Este lunes, Xiao Xiao y Lei Leil, los últimos pandas gigantes en Japón fueron trasladados desde el Ueno Zoological Gardens hacia el aeropuerto para su regreso a China.

Los gemelos de cuatro años dejaron el zoológico de Ueno, en Tokio, rumbo a la provincia china de Sichuan, abriendo paso a una nueva era en la diplomacia asiática. Cientos de personas los despidieron con carteles, peluches y lágrimas.

Este lunes, Xiao Xiao y Lei Leil, los últimos pandas gigantes en Japón fueron trasladados desde el Ueno Zoological Gardens hacia el aeropuerto para su regreso a China.
Afuera del predio, cientos de personas se juntaron en el frío para verlos partir, algunos vestidos con gorros y camperas con orejitas de panda.
La escena tuvo algo de despedida familiar: el zoo ya venía organizando vistas limitadas y turnos especiales, y aun así la demanda explotó.
Los pandas nacieron en junio de 2021 en el propio zoológico de Ueno y se convirtieron en una de las atracciones más fuertes de la ciudad.

Sus padres, que también estaban en préstamo, volvieron a China en 2024, y los gemelos quedaron como el último símbolo vivo de una historia que empezó hace más de cinco décadas.

Con su partida, Japón queda sin pandas por primera vez desde 1972, cuando llegaron los primeros ejemplares en el marco de la normalización diplomática con China.
El traslado estaba previsto, sí, pero el contexto pesa: Reuters y The Guardian describen la salida como parte de un clima de relaciones Japón–China más tensas, con el telón de fondo de disputas regionales y roces geopolíticos (Taiwán, entre ellos).

En Japón, esa lectura convive con otra más simple y más humana: “se van los pandas” y punto. Para muchos visitantes, fue menos un episodio diplomático y más una pérdida emocional.
La ausencia no es solo simbólica. Medios internacionales remarcan que la salida puede golpear el circuito turístico alrededor de Ueno —desde el propio zoológico hasta negocios que viven del “día panda”— y que, por ahora, no hay reemplazos confirmados.

En el zoo, el director lo dijo con una mezcla rara de orgullo y tristeza: agradecimiento por los años compartidos, pena por la despedida y la esperanza de que el intercambio pueda reanudarse en algún momento.
Y mientras el camión ya está lejos, en Ueno queda esa imagen: una reja cerrada, un cartel que antes no se miraba… y el murmullo de la gente preguntando “¿y ahora qué vemos?”.