¿La guerra entre Rusia y Ucrania desnuda un mundo sin hegemonía?
En un contexto decididamente multipolar, Estados Unidos negocia un plan de paz realista para los ucranianos, mientras los rusos y los chinos desafían su influencia, marcando un cambio en la estrategia global.
Volodímir Zelenski y Donald Trump en contacto con la prensa tras su reciente encuentro. Crédito: REUTERS/Jonathan Ernst
"Estamos viviendo en un orden internacional no hegemónico. No hay ni un país ni una coalición de países que hoy ordene el sistema", afirma Juan Gabriel Tokatlian, sociólogo y doctor en Relaciones Internacionales, capturando de esta forma la esencia de un mundo en transición, donde el poder se dispersa y las alianzas se reconfiguran de manera impredecible.
Esta frase resuena con particular fuerza al examinar el reciente encuentro entre el presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo ucraniano Volodímir Zelenski, celebrado el 28 de diciembre de 2025 en Mar-a-Lago (Florida).
En un contexto de guerra prolongada en Ucrania, este diálogo no solo busca poner fin a un conflicto que ha costado cientos de miles de vidas, sino que también ilustra las dinámicas de un orden global multipolar, donde Estados Unidos ya no dicta términos unilaterales, sino que negocia en un tablero influido por potencias como Rusia y China.
El encuentro, descrito por Trump como "excelente", tras casi tres horas de conversaciones, se centró en un plan de paz de 20 puntos que, según ambos líderes, se encuentra en sus etapas finales.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Crédito: REUTERS/Jonathan Ernst
Trump, fiel a su estilo transaccional, resaltó que "si no logramos el acuerdo ahora, esto podría durar por mucho tiempo y costar millones de vidas", reconociendo la urgencia de detener las matanzas en un conflicto que ha devenido el más sangriento en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Zelenski, por su parte, elogió el progreso, afirmando que el 90% de los términos ya están acordados, aunque insistió en que cualquier concesión territorial -como el estatus de Crimea o el Donbás- deberá someterse a un referéndum popular en Ucrania donde la última palabra la tiene el pueblo.
Esta condición refleja la fragilidad interna de Ucrania, un país exhausto por casi cuatro años de invasión rusa, con ataques continuos que en la víspera de la reunión dejaron muertos y heridos en ciudades como Kiev, Sloviansk y Jersón.
Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania. Crédito: REUTERS/Jonathan Ernst
Desde una perspectiva geopolítica, esta reunión marca un punto de inflexión en la estrategia estadounidense. Bajo la administración Trump, Washington parece abandonar el enfoque ideológico de "exportar democracia" que caracterizó la era posterior a la Guerra Fría, optando por un realismo pragmático.
Trump, quien conversó por teléfono con Vladímir Putin antes del encuentro, y lo describió como productivo y amistoso, actúa como mediador en un triángulo de poder donde Rusia mantiene su ofensiva militar mientras negocia. Elementos pendientes, como la zona económica libre en el Donbás o el control de Zaporiyia, subrayan las concesiones mutuas:
Ucrania podría ceder terreno a cambio de garantías de seguridad, posiblemente sin adhesión inmediata a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un punto rojo para Moscú. Así, en el marco de un orden no hegemónico, este proceso revela la erosión del dominio unipolar de Estados Unidos. Como señala Tokatlian, ninguna potencia ordena el sistema por completo.
Rusia, pese a sus pérdidas, ha demostrado resiliencia, consolidando alianzas con Irán y Corea del Norte para sostener su esfuerzo bélico. China, observadora silenciosa, ve en este conflicto una oportunidad para desafiar el liderazgo occidental, expandiendo su influencia en el Sur Global a través de iniciativas como los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, más sus aliados).
Europa, mientras tanto, enfrenta divisiones internas: mientras países como Polonia y los bálticos abogan por un apoyo inquebrantable a Kiev, Alemania y Francia priorizan la estabilidad energética, afectada por los bombardeos rusos a infraestructura ucraniana en pleno invierno. Desde el ángulo de la defensa, las implicaciones son profundas.
Xi Jinping, presidente de China. Crédito: REUTERS/Maxim Shemetov/Pool
Un acuerdo de paz podría redefinir la arquitectura de seguridad europea, potencialmente debilitando la OTAN si Ucrania acepta neutralidad o demilitarización parcial. Trump ha insinuado que no hay fecha límite, pero analistas advierten de obstáculos inesperados que podrían descarrilar el proceso, como resistencia interna en Ucrania o escaladas rusas.
Zelenski enfatizó la necesidad de "garantías de seguridad" como clave para una paz duradera, posiblemente involucrando a Estados Unidos y la UE en compromisos bilaterales, pero sin el paraguas colectivo que Moscú rechaza.
Esto podría fomentar un nuevo equilibrio, donde potencias regionales ganan autonomía, pero también aumenta el riesgo de conflictos híbridos o cibernéticos, ya que la ausencia de un hegemón global deja vacíos de poder que otros actores oportunistas explotan.
Además, el momento elegido para el encuentro -justo antes de posibles reuniones tripartitas en Washington y de contactos con líderes europeos en enero- apunta a un esfuerzo diplomático coordinado, aunque marcado por cierta fragmentación.
Trump dejó abierta la posibilidad de visitar Ucrania, aunque lo ve improbable, destacando su preferencia por la diplomacia remota. Zelenski, al calificar a Putin de "hombre de guerra", subraya la desconfianza subyacente, agravada por ataques recientes que demuestran la capacidad rusa para prolongar el sufrimiento.
En última instancia, este diálogo ejemplifica cómo, en un mundo multipolar, las soluciones surgen de negociaciones arduas entre iguales relativos, no de imposiciones. La guerra en Ucrania, con su costo humano y económico, obliga a repensar alianzas: Estados Unidos podría pivotar hacia Asia para contrarrestar a China, dejando a Europa más expuesta.
John Mearsheimer, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago y teórico de relaciones internacionales, sostiene una interpretación controvertida pero influyente en los círculos realistas. Manifiesta que la expansión de la OTAN hacia el este y la aspiración ucraniana de integrarse fueron la causa principal de la guerra.
Aunque reconoce la responsabilidad de Putin en la invasión, Mearsheimer considera que la mejor salida para Ucrania pasa por ceder territorio a cambio de paz, y culpa principalmente a Occidente por ignorar las legítimas preocupaciones de seguridad de Rusia.
La pregunta que queda abierta es si la multipolaridad traerá mayor equilibrio o si, por el contrario, inaugurará una era de incertidumbre permanente en un sistema internacional cada vez más volátil.
El autor es analista internacional y profesor de Ciencia Política.