Después de la experiencia vivida con Maia Roldán en mayo, continúa el ciclo de formación artística impulsado por Silvina Cian desde el Concejo Municipal de Santa Fe. En ese marco tendrá lugar el conversatorio titulado “El arte de comunicar cultura y música popular: De Yupanqui a Milo J”: una charla imperdible con Silvia Majul, quien tiene una larga trayectoria laboral de la mano de artistas como Mercedes Sosa, Peteco Carabajal, Litto Nebbia y León Gieco, entre muchos otros referentes.
Silvia Majul y el arte de sostener las raíces en el aluvión digital
El Ciclo de Formación para Artistas continúa con el conversatorio “El arte de comunicar cultura y música popular: De Yupanqui a Milo J”, dictado por la escritora, documentalista y comunicadora, quien desde hace 30 años trabaja junto a los más destacados artistas de nuestro folclore. En la previa, compartió con El Litoral sus ideas y las experiencias que la formaron.

El encuentro se realizará este viernes 5 de junio desde las 17.30, en el recinto del Concejo Municipal (Salta 2943). Anticipándose a la cita, El Litoral la contactó para adentrarse en la propuesta, su ideario y sus vivencias desde las trincheras, en la defensa de la cultura popular.

Divisiones de escaparate
-Una de las preguntas centrales del encuentro es: ¿qué es hoy la música popular? ¿Cómo responderías esa pregunta desde tu experiencia de más de tres décadas trabajando con artistas de distintas generaciones?
-Para mí, la música popular hoy es todo aquello que late en el territorio y en la memoria de la gente; va desde Mozart hasta el canto de los grillos en una noche santiagueña. A lo largo de mis más de tres décadas trabajando con artistas de distintas generaciones, lo que fui comprobando es que la etiqueta de “lo popular” es una categoría que muta constantemente y que siempre está en tensión.
A veces nos olvidamos de que Beethoven era el fenómeno de masas de su época, o que el tango nació en los márgenes de los prostíbulos antes de ser aceptado como “alta cultura”. Hoy vemos cómo el mercado discográfico insiste en encasillar las expresiones en góndolas rígidas, separando por ejemplo al chamamé del resto del folclore, cuando en el fondo todo responde a una misma matriz.
En comunicación estudiamos cómo estas clasificaciones de las disquerías o los algoritmos no son inocentes; son dispositivos que fragmentan la cultura para poder comercializarla. Mi propia experiencia como oyente me transformó en una “escuchadora” nómade. Nací en la Patagonia, me mudé a Santiago del Estero y también viví en Santa Fe. Esos mapas musicales me enseñaron que todo es música popular.
Por eso me parece un prejuicio total cuando la gente me juzga por disfrutar del cuarteto o de la cumbia santafesina con la misma pasión con la que escucho a Raúl Carnota o a Martha Argerich. Detrás de ese juicio social hay un intento de imponer qué cultura es “válida” y cuál no.
Como bien demostró el Chango Farías Gómez cuando fundó MPA (Músicos Populares Argentinos), la música de raíz no es una pieza de museo estática. Lo popular es sinónimo de vanguardia, de cruces y de libertad, y no tiene por qué pedirle permiso a las élites ni a las etiquetas del mercado.

Hiperconectados
-En un contexto atravesado por las redes sociales y las plataformas digitales, ¿qué lugar ocupa hoy la construcción de identidad cultural dentro de la música?
-Hoy las redes y las plataformas no anulan la identidad cultural, sino que multiplican las formas de construirla. No veo este escenario digital como algo apocalíptico; la identidad musical siempre fue un proceso vivo que se nutre tanto de las pantallas como de la experiencia cotidiana en el territorio.
Como plantea Néstor García Canclini, vivimos en una era de culturas híbridas y globalización imaginada. La diferencia fundamental es la velocidad y la escala del acceso. Antes, nuestra ventana al mundo eran la radio, la televisión o aquellos históricos cancioneros en formato de revista que coleccionábamos para aprender los acordes de un tema. Hoy, un chico en cualquier rincón del país puede descubrir un ritmo del otro lado del planeta en un segundo a través de un algoritmo.
Ese cruce es fascinante y democratizador. Sin embargo, como reflexiona Byung-Chul Han, la digitalización extrema y la hiperconectividad corren el riesgo de disolver la profundidad de los lazos comunitarios en un mar de estímulos rápidos y efímeros. Por eso, para mí, la clave en el ecosistema actual es trazar límites claros.
Si pensamos a la identidad cultural como una casa, las plataformas digitales abren ventanas infinitas que la ventilan y la enriquecen; pero si no consolidamos las paredes y los cimientos -que son nuestras vivencias reales, el roce con los otros, los rituales compartidos y nuestra propia historia- el flujo digital de las redes puede terminar desbordando el living y arrasando con todo. El gran desafío actual es usar la tecnología como un puente de expansión, sin perder el anclaje en el suelo que pisamos.

Defensores de lo intangible
-¿Creés que la comunicación cultural debe cumplir también una función de preservación de la memoria colectiva?
-Sí, totalmente. La preservación de la memoria colectiva es una función central e indispensable de la comunicación cultural, pero no entiendo esta preservación desde una mirada estática, nostálgica o conservadora. En tiempos de avasallamiento de información e inmediatez digital, la memoria colectiva necesita acciones concretas y un fogoneo permanente para no disolverse.
Esta responsabilidad debe encararse de forma institucional y transversal: involucra al Estado, a las escuelas, a los artistas y hasta a los preparadores físicos. Hace poco charlaba con un amigo peronista que me decía que era “muy trosko” exigirle absolutamente todo al Estado. Yo le respondía que no, que justamente él, desde su propia identidad política, no puede olvidar los aciertos de su historia, entre los cuales estuvo poner bien arriba a la cultura argentina y a la música popular.
La política pública cultural y educativa debe dar la estructura. Hace unos días conversaba también con Fernando Signorini -histórico preparador físico de Diego Maradona- y él me remarcaba la importancia crucial de formar a los chicos desde abajo, no solo en lo físico sino en lo humano. Me contaba que lo primero que le regaló a Diego en Barcelona fue el libro “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano.
Eso demuestra que la memoria y la conciencia de quiénes somos se activan en cualquier espacio, incluso en una cancha de fútbol. Por eso me molesta profundamente cuando las fiestas patrias se reducen meramente a un feriado turístico o a un día de descanso sin sentido. La memoria es acción.
No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que se sostenga sola; tenemos que contar activamente por qué esa fecha es patria, generar actividades en los barrios, lograr que los docentes en las aulas tengan herramientas y que los mismos artistas estén girando en las radios comunitarias y comerciales rescatando nuestro cancionero. Garantizar la transmisión cultural es un acto político y comunitario indispensable para que las nuevas generaciones sepan de dónde vienen.

Fricciones de época
-¿Qué riesgos observás en una época dominada por algoritmos que privilegian la inmediatez y la viralidad?
-Observo que el mayor peligro de la inmediatez algorítmica es la disolución de los vínculos humanos reales y la pérdida de la profundidad crítica, reemplazadas por una simulación de vida que ocurre dentro de las pantallas. Esta lógica de la viralidad constante fragmenta nuestra atención y debilita la construcción de experiencias colectivas genuinas.
Afortunadamente, frente a este panorama, está emergiendo una resistencia social muy fuerte y organizada. En Mendoza, por ejemplo, una colega cineasta, Laura Piastrellini, está impulsando activamente un proyecto a través de la Red de Cuidado Digital Infantil para que se limite el uso de pantallas y teléfonos celulares en las infancias. Es una militancia colectiva que busca retrasar la entrega de dispositivos hasta la secundaria. En esa misma línea vemos a figuras públicas como Natalia Oreiro, quien defiende públicamente que su hijo Atahualpa crezca libre de la dependencia del celular para resguardar su madurez y su vinculación con el entorno real.
A pesar de todo, mantengo una mirada profundamente optimista. Imagino nuestra época como un auto que va a mil kilómetros por hora en una ruta: de golpe frena a fondo y, aunque el auto se detuvo, ves que las llantas siguen girando con fuerza por la inercia. Estamos justo en ese momento de transición y fricción.
Como decía maravillosamente Leda Valladares, “nuestros ancestros son el futuro”. Esto significa que vamos a volver atrás para tomar el jugo de la esencia; regresaremos a mirarnos a la cara en una cena, a habitar los libros y a compartir el espacio físico. Espero que el estrellamiento frente a este mundo virtual no nos siga saliendo tan caro en términos de salud mental y desconexión social. No nos puede ganar una Inteligencia Artificial. Volveremos a las raíces para tomar impulso, seguir caminando y ser mejores.

Sensibilidad orgánica
-Frente a lo que definís como “colonización algorítmica”, ¿qué herramientas pueden desarrollar los comunicadores para fortalecer la soberanía cultural?
-La herramienta fundamental de los comunicadores frente a la colonización algorítmica es entender que no hay que mirar a los comunicadores desde los medios, sino a la persona en su lugar, en su propio territorio. Solo así se puede ser un comunicador que sea, ante todo, un ser humano con valores fundamentales como la sensibilidad.
Con esa sensibilidad humana es con la que te doy vuelta el algoritmo. Para contrarrestar una tecnología que tiende a moldear las cabezas de las audiencias como si fueran plastilina, la respuesta no es el aislamiento tecnológico, sino el establecimiento de límites conscientes y el rescate de las realidades locales.
Vivo en un pueblo donde todavía veo a los chicos ir a caballo a la escuela. Sé perfectamente que cada lugar es un mundo y que esa imagen puede parecer una simple postal idílica en medio de una vorágine global que arrasa con las identidades locales. Sin embargo, esa realidad me recuerda que la vida y la cultura suceden afuera de las pantallas.
Como bien señala Víctor Hugo Morales, en esta batalla cultural permanente nos quieren imponer una lógica de mercado que borra lo comunitario y estigmatiza lo colectivo, intentando hacernos creer que la neutralidad es el camino. Pero frente a un algoritmo que busca adormecernos o volvernos idénticos, los comunicadores tenemos que tomar posición, formarnos para incomodar al poder real y defender, con datos y territorio, nuestra soberanía cultural.
En un futuro automatizado, la creatividad y la creación humana genuina valdrán oro, exactamente como el agua. Esta analogía con el agua no es solo poética, es literal y material. El ecosistema digital actual tiene un costo ambiental invisible: la Inteligencia Artificial genera una enorme huella hídrica debido a los sistemas de refrigeración de sus servidores.
Por eso, mi posición respecto a la tecnología es de un uso instrumental y responsable. Utilizo la IA de manera inteligente y únicamente en casos de estricta urgencia, como cuando necesito editar rápido un trabajo estructurado que debo presentar de inmediato.
Entiendo que la soberanía cultural también implica una conciencia ecológica: no podemos alimentar una matriz virtual a costa de vaciar nuestros recursos naturales. La soberanía se defiende con formación, con los pies en el barro y cuidando lo que nos es propio.

Identidades
-¿Qué aspectos de la cultura popular argentina considerás que todavía están insuficientemente representados en los medios de comunicación?
-El principal aspecto insuficientemente representado es nuestro propio mapa identitario; los medios de comunicación masiva todavía operan bajo la lógica de unitarios y federales, donde todo se produce y se legitima desde el puerto de Buenos Aires, invisibilizando la riqueza del interior.
Con esto quiero decir que el centralismo porteño sigue colonizando las pantallas y las radios, dictando qué es valioso y qué no, mientras el resto del país queda reducido a una nota de color o a una postal turística. Esta desconexión mediática hace que terminemos dándole la espalda a nuestra propia región: nos sentimos extranjeros al lado de un hermano boliviano, paraguayo o chileno, cuando compartimos la misma matriz latinoamericana.
Como comunicadores tenemos la responsabilidad urgente de revertir esto desde las infancias, enseñándoles a los niños a mirarse y reconocerse en su propia comunidad. Me viene a la mente algo que decía Sara Mamani: “En Salta no tenemos espejo”. Se refería, justamente, a esa falta de reflejo en los medios; no nos reconocemos en nuestra propia indianidad.

Es como dice el cantautor Orlando Vera Cruz en la película “Pilchas gauchas”. Nos falta mirarnos hacia adentro para entender quiénes somos. Los medios públicos y privados deberían sentir un orgullo profundo por nuestra cultura, nuestros artesanos y nuestras raíces, en lugar de importar moldes ajenos. Lamentablemente, el prejuicio cultural y la jerarquización del arte siguen enquistados en las propias instituciones que deberían protegernos.
Hace un tiempo, defendiendo el proyecto de la película sobre el “Toro” ante un jurado del Incaa, me topé con un evaluador que me exigió: “Demostrame que el folclore está al mismo nivel que el rock”. Una muestra total de ignorancia y de colonización mental. Tuve que apelar a la historia y recordarles que grandes del rock como Miguel Abuelo o Ricardo Mollo se nutrieron e hicieron temas de folclore.
Frente a esa mirada soberbia que separa las expresiones culturales, me quedo siempre con las palabras del folclorólogo José Ceña, que en la misma película sintetiza todo de manera magistral: “Todos los géneros musicales vienen de un mismo árbol”. Los medios tienen que dejar de podar las ramas y empezar, de una vez por todas, a mostrar la raíz.

Aprendizajes
-Trabajaste en la comunicación de artistas fundamentales como Mercedes Sosa, León Gieco, Teresa Parodi, Peteco Carabajal y Liliana Herrero. ¿Qué enseñanzas te dejaron esas experiencias?
-De toda esa inmensa lista de gigantes que me nombrás, con el único que no trabajé directamente es con Víctor Heredia, pero a todos ellos los considero, como los jinetes del Apocalipsis: los que están sosteniendo con su arte y su palabra todo un mundo para pasárselo a las futuras y renovadas generaciones. Trabajar a su lado me dejó marcas a fuego y enseñanzas que guían mi forma de entender la comunicación cultural todos los días.
De Mercedes Sosa aprendí una distinción teórica y vital fundamental: no es lo mismo ser cantante que ser cantora. La cantante solo canta; la cantora tiene algo profundo e impostergable que decirle al mundo. Mercedes me enseñó, además, el respeto sagrado hacia los medios locales y comunitarios. Ella entendía que la comunicación es un puente con el pueblo: si llegaba a un pueblo que tenía una sola radio AM, iba a hacer la nota a la siesta, con 40 grados de calor, sin un solo atisbo de soberbia.
Esa misma militancia por el trabajo la vi en León Gieco. Una vez, volviendo de visitar a Sixto Palavecino, vio la antena de una radio rural en el camino; le dijo al taxista que frenara y, mientras pagaba el viaje, me pidió que bajara corriendo a avisarles que quería que le hicieran una nota. Tienen una capacidad de laburo y una humildad descomunales.
Esa entrega se nota también en Teresa Parodi y en Liliana Herrero. A veces yo me enojaba porque venían periodistas a preguntarles por temas que compusieron hace 50 años, o a indagar si seguían componiendo, ignorando toda su vigencia. Pero ellas, lejos de molestarse, contestaban con la responsabilidad de la maestra que sabe que su rol es enseñar y fogonear la memoria todo el tiempo. Las admiro profundamente porque saben que hay generaciones enteras que recién las están descubriendo; se disponen a hablarles de cuando eran chicas con una amorosidad admirable, sin reclamarles que no conozcan su trayectoria previa.
La coherencia de estos artistas excede por completo los escenarios. De León tengo infinidad de anécdotas de una generosidad desbordante, como cuando en una peña se le acercó un desconocido a contarle que tenía a su hermano internado en el Hospital Garrahan y León mandó a su mánager, Gustavo, a buscarlo corriendo para darle plata y ayudarlo. O Peteco Carabajal, que aunque a veces maneje un “reloj santiagueño” (risas) con los tiempos, tiene una entrega absoluta: cuando llega a una provincia no va a hoteles de lujo, va a parar a casas de familias comunes.
En definitiva, la mayor enseñanza que me dejaron es que la comunicación cultural no es una estrategia de marketing; es un acto de amorosidad, coherencia, militancia y territorio.

Digitalidad y olvido
-¿Cómo fue cambiando el trabajo de prensa y comunicación cultural desde tus comienzos hasta la actualidad?
-Uf, acá me pegaste en el tobillo y en el alargue, porque el cambio fue total y absoluto. En mis comienzos, la madre de nuestro trabajo era la gacetilla de prensa en papel o por correo electrónico. Hoy, en cambio, la casa de un artista son sus redes sociales y tienen la obligación de cuidarla.
El paradigma de la comunicación cultural se transformó por completo: antes gestionábamos la información a través de los medios masivos; hoy los canales son directos y bidireccionales. A veces me cuesta hacerles entender esto a los artistas, porque muchos, por su propia condición de creadores, suelen ser tímidos y se resisten a mostrar su intimidad. Pero a los nuevos les aconsejo firmemente que dejen de lado esa timidez.
Este mundo es muy ingrato y el ecosistema digital funciona bajo la lógica de la visibilidad constante: si no estás en las redes, la gente te olvida. No les pido que muestren solo la nariz cuando tienen que vender un disco o un show; les pido que se muestren de cuerpo entero. Tienen que mostrar cómo se forman, qué leen, qué pintores miran, qué colegas escuchan.
Como decía con tanta sabiduría Luis Landriscina, el artista debe posicionarse firmemente desde dónde viene y conocer su propia cultura. Tienen que asumir esa comunicación con la responsabilidad de un maestro que comparte su mundo. Fijate si será real esta inercia del olvido que, para que Mercedes Sosa siga presente en la memoria colectiva, todos los años su fundación tiene que encontrar y lanzar algún registro inédito; de lo contrario, el algoritmo la va relegando.
Por eso, mi recomendación para los artistas actuales es que le dediquen, sí o sí, dos horas diarias a sus redes y que las tengan ordenadas como una casa limpia. Recién cuando tengan esa base sólida, es momento de contratar a un agente de prensa. El trabajo del periodista cambió drásticamente: hoy, cuando mandás una gacetilla, lo primero que hace el productor de un medio es revisar las redes del artista para ver cuántos seguidores tiene o qué estéticas maneja.
Incluso si fallece alguien conocido en el ambiente, el periodista ya no llama por teléfono a los familiares o amigos; entra a Twitter o a Instagram a ver qué publicaron los colegas de ese famoso para armar la nota desde ahí. Frente a esta realidad, el comunicador y el artista tienen que estar actualizados de todo.
Y hay algo en lo que no negocio: guste o no guste, yo no trabajo con artistas que no quieran hablar de política, porque todo es política. Elegir no decir nada también es una posición política que convalida el estado de las cosas. Con los artistas suelo tener charlas larguísimas sobre esto, porque entiendo la comunicación no como el simple envío de un comunicado, sino como una trinchera ideológica, humana y cultural.

Cine al encuentro
-Como realizadora audiovisual elegiste retratar figuras como Ramón Navarro, Daniel Toro y Los Andariegos. ¿Qué te atrae de estas historias?
-Fui a Chuquis con mi compañero, Eduardo Fisicaro, que laburaba en Canal 7, puramente por una necesidad de crónica. Nos enteramos de que en 2014 ese pueblo de La Rioja le había puesto el nombre de las canciones de Ramón Navarro a sus calles. ¡El único caso en el mundo! Ojalá el barrio donde nació Serrat, un barrio de La Boca o Cañada Rosquín hicieran algo así. Era un hecho único y fuimos a registrarlo; el documental vino después.
Por eso digo que empecé al revés: hice la película y después estudié cine. Fue como tener al hijo y recién ahí vivir el proceso de llevarlo en el vientre. En pleno “embarazo” de “Un pueblo hecho canción”, me preguntaron de qué otro artista haría una película y no dudé: de Daniel Toro. Fue el primer músico con el que trabajé hace 35 años en Córdoba. Siempre me fascinó la idea de llevar a nuestros artistas populares a la pantalla grande. ¿Y por qué no? Tienen que estar en los discos, en las redes, en los libros, en la pintura y también en el cine.
Costó un montón convencer a Ramón, porque son de otra generación, más tímidos, pero con Daniel me ayudó mucho su hija Daniela. Lo de Los Andariegos ya fue una movida colectiva con Laura Piastrellini, Fisicaro y Giordano. Estudiar cine después de haber filmado me hizo ver la película terminada con otros ojos, entendiendo la gestación de ese hijo que ya había nacido.

Y ver lo que pasa hoy con estas producciones es la mayor gratificación. Me emociona escuchar a los pibes jóvenes salir del cine diciendo, con una ingenuidad hermosa y genuina: “¡Podríamos contratar a Los Andariegos para el festival del pueblo!”. La otra gran alegría es que afuera conozcan más a nuestros artistas que nosotros mismos: la de Toro se estrenó en Rusia, la de Navarro en Alemania y la de Los Andariegos en Francia. Ahí te das cuenta de que cuando contás la historia de tu pueblo, terminás hablándole al mundo entero.

-¿Hay algún próximo documental en vista?
Sí, ¡se vienen dos documentales! Y te paso la primicia de lo que estoy gestando. El primero es “La Comarca santiagueña”, un viaje directo a la génesis de Santiago del Estero, una provincia que late al ritmo del monte y las fiestas populares, desandando el camino de su propia poesía. Vamos desde Añatuya, la cuna de Homero Manzi, hasta La Banda, esa “tierra de poetas” que parió a Pablo Raúl Trullenque.
Para mí, la película es mucho más que un registro: es un acto de reivindicación. Busco mostrar las manos de las teleras que urden el tiempo, la construcción artesanal del bombo legüero y el ritual de la arropeada. Cada imagen abraza la costumbre ancestral entre mitos y leyendas. Los hilos conductores de este viaje van a ser el santafesino Marcelo Jara y la pampeana Miriam Talone, sumados a varios entrevistados.
Además, hace años entrevistamos con Karina Micheletto a grandes como Sixto Palavecino, Elpidio Herrera y Carlos Carabajal; no quería por nada del mundo que ese material se quedara guardado en un cajón.
El segundo proyecto es “Musas”, que de hecho iba a ser un libro antes que una película. Metí ambos proyectos en un concurso y, si gano con este, quiero armar un híbrido hermoso que mezcle lo documental con la ficción. Musas nace de una realidad: canciones inolvidables como “Caminito”, “Merceditas”, “La Oma”, “La Pomeña”, “Zamba de Lozano” o “Beatriz Durante” tienen la historia de una mujer detrás. La película recorre cien años de la mujer en más de 12 obras musicales, mostrando sus luchas de la época, sus sueños, sus historias truncadas y las dadas.
La narrativa se apoya en material audiovisual de archivo y testimonios actuales con retratos de las protagonistas, armando un paralelismo entre las mujeres de cada tiempo. Para esto quiero cruzar a mujeres que ya tengo entrevistadas y registradas -como Barbarita Cruz de Jujuy, Eulogia Tapia de La Poma o Blanca Carrizo de Pampa del Chañar- con las historias de aquellas que ya no están y no pude entrevistar.

Mujeres en canciones
-En “Musas. Mujeres que inspiraron canciones folklóricas” proponés una revisión de relatos que históricamente quedaron en segundo plano. ¿Cómo nació la idea del libro?
-“Cada mujer mencionada es un pedazo de nuestro suelo. Cada una lleva una lucha, un deseo, un amor, una pasión, una misión. Mujeres con nombre y apellido con las que debemos identificarnos porque hay sincronicidad en el universo a través del tiempo y también una obligación de las nuevas generaciones de tomar la posta, de sostener y alentar las dignas luchas pasadas. Hay una magia ancestral que nos ayuda a volver mejores en cada canción”, dice la santafesina María de los Ángeles “Chiqui” Ledesma sobre este proyecto.
Es que “Musas” es el segundo libro que edito con la editorial Mil Campanas, y la verdad es que necesitaba parirlo con todo el alma. Son casi 50 historias de mujeres detrás de una canción. Nombres como Antonietta Paule “Nenette” Pepin Fitzpatrick, Carmen Funes (“La Pasto Verde”), Eulogia Tapia (“La Pomeña”), Felisa de la Fuente (“Zamba de Usted”), Leonor Marzano (“Madre Baile”), Barbarita Cruz (“Jujuy mujer”), Blanca Carrizo (“Pampa del Chañar”) o Yolanda Pérez (“Zamba de Lozano”), entre muchas más, reviven en estas páginas.
Lo que hago es reconstruir sus historias, matizadas con entrevistas, diálogos y datos nunca antes publicados que son el resultado de décadas de laburo junto a los artistas de nuestra música. La idea siempre fue contar la vida de la mujer real que está detrás de la musa y, a su vez, detrás de la canción. El libro se completa además con secciones dedicadas especialmente a las mujeres compositoras, a las bailarinas y una sección bellísima que llamé “Casuarinas”, con hermosas historias que se resisten a cualquier tipo de clasificación tradicional.
Es un trabajo vivo, tanto que ya se viene el volumen dos. Siento que rescatar estas biografías es un acto de justicia poética; es visibilizar a quienes inspiraron nuestra cultura popular pero muchas veces quedaron a la sombra de la melodía.

Capacidad de asombro
-¿Qué descubrimientos te llevaron a replantear algunas historias muy conocidas del cancionero popular?
-Entre la palabra “descubrimiento” y yo hay algo personal. Si fuera por mí, cambiaría ese término por asombro. Me genera una profunda vibración sentir cuántas cosas me han asombrado en este camino y cuántas más quedan todavía por asombrarme. En ese proceso, me encanta desmitificar las obras y a los artistas. Si hay creadores que pensaron de determinada manera políticamente, separemos eso de la obra. Si hay canciones que fueron escritas por porteños para Jujuy, contémoslo sin vueltas.
A mí me movilizan las verdades humanas. Historias como la de Armando Tejada Gómez, que con 23 hermanos mostró una resiliencia única -un verdadero Hamlet desde la ternura-, son el tipo de asombros que elijo mostrar. En el caso de figuras como él o Mercedes Sosa, su legado me ayuda a levantarme todos los días; siento que nadie debería pasar por esta vida sin conocerlos ni leerlos.
Con las canciones me pasa lo mismo. Me apasiona rescatar la historia de amor o la vida de esas mujeres que hicieron historia por ser pioneras y revolucionarias. El asombro viene de ahí, de humanizar el mito. Y ya que me invitás a soñar en grande, te confieso un deseo: mi sueño absoluto es hacer la película de Juana Azurduy protagonizada por Natalia Oreiro. Pero bueno, ¡ya me hiciste volar demasiado!









