¿Cómo se conforman las nuevas identidades políticas en tiempos de redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial? ¿Qué quedó del sentido de pertenencia que las moldeó en la historia argentina? ¿Es nuestro país la sociedad siempre estuvo polarizada o es un fenómeno nuevo en un contexto mundial de líderes fuertes que gobiernan a todo o nada? ¿El consenso democrático que se generó en 1983 fue una constante o un paréntesis en nuestra historia? Camila Perochena; doctora en Historia por la UBA, Magíster en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella, donde además dirige los posgrados en Historia, y Profesora en Historia por la Universidad Nacional de Rosario, además de columnista semanal en el programa Odisea Argentina, cree que aun en este contexto en Argentina seguimos teniendo identidades políticas programáticas.
Perochena: "Las lealtades que existían en el siglo XX hacia el peronismo y el radicalismo hoy pertenecen al pasado"
Los historiadores Camila Perochena y Francisco Reyes debatieron en Cauces sobre identidades políticas y el futuro de la democracia.

-Durante años, las identidades políticas se organizaron en torno a líderes fuertes y cuerpos doctrinarios. ¿Cómo se configuran en la actualidad?
-Creo que en Argentina seguimos teniendo identidades políticas que son programáticas. Todavía los candidatos, los presidentes, piensan en términos de programas. Hay políticos peronistas, más proteccionistas, más nacionalistas, a lo que se opone un discurso más liberal. ¿Qué quiero decir con esto? Qué en un contexto internacional de identidades políticas más volátil, Argentina mantiene cierta dimensión programática en sus identidades políticas. ¿Las identidades políticas solo se definen por programas? No. Para conformarla tenés que tener un conjunto de ideas, pero también símbolos, representaciones. Ahora, si pensamos en las identidades políticas de las últimas dos décadas, en el 2001 hay un reseteo y se conforman dos identidades políticas nuevas, que son las que estructuraron el debate público en la Argentina, que fueron el kirchnerismo y el Pro. Y a partir de 2021, en la post pandemia, hubo un nuevo reseteo y aparece la identidad política libertaria o la nueva derecha, que vuelve a reconfigurar el escenario. Ahora, yo diría que esas identidades políticas, comparadas con las identidades políticas previas que se conformaron entre la transición democrática y la actualidad, también tienen una característica que las diferencia y las hace más singulares, que es cierto faccionalismo polarista. Se constituyen de una manera mucho más faccionalizada y polarizada de cómo se pensaban las identidades políticas entre el 83 y el 2003. Y diría que se parecen mucho más a la forma en que se configuraban identidades políticas en el siglo XIX y XX.
-¿Qué singularidad tienen estas identidades?
—Estas identidades, como el kirchnerismo y el mileísmo, se construyen desde una lógica facciosa y polarizada, que concibe al adversario como un enemigo. Desde esa perspectiva, no hay lugar para la negociación: el adversario debe ser derrotado por completo, porque el proyecto propio solo puede imponerse en un juego de suma cero. Esta concepción, visible en el kirchnerismo desde el conflicto con el campo, fue retomada e intensificada por Milei. Es una forma de entender la política que la transición democrática había intentado superar. Aunque Alfonsín y Menem tuvieron profundas diferencias, ambos concibieron la política sobre una base común de consensos y diálogo.

-Lo que conocemos como el consenso democrático post 1983
—El consenso democrático actual es diferente, aunque cabe discutir hasta qué punto es realmente democrático. Sin duda, el que predominó entre 1983 y 2003 fue mucho más pluralista.
—Esa convivencia política que describís, más cercana a la negociación que al enfrentamiento, también favorecía el surgimiento de terceras fuerzas como el ARI o el Frepaso. Eran alternativas intermedias. Hoy, con una polarización tan extrema, esas opciones tienen muchas dificultades y, de hecho, han fracasado.
-Te diría que estoy de acuerdo con eso, pero haría un paréntesis. Porque en el Congreso entre el 83 y 2019 hay terceras fuerzas, pero claramente hay un bipartidismo más marcado, donde hay un polo peronista y un polo no peronista. Emergen terceras fuerzas, sobre todo después de la crisis del 2001, pero que después son absorbidas. Hoy, en cambio, hay un escenario más fragmentado en el sentido de que ya no hay dos grupos, sino un escenario de tercios. Por eso, no puede decirse que hoy no existan terceras fuerzas: el mileísmo surgió como una de ellas y luego se convirtió en una fuerza mayoritaria.

—Pienso en Provincias Unidas, el intento más reciente de construir una alternativa de centro, una opción intermedia.
—Esa es una dificultad propia de las identidades políticas más facciosas y polarizadas: generan una dinámica que termina erosionando a las terceras fuerzas. No estoy segura de que el electorado esté necesariamente tan polarizado, pero los dirigentes de centro tienen dificultades para encontrar un espacio. Por un lado, el debate político se organiza en términos facciosos; por otro, los medios y las redes premian los discursos más polarizados. La lógica algorítmica y del «me gusta» favorece a quienes movilizan emociones, especialmente el enojo. Los discursos complejos, matizados y moderados tienen menos impacto que la crispación. Por eso, a una fuerza de centro le resulta muy difícil consolidarse. Es un fenómeno mundial, y Argentina no es una excepción. En varios países latinoamericanos, durante buena parte de los siglos XIX y XX, predominó una cultura política facciosa y polarizada que alcanzó a Europa y Estados Unidos donde durante el consenso de posguerra, a partir de 1945, sus dirigentes tendían a ser más consensualistas. En Argentina, en cambio, la lógica de la Guerra Fría atravesaba el debate interno, expresado en la división entre peronismo y antiperonismo y en conflictos que llegaron a resolverse mediante golpes de Estado y la lucha armada. En ese sentido, la cultura política facciosa no es una novedad en nuestra historia.
- ¿El consenso entre 1983 y 2003 fue una excepción en la historia argentina?
—Esa política basada en consensos y denominadores comunes fue excepcional: constituyó un paréntesis en nuestra historia.
- ¿La década del 30 también?
—La década de 1930 también fue conflictiva: en 1932, Alvear fue proscripto y no pudo presentarse a elecciones. La violencia política era habitual y, desde 1935, se sumó el fraude electoral. En nuestra historia hubo pocos períodos de consensos claros. Uno de ellos fue la Argentina liberal, entre 1853 y 1910. Como señalaba Halperin Donghi, Argentina nació liberal. A diferencia de México y otros países latinoamericanos, no hubo aquí guerras entre liberales y conservadores ni un partido conservador fuerte, en parte porque la Iglesia tenía menos peso y presencia. Los dirigentes sostenían posiciones diversas, pero todos se reconocían como liberales, aunque pertenecieran a corrientes distintas. El liberalismo de Sarmiento no era el mismo que el de Mitre, Alberdi, Roca o Juárez Celman. Aun así, compartían una base común: el desarrollo del país requería exportar materias primas, recibir inmigrantes, extender los ferrocarriles y hacer de la escuela un motor del progreso. Aunque los liberales se enfrentaban a los tiros, existía ese sustrato compartido.

—De hecho, la Constitución de 1853 sigue vigente, aunque fue reformada creo que siete veces.
—Perón impulsó una reforma profunda en 1949 porque consideraba liberal la Constitución de 1853; en 1957, esa reforma fue revertida. Hoy no existe aquel piso común de acuerdos de la Argentina liberal y resulta difícil identificar consensos básicos. Vaca Muerta podría ser uno: existe acuerdo sobre la necesidad de explotarla, pero no sobre cómo hacerlo, como muestra el debate en torno al RIGI. Tampoco hay consenso sobre el modelo de desarrollo, la política económica, la educación, la salud ni el papel del Estado.
-Malvinas es otro tema donde hay consenso.
-Debe ser de los pocos consensos súper transversales, pero cómo construir el Estado o que hacer con la economía es mucho más esquivo.
—¿Es posible cambiar esta lógica en Argentina sin que cambie a escala mundial? ¿Podemos convertirnos en una excepción?
—No veo una vía clara para recuperar una política más transaccional y consensualista. No se debe solo al contexto mundial: la forma actual del debate público también dificulta ese regreso. Para lograrlo, debería cambiar la esfera pública, pero su transformación depende de avances tecnológicos tan rápidos que escapan al control de los partidos y aún no podemos comprender plenamente. Me cuesta imaginar hacia dónde va este proceso porque no está claro cómo se configura esa esfera pública, quién controla los algoritmos ni qué impacto tendrá la inteligencia artificial. Todo cambia con enorme rapidez y resulta cada vez más difícil de comprender.

-¿Hay también desinterés de la gente por involucrarse?
—Puede haber más apatía, pero también influye que la política sea hoy más difícil de comprender. Antes resultaba más claro cómo funcionaban la política, el Estado y el capitalismo, tanto para los ciudadanos como para quienes estudiaban estos fenómenos. Ahora, pocos entienden hacia dónde se dirige el capitalismo, y quienes lo comprenden están muy por delante de quienes intentamos analizar la sociedad y la política.
-Además de que es más complejo ¿No faltan líderes también?
—Por un lado, influye el desinterés ciudadano; por otro, la opinión pública, el electorado y la sociedad son mucho más volátiles. Un líder puede captar y expresar ese estado de ánimo en un momento determinado, como hizo Milei, pero se trata de un clima cada vez más cambiante y fugaz.
- No hay sentido de pertenencia.
-Y ahí volvemos a la cuestión de las identidades políticas. Hoy las identidades políticas son mucho más láviles, mucho más débiles, se esfuman mucho más rápidamente. Hay un politólogo que está estudiando esto que se llama Gerardo Scherlis, que muestra que en las elecciones de América Latina desde el 2020 hasta ahora, algo así como el 80% de los partidos que las ganan son partidos nuevos y que cuando esos líderes salen del poder, la gran mayoría de esos partidos se disuelven. Es decir, las identidades políticas son mucho más débiles y más fugaces porque la lealtad del electorado es más fugaz.
-También a los oficialismos les cuesta reelegir. Salvo en Paraguay y México, en el resto ganaron las oposiciones.
—Es parte del mismo fenómeno. A los oficialismos les cuesta reelegirse porque las identidades políticas son más fugaces: en un momento logran representar a la opinión pública, pero esta cambia rápidamente y el gobierno no siempre se adapta a esa transformación. A veces, ese cambio pasa inadvertido y la sociedad busca otra opción. Las lealtades partidarias que caracterizaron al siglo XX, como la adhesión al peronismo o al radicalismo, pertenecen al pasado.









