El pasado miércoles 26 falleció en Montevideo Omar Ruben Rada Silva (sin acento: como buen uruguayo, pronunciaba su nombre "Rúben"), a los a los 83 años, luego de permanecer internado durante aproximadamente un mes por una neumonía bilateral y sus complicaciones. Así, con el perfil bajo que lo caracterizó siempre (algo que sabía contemporizar con su carisma innato), se fue un músico polifacético que supo atravesar varias vidas artísticas.
Ruben Rada: varias vidas en 83 años
El cantante, compositor y percusionista uruguayo recorrió un periplo que lo llevó del Carnaval a la fusión progresiva del candombe beat, con El Kinto, Tótem, Opa y su carrera solista. En sus últimos años explotó su faceta más popular, abrazando la plena y otros ritmos bailables, y abriéndose a colaboraciones con nuevas generaciones.


Del barrio al “candombe beat”
Porque el “Negro” Rada, como se lo conocía, había comenzado como muchos niños tocando tambores en las calles, como relató en “Candombe para Gardel”: “Los muchachos de la barra callejera / que sentimos el candombe bien de bien / nos sentamos a cantar en la vereda / con tambores, algún tango de Gardel / Y una muchacha que pasaba / relojeando el tamboril / suavemente me decía / ¡Qué calor hace en abril!”.
De allí pasó a una institución central del Uruguay, de la mano de la comparsa de negros y lubolos Morenada y luego junto a la murga La Nueva Milonga.
Pero pronto vendría el encuentro con otro emblema: los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, futuros integrantes de Los Shakers (“los Beatles uruguayos”) lo descubrieron en el Hot Club de Montevideo y lo sumaron para The Hot Blowers, en sus primeros pasos de fusión entre la música de raíz afroestadounidense como el jazz y la tradición afro del Río de la Plata.
De ahí saltó a El Kinto, compartiendo las voces con Eduardo Mateo, la leyenda del rock uruguayo: un proyecto que duró tres años, dejó un solo disco recopilatorio publicado años después, “Circa 1968”, y otras grabaciones dispersas.
Así y todo, impuso en las bateas de todo el mundo la marca “candombe beat”, que cruzaba la música montevideana con la electricidad de un rock que se volvía más complejo cada día y la sonoridades que llegaban desde el Brasil.

Con Tótem profundizó esa búsqueda, profundizando en la figura musical de lo que Rada significó para varias generaciones. Uno de los proyectos que quedarán inconclusos son los shows de “Rada canta Tótem”, previstos para el 10 y 11 de octubre en la sala Eduardo Fabini del Auditorio Nacional del Sodre.
Allí iba a reencontrarse con el bajista Daniel “Lobito” Lagarde (el último fundador vivo) para homenajear las canciones de una de las bandas fundamentales de la música uruguaya. Las entradas para ambos conciertos estaban cerca de agotarse.

De este lado del río
En 1977 se sumó a la banda Opa para su segundo disco, “Magic Time”: los hermanos Fattoruso (ya ex Shakers) lo reclutaron para ese proyecto de jazz rock sudamericano y progresivo, junto a Hugo “Ringo” Thielmann, también ex The Hot Blowers.

Entre medio de todos estos proyectos había grabado dos discos solistas, carrera que retomó definitivamente a partir de los 80, sin abandonar colaboraciones y reuniones con ex compañeros. El álbum “En familia”, de 1982 (con Osvaldo Fattoruso en la batería) incluyó el hit “Blumana”: un tema sobre tiempos dictatoriales que se convirtió en marcas personal.
Es el que decía: “Siempre en los conciertos / pasan cosas raras / tengo mucho miedo / que venga la mala / Tocá, che negro Rada / tocá, grita la hinchada / tocá y cantá tranquilo / que acá no pasa nada”. También era un emblema de los unísonos descendentes entre la voz y los instrumentos, una marca de su tradición progresiva.
Para ese entonces, el público y los artistas argentinos lo habían aceptado como uno más de nuestra escena, le pusieron acento a la e para que “Rubén Rada” sea parte del paisaje sonoro del país.

Renacimiento y masividad
De cara al cambio de milenio inició otro ciclo vital con “Quién va a cantar” (2000), luego de varios años en México. Convocó a Cachorro López, un ex Abuelo de la Nada devenido en productor de éxito, que le impuso una condición: que le entregara las canciones y no apareciera por el estudio, porque temía que la personalidad musical de Rada terminara agregando demasiados elementos.
El álbum marcó un renacimiento comercial y artístico y terminó convirtiéndose en su disco más exitoso. A la canción que le da título, con aire baladístico (y quizás una referencia a Horacio Guarany, en la frase “quién va a pedir que calle el cantor”), sumó el boom bailable y radial de “Cha Cha, Muchacha”.
Y también “Muriendo de plena”: una comunión con el nuevo ritmo popular del Uruguay (aunque la plena es de origen centroamericano), y una letra que hoy se resignifica como testamento: “Cuando yo me muera, no quiero llanto ni pena / prefiero que se me vele bailando una rica plena / Y si no me muero, tampoco me hago problema / porque tengo todo el tiempo de bailar hasta que muera”. Y terminaba diciendo: “Porque yo en la vida he sido feliz / y quiero morirme comiendo perdiz”.
En los años siguientes encarnó a su alter ego Richie Silver, retomando su primer seudónimo para cantar en inglés temas como “Flowers in the Night”; repasó clásicos argentinos y uruguayos en “Fan: Pa’los amigos”, registró en portugués “As noites do Rio / Aerolíneas Candombe” (con la participación del Tribalista Carlinhos Brown en “Chão da Mangueira”). Decía que era un homenaje a su madre, Carmen Silva, de origen brasileño.
En esta etapa explotó también su personaje público, lleno de carisma, ocurrencias y frases acertadas, ya conocido por los asistentes a los conciertos, pero expandido a los magazines televisivos; allí mismo donde podía ponerse a cantar haciendo percusión sobre la mesa para explicar el nacimiento de una canción. Ya de grande pudo expresar al niño pícaro que había tocado en las veredas.

Siempre activo
La muerte lo sorprendió preparando un disco junto a Los Auténticos Decadentes, un proyecto de ocho canciones que contemplaba cuatro temas registrados por Rada junto a su productor Gustavo Montemurro y otras cuatro composiciones suyas con nuevos arreglos de la banda argentina.
Rada también acababa de poner en marcha “¿Quién va a cantar?”, un ciclo audiovisual de encuentros musicales con artistas de distintas generaciones. La propuesta, estrenada en julio, consistía en recibir invitados para interpretar una canción del repertorio de Rada y otra perteneciente al músico convocado.
El primer encuentro lo reunió con La Vela Puerca (junto con No Te Va Gustar y El Cuarteto de Nos, la más reciente camada de uruguayos que se hicieron fuertes en el mercado argentino), pero el proyecto estaba pensado para continuar con nuevos capítulos. “Ahora estamos buscando más músicos”, había dicho Rada (Jorge Drexler fue de los primeros en apuntarse).
“Yo le meto por todos lados. Pienso que mañana me voy a ir, entonces les dejo música. Grabo, grabo, me voy y quedarán discos míos por salir. El Negro está apurado”, había reflexionado en declaraciones radiales hace unos años.

Ahora será cuestión de los herederos que su material inédito vea la luz. Herederos que también son parte de su legado: sus hijos Lucila Rada Vivanco (cantante y actriz), Matías (guitarrista de Martín Buscaglia, Illya Kuryaki and The Valderramas y la banda de su padre) y Julieta Rada Jodara (cantante solista, con discos como “Corazón diamante” -Grammy Latino a Mejor Nueva Artista- y “Candombe”, y corista de Ciro y Los Persas) mantienen en alto la bandera del apellido, y garantizan que no calle el cantor.









