A 214 años del primer grito de libertad: por qué este 27 de febrero se celebra el nacimiento de la Bandera Nacional
En una jornada cargada de simbolismo, se recordó el momento en que Manuel Belgrano, desafiando las órdenes de Buenos Aires, enarboló por primera vez la enseña patria a orillas del río Paraná. El acto central en el Monumento Nacional a la Bandera de Rosario renovó el compromiso con los valores de unidad y soberanía.
La historia argentina tiene sus nodos fundamentales, y uno de los más vibrantes ocurrió en suelo santafesino. Aquella tarde de verano de 1812, el General Manuel Belgrano, apostado en las barrancas del río Paraná para contener el avance realista que bajaba desde Montevideo, comprendió que sus hombres no podían seguir combatiendo bajo los mismos colores que sus enemigos.
La creación de la bandera no fue un acto protocolar planificado desde un escritorio, sino un grito de identidad nacido de la urgencia de la guerra.
Un detalle que los santafesinos guardamos con especial orgullo, y que a menudo se omite en los manuales escolares porteños, es la identidad de quien tuvo el honor de izar por primera vez el paño. No fue un militar de alto rango ni un enviado de la capital, sino un civil, un joven vecino de la zona y regidor del Cabildo de Santa Fe: Cosme Maciel.
A las 18:30 de aquel 27 de febrero, frente a las baterías "Libertad" e "Independencia" instaladas en la costa, Maciel sujetó las cuerdas y elevó los colores que hoy nos definen. Este gesto simbolizó la unión inquebrantable entre el ejército libertador y el pueblo santafesino, que no solo brindó el escenario geográfico, sino también el apoyo logístico, los materiales y el coraje humano en una de las etapas más inciertas de la gesta emancipadora.
Retrato del general Manuel Belgrano abanderado, obra de Ducrós Hicken. Archivo
La desobediencia de Belgrano y el conflicto político
La historia de nuestra bandera es también la historia de una valiente rebelión política. El Primer Triunvirato, con sede en Buenos Aires, mantenía una política de extrema cautela. En aquel entonces, todavía se gobernaba nominalmente a nombre de Fernando VII para evitar conflictos diplomáticos directos con las potencias europeas. Por ello, cuando Belgrano informó con entusiasmo su decisión, la respuesta oficial fue una dura reprimenda y la orden terminante de ocultar el pabellón.
Sin embargo, el destino ya estaba marcado. Para cuando la orden de censura llegó a las orillas del Paraná, el General ya había partido hacia el Norte, llevando consigo la bandera que luego sería bendecida en Jujuy. "Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste", había argumentado Belgrano en su correspondencia, priorizando la moral de su tropa y la claridad de la causa por sobre la burocracia y las dudas de la dirigencia porteña.
Debates sobre el diseño original
A 214 años del suceso, los historiadores aún debaten la disposición exacta de aquel primer paño. Si bien hoy estamos habituados a las tres franjas horizontales, las investigaciones sugieren que aquella bandera confeccionada por María Catalina Echevarría —otra figura clave de la Villa del Rosario— podría haber tenido solo dos franjas: una blanca y una celeste.
Lo que no se discute es el origen de los colores, inspirados en la escarapela que el propio Belgrano había logrado oficializar apenas unos días antes.
El Monumento a la Bandera, en la ciudad de Rosario.
Un legado que fluye como el Paraná
Hoy, la importancia de esta efeméride reside en la vigencia de los valores belgranianos. Aquella bandera que hoy vemos en cada escuela y edificio público nació de la urgencia, del coraje y de la visión de un país soberano que Santa Fe ayudó a parir.
Recordar aquel 27 de febrero no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una reafirmación de nuestra autonomía. El símbolo creado en nuestras barrancas sigue siendo el refugio de una unidad nacional que, más allá de las coyunturas políticas o económicas, se reconoce en el celeste y blanco. Santa Fe, como escenario privilegiado, custodia ese recuerdo no solo en los archivos, sino en la geografía misma de sus orillas, donde el río sigue siendo testigo eterno del primer flameo de nuestra libertad.