamos a rendir hasta que piten el último minuto”, afirmó.

Una arquera por elección... y un poco por destino
Valeria debutó con apenas 14 años y desde entonces aprendió a convivir con las exigencias del alto rendimiento mientras sus compañeras de la misma edad transitan otras experiencias.
“Con el apoyo de mi mamá y con el apoyo de mi psicólogo siempre he sabido manejar ese tipo de situaciones. Hay veces que obviamente hay resbalones, pero de cada uno de los resbalones uno aprende”, explicó.
Su historia con el arco, sin embargo, tiene una particularidad. Cuando empezó a jugar al fútbol, no era arquera. Era goleadora. “Desde chiquita soñé con esto, pero no sabía que iba a llegar tan temprano”, contó.
Y en ese camino apareció su primo Joan de Rivas, quien fue una de las personas que la acercó al fútbol. Él jugaba fútbol sala y fue quien la motivó a empezar.
“Yo siempre decía que quería jugar fútbol campo. Empecé jugando y era goleadora porque no sé, estaba loca y pateaba de todos lados. Pero algo me llevó, Dios me llevó al arco, y fue por algo grandioso. Por eso estoy acá”, relató.

“Estoy loca y me encanta”
Cuando le preguntaron por qué había elegido ser arquera, Valeria no necesitó demasiado tiempo para encontrar la respuesta. “Es porque estoy loca. Porque me encanta”, lanzó entre risas.
Después explicó que al principio había elegido el puesto porque no le gustaba correr. El plan, claro, no salió exactamente como esperaba. “Yo decía que si era arquera no corría, pero ahora corro más, entonces no sé”, reconoció.
Lo que sí descubrió fue que había encontrado un lugar donde se siente cómoda.
“Me gusta tirarme, me gusta andar gritando como una loca y en la celebración se pudo dar cuenta que me tiré, yo no sé qué hice. Pero sinceramente es porque estoy loca y porque me encanta andar tirando y eso”, contó.
La escena de la celebración después de la definición por penales terminó siendo otra postal de una arquera que vive el puesto con intensidad.

Una referente muy cerca
En Venezuela, Deyna Castellanos es una de las grandes referentes del fútbol femenino. Pero Valeria tiene otra figura como modelo, y la particularidad es que la tiene mucho más cerca.
“Deyna es una referente de nuestro país, pero sinceramente siempre me he visto como Luisa Cáceres. Es mi mayor referente en la selección y, de hecho, es mi compañera”, contó.
La arquera destacó especialmente todo lo que aprende de ella dentro del equipo. “Estoy muy feliz y aprendo cada cosa que hago, cada cosa nueva que aprendo es de ella. Ella me lleva a ser mejor”, sostuvo.
A los 17 años, Rebanales ya tiene una medalla dorada en los Juegos Suramericanos y una historia que recién comienza. Entre los entrenamientos, el colegio, los viajes y las exigencias de la competencia, aquella niña que pateaba pelotas desde todos lados terminó encontrando su lugar debajo de los tres palos.
Y en Santa Fe, en una final que terminó en penales, demostró que no le teme a ese lugar. Al contrario: parece haber nacido para tirarse, gritar y defenderlo.








