Venezuela: mucho oro, demasiado petróleo y una deuda que duplica su PBI
Detrás del ruido político y de los gestos de fuerza, Venezuela tiene una pregunta para el mercado. Si hay negocio, quién lo hace y quién paga la cuenta. Los números, esta vez, no cierran en el corto y mediano plazo.
Venezuela, por lo que fuere, era inviable antes de la captura de Maduro, lo es ahora y lo seguirá siendo en el futuro inmediato. Una eventual “ocupación” por parte de Estados Unidos implica apropiarse de sus recursos, pero también —y de manera inmediata— hacerse cargo de sus deudas, que hoy imposibilitan la inversión descomunal necesaria para explotar minerales y petróleo. En este análisis, los venezolanos, dentro y fuera del territorio, sobran. No importan.
El “no apto” definido por Trump respecto de Edmundo González y Corina Machado tiene que ver con esta realidad. Estados Unidos sabe que el régimen de Maduro —pero sin Maduro— puede servir al objetivo de apropiación de los bienes y al deslinde de responsabilidades por los males acumulados.
Una deuda que pesa más que cualquier recurso
Venezuela está en default desde 2017 y arrastra una deuda externa que se estima entre 150.000 y 170.000 millones de dólares, según cómo se computen intereses y reclamos judiciales. El dato clave no es solo el monto, sino su relación con la economía real: el PBI del país ronda los 80.000 millones de dólares, lo que deja un endeudamiento cercano al 200% del producto.
A esto se suma un actor imposible de esquivar: China. Caracas le debe a Pekín unos 60.000 millones de dólares, lo que convierte al gigante asiático en el principal acreedor individual. Cualquier intento de reordenamiento económico pasa, antes que nada, por esa mesa de negociación.
Sin acuerdo por la deuda, no hay “transición” ordenada posible. Ni política ni financiera.
El petróleo: el mito de la riqueza inmediata
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con unos 303.000 millones de barriles. El problema es que la riqueza está bajo tierra, mientras la realidad productiva es otra.
China compra alrededor del 80% del crudo venezolano, denominado “pesado” por su alto contenido de azufre y los elevados costos de refinación. A esto se suma una logística deficiente y una infraestructura obsoleta de PDVSA. El resultado es que el petróleo venezolano se vende al gigante asiático con un descuento cercano al 25% respecto de la referencia Brent. En comparación, el crudo pesado mexicano tiene un descuento de apenas el 5%, y el 80% del crudo “Maya” tiene como destino el mercado estadounidense.
China compra alrededor del 80% del crudo venezolano.
Hoy Venezuela produce alrededor de 1 millón de barriles diarios, muy lejos de los más de 3 millones que llegó a bombear en su mejor época. En el tablero global, ese volumen no mueve la aguja, sobre todo frente a Arabia Saudita, Rusia, Canadá, Noruega o incluso Argentina.
Además, el crudo venezolano es pesado, sucio y caro de extraer. Mientras Arabia Saudita produce a 3 o 5 dólares por barril, Venezuela necesita 25 dólares o más, sin contar transporte, impuestos y el deterioro de la infraestructura.
El petróleo está, pero no es un negocio rápido ni barato.
Inversiones millonarias y poca caja
Para llevar la producción a un nivel razonable —al menos 2 millones de barriles diarios— se necesitarían inversiones por entre 35.000 y 40.000 millones de dólares.
El problema es que las grandes petroleras no tienen hoy ese dinero disponible. ExxonMobil y Chevron, juntas, apenas superan los 20.000 millones de dólares de liquidez. Usar esos fondos implicaría dejar de pagar dividendos, frenar recompras de acciones o endeudarse de manera agresiva.
La salida lógica sería armar un pool internacional de petroleras, con beneficios fiscales, garantías jurídicas y estabilidad política. Traducido: concesiones, privilegios y tiempo. Mucho tiempo.
El oro: la verdadera carta en la manga
Si el petróleo es lento y costoso, el oro aparece como el activo más usable en el corto plazo. Venezuela posee alrededor de 161 toneladas de oro en reservas oficiales, valuadas hoy en unos 22.000 millones de dólares.
No alcanza para pagar la deuda, pero sí para garantizar financiamiento, respaldar préstamos o sostener una transición política sin que todo colapse desde el inicio. No es casual que el oro vuelva al centro de la escena: es el único activo rápidamente monetizable.
Ahí está, probablemente, el verdadero interés.
Coltán y tierras raras: más relato que realidad
Desde hace años se habla del coltán y las tierras raras del sur del Orinoco como una mina de oro alternativa, con cifras que llegan a los 100.000 millones de dólares. El problema es que no existen certificaciones internacionales confiables que respalden esos números.
La extracción es mínima, desordenada y, en muchos casos, dominada por economías ilegales. En términos financieros, no sirve hoy como garantía ni como activo bancarizable.
Por ahora, es más un eslogan que un negocio.
El costo social que nadie menciona
Hay un gasto que rara vez aparece en los análisis: la estabilidad social. Una transición política necesita dinero para alimentos, servicios básicos, subsidios y contención social.
Antes del colapso, el sector petrolero destinaba unos 3.500 millones de dólares anuales a funciones de equilibrio interno. En un escenario de transición, esa cifra debería duplicarse como mínimo. Ese dinero también hay que ponerlo sobre la mesa.