Rafael Grossi aprovechó el escenario más visible de la carrera por la Secretaría General de la ONU para instalar una idea contundente: la organización no necesita más discursos, sino volver a resolver problemas.
El candidato argentino a conducir la ONU propuso "honestidad brutal" en el primer debate público
Rafael Grossi sacó a relucir su perfil de gestión diplomática entre los seis aspirantes para dirigir los destinos de la Organización de las Naciones Unidas. Reivindicó su tarea en el OIEA, cuestionó la falta de respuestas del organismo y prometió “honestidad brutal” para encarar una reforma que devuelva eficacia y credibilidad.

El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) fue uno de los seis candidatos que participaron este jueves del primer debate público organizado en la Asamblea General para definir al sucesor de António Guterres, cuyo mandato concluirá el próximo 31 de diciembre de 2026.
El argentino llega con el respaldo formal del Gobierno nacional y con una credencial que repitió durante el debate: haber negociado en escenarios donde una mala decisión podía tener consecuencias globales.
Compite con Michelle Bachelet de Chile, María Fernanda Espinosa de Ecuador, Rebeca Grynspan de Costa Rica, Carolyn Rodrigues-Birkett de Guyana y Macky Sall de Senegal, que completan la nómina de candidatos para suceder a Guterres.
Diagnóstico sobre la ONU
Frente a diplomáticos, funcionarios y representantes de la sociedad civil, el argentino buscó diferenciarse de sus competidores con realismo político. “Cien días pueden no ser suficientes para hacer todo lo que hay que hacer para volver a encarrilar a la ONU, pero serán una buena indicación de si hablamos en serio o si será más de lo mismo: declaraciones, discursos y buenas intenciones”, afirmó.
El diagnóstico de Grossi sobre el funcionamiento de la ONU fue uno de los más severos de la jornada. Sostuvo que el mundo atraviesa el mayor número de conflictos armados de las últimas cuatro décadas y que Naciones Unidas está ausente de la resolución de las crisis más graves.

No planteó, sin embargo, una ruptura con el multilateralismo. Su propuesta consiste en recuperar la capacidad operativa del sistema y darle al secretario general un papel más activo. “La imparcialidad no es indiferencia”, remarcó. Y la definió como “la capacidad de proponer soluciones concretas, escuchar sin condenar y estar presente para resolver un problema”.
Utilizó su experiencia al frente del OIEA como carta de presentación.. Recordó que el organismo logró mantener inspectores en la central nuclear de Zaporiyia, en una zona de guerra, y negociar seis ceses temporales del fuego entre Rusia y Ucrania para realizar reparaciones indispensables. “Eso solo es posible con credibilidad y cuando uno llega a la mesa real, no a una mesa imaginaria, con soluciones viables”, sostuvo.
Realismo ante las potencias
Grossi también fue consultado sobre cómo actuaría si un miembro permanente del Consejo de Seguridad iniciara una guerra de agresión contra otro Estado. Su respuesta evitó distinguir entre países con o sin poder de veto. “Que cualquier miembro de Naciones Unidas desencadene una guerra o recurra a la agresión es suficientemente grave para que el secretario general intervenga”, señaló.
Luego agregó un matiz que atravesó su exposición: “Las buenas palabras no alcanzan”. Para el argentino, la ONU debe entender las raíces de los conflictos, escuchar a las partes y ofrecer alternativas aplicables, incluso cuando el Consejo de Seguridad se encuentre paralizado.

La discusión no es menor. El próximo secretario general será recomendado por ese órgano, donde Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido conservan poder de veto. Después, la Asamblea General deberá formalizar su nombramiento. El primer voto indicativo está previsto para el 30 de julio y el elegido asumirá el 1 de enero de 2027.
Burocracia y el desafío de la IA
La reforma institucional fue otro eje del debate. Grossi buscó correrse de las fórmulas generales y advirtió que “ahora todos son reformistas”. “Habrá que ver qué ocurre el 1 de enero”, advirtió, enfatizando la puesta en marcha del próximo mandato.
Su planteo apunta a separar aquello que depende directamente del secretario general de las reformas que necesitan respaldo de los Estados miembros. Propuso un “nuevo acuerdo” entre la conducción política, los países y el personal de la organización, con menos retórica y más ejecución. “Necesitaremos honestidad brutal para reconocer lo que podemos hacer. Habrá que hablar con el personal, escucharlo, no maquillar los problemas y hacerse cargo de ellos”, afirmó.
El mensaje coincide con el argumento de la candidatura argentina: reducir burocracias, contener la dispersión de mandatos y recuperar el foco original de la Carta de Naciones Unidas, centrado en la paz y la seguridad internacional.

El candidato argentino también dejó una definición sobre inteligencia artificial y armas autónomas. Rechazó trasladar al mundo digital los mecanismos de control utilizados en el ámbito nuclear y consideró inviable una supervisión basada en esquemas rígidos.
“No necesitamos ni un optimismo ingenuo ni miedos injustificados”, dijo. En cambio, propuso una plataforma colaborativa entre Estados, expertos y empresas para acordar reglas sin frenar la innovación y con un principio central: mantener siempre el control humano.
Condicionamientos de Washington
La carrera por ocupar la Secretaría General ya está en marcha. América Latina reclama el turno regional después de más de tres décadas sin ocupar el cargo, mientras una parte importante de los Estados miembros brega por que, por primera vez, el puesto quede en manos de una mujer.
En paralelo, la ONU enfrenta una crisis financiera y de confianza. El presidente estadounidense Donald Trump acusa a la organización de gastar de manera irresponsable, dispersar sus recursos y no ofrecer resultados satisfactorios.

El enfrentamiento de Trump con la ONU sumó incluso una versión llamativa. Según publicó el New York Post, el mandatario habría mencionado al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, como una posible figura para conducir el organismo, al valorar su capacidad para reunir consensos internacionales durante la organización del Mundial 2026.
Lo cierto es que Estados Unidos exige que se retomen los propósitos fundamentales de la organización, que son la paz y la seguridad, mientras que otros Estados miembros destacan la igual importancia de sus otros dos pilares: los derechos humanos y el desarrollo.
La discusión no es menor. El próximo secretario general será recomendado por ese órgano, donde Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido conservan poder de veto. Después, la Asamblea General deberá formalizar su nombramiento. El 30 de julio, los 15 miembros del Consejo de Seguridad votarán anónimamente a puerta cerrada por primera vez sobre su preferencia entre los candidatos.
Este primer “voto indicativo” será seguido por un número indefinido de otros votos similares hasta que un candidato pueda reunir los nueve votos necesarios sin ningún veto por parte de los cinco miembros permanentes. El nombre del candidato elegido será remitido a la Asamblea General para el nombramiento formal del secretario general, que asumirá el cargo el 1 de enero de 2027.










