La responsabilidad detrás de la pantalla: por qué no debemos ver el horror
Tras el brutal crimen de Jeremías Monzón, la filtración del video de su agonía expone la cara más oscura del consumo digital. Entre el pedido desesperado de una familia por respeto y el morbo de quienes eligen ver y compartir, una reflexión necesaria sobre nuestra responsabilidad como sociedad detrás de cada 'click'.
Las imágenes del crimen de Jeremías Monzón se viralizaron.
La familia de Jeremías Monzón creyó que su muerte era el momento más difícil que tendrían que afrontar. Sin embargo, se equivocaron. El calvario traería mucho más: testimonios crudos, decisiones judiciales y la multiplicación de escenas privadas en los celulares de los "curiosos".
El hallazgo del cuerpo y la complejidad de la investigación fueron solo el inicio de una secuencia que sumó un ingrediente inesperado: la viralización del horror. Desde el primer momento, la madre y la tía de Jeremías insistieron en un pedido desesperado: que no se difundieran las imágenes de su agonía.
¿A quién podría sumarle ver a un joven morir a manos de otros de apenas 14 y 16 años? A los investigadores, seguramente, como pieza de evidencia para dilucidar los hechos. Pero desde una utopía basada en la razón y la empatía, imaginamos que ese video quedaría protegido y custodiado. Sin embargo, el morbo le ganó a la ética.
El consumo del espanto y la negativa en primera persona
Como periodista, y habiendo realizado numerosas coberturas en Tribunales sobre la muerte de Jeremías, recibí la propuesta del envío del video. Simplemente, a través de un llamado, me ofrecieron compartirme el video mucho antes que a muchos de los que hoy hablan con liviandad sobre lo que vieron con frases como “No pude terminar de verlo”. Sin embargo, los que accedieron sin moral coincidente, son los que cuentan los detalles escabrosos que forman parte de la conversación pública.
Con una insensibilidad que asusta, hay quienes relatan escenas con asombro por el ensañamiento, repitiendo detalles que ya habían sido comunicados con prudencia por la familia, abogados y fiscales.
¿Con qué necesidad alguien descarga, mira y comparte el registro de un asesinato? Versiones sobran; responsables de la filtración, hasta el momento, ninguno.
Cabe destacar que menciono mi negativa a recibir el video no para jactarme de una superioridad moral, sino para señalar que incluso lo que las redes sociales bloquearían por su violencia, hoy circula libremente "por lo bajo".
En ese momento intenté, sin éxito, que la parte de la cadena que me involucró se cortara: pedí que no lo compartieran, rogué que no lo abrieran. Como madre, me resulta intolerable pensar en ese sufrimiento duplicado: el de perder a un hijo y el de ver su agonía convertida en un contenido de consumo para pantallas digitales.
La hipocresía del espectador
A menudo escuchamos críticas hacia el periodismo y los noticieros por su contenido violento. Muchos aseguran que "ya no ven televisión" por ese motivo y sentencian que los medios de comunicación son los únicos culpables. Sin embargo, la viralización de este caso demuestra que el consumo de violencia sigue allí, agazapado. La crítica termina siendo un lavado de manos: la culpa siempre es del "otro" que me obliga a ver, pero el dedo que hace click en el archivo descargado en este hecho es propio.
Tareas tras el hallazgo del cuerpo de Jeremías Monzón el pasado 22 de diciembre. Crédito: Flavio Raina
Como era de suponer, la muerte de Jeremías reactivó debates latentes, como la baja de la edad de imputabilidad y el origen de la violencia juvenil. Una parte de nosotros no comprende el hecho cometido. Pero estas discusiones pierden altura cuando se ensucian con el morbo de la imagen explícita. Duele la irresponsabilidad de la viralización y, aunque parezca una expresión de deseo incrédula, hay muchos miembros de la sociedad que esperan que se encuentre al responsable de la filtración. Lamentablemente, poco podemos hacer con la actitud de quienes lo recibieron, lo abrieron y lo cuentan como una novedad macabra.
Una responsabilidad compartida
Vivimos en tiempos donde la imagen parece valer más que mil palabras y donde es necesario "ver para creer". Tiempos donde, ante la tragedia, se busca escudriñar la vida de la víctima para sentenciar su responsabilidad en el sangriento hecho. En un contexto donde los victimarios son menores de edad, cabe preguntarse: ¿y si empezamos por analizar lo que pasa con nosotros mismos y nuestro entorno?
Tribunales durante la audiencia por la muerte de Jeremías Monzón. Crédito: Flavio Raina
Si cada uno hubiera declinado la propuesta de ver el video, esa suma de voluntades habría formado una duna infranqueable para los inescrupulosos. Pero el mercado del morbo sigue vigente porque hay un público que lo demanda.
Escuchamos decir que "no hay justicia", pero los tiempos judiciales rara vez coinciden con el deseo y la urgencia de la sociedad. Para las familias involucradas en este suceso, no hay "vuelta de página" posible. Para el resto, queda la tarea de construir una comunicación saludable.
La responsabilidad de eliminar lo tóxico y lo repudiable no es solo de los demás; es, ante todo, una decisión propia.