Cuando decimos: "Es una persona idónea que tiene mucha experiencia en lo suyo", estamos diciendo dos cosas distintas. En primer lugar que es "una persona idónea" y en segundo lugar "que tiene experiencia en lo suyo". Lo más importante es lo primero, el hecho de ser idóneo, a eso se le suma la experiencia que cobra validez por lo primero.
Si no tuviera idoneidad, de nada le serviría su experiencia porque resultaría un mediocre que repite siempre lo mismo. Cuando se pide un empleado con cierta profesionalidad, se dice: "Inútil presentarse sin experiencia previa". Pero la experiencia que más tenemos en cuenta es la experiencia de vida.
Quien lleva más tiempo vivido ha tenido más oportunidades de cosechar experiencias válidas y se siente con ventaja frente al adolescente u hombre o mujer joven. A estos les falta experiencia, a él le sobra. "Hacé como te dije -dice- y te va a ir bien. Te lo digo por experiencia propia". ¿Esto es cierto y válido?
Partamos de otra premisa. Cada cual quiere tener su propia experiencia; la experiencia ajena le sirve de muy poco o de nada, dicen algunos. ¿Es así o no? Hay un elemento importante que cito de paso y es el factor tiempo o época. Y aunque a veces decimos que "la historia se repite", lo cierto es que la historia no se repite nunca.
Puede haber momentos parecidos... pero iguales, no. La historia avanza, como un río de montaña. No se detiene, nunca es el mismo, cambia constantemente y por ese hecho también las experiencias tienen características únicas y distintas.
Si cada uno de nosotros quiere ser protagonista de su propia vida, es lógico que queramos tener una experiencia personal, individual, pero no siempre se puede, ni es conveniente que así sea. ¿Qué siente un drogadicto cuando está drogado? ¿Qué siente un violador en el acto de la violación? ¿Qué siente un asesino cuando está despedazando su víctima? No lo sabemos, ni necesitamos saberlo.
El que tiene experiencia y la cree válida, se siente con autoridad sobre el que no la tiene. Un ejemplo cotidiano es el papá o la mamá con sus hijos. Pero la pregunta para hacer sería la siguiente: este adulto ¿está actualizado, vive esta época o quedó estancado en la anterior? Su experiencia... ¿es de ahora o de hace veinte o treinta años?
Si la historia cambia, es posible que también cambien las respuestas, al menos parcialmente. Puede que sea más o menos lo mismo, pero visto o dicho de otra manera. Y vaya otro ejemplo: el respeto tan formal que exigían algunos abuelos se cambió por maneras más informales a propuesta de los nietos. Y el cambió es para siempre, creo.
En esto como en otras cuestiones, siempre es bueno un sano equilibrio. No podemos vivir repitiendo la vida de otros porque somos seres originales y nuevos, pero tampoco creer que el mundo comenzó con cada uno de nosotros.
Hay mucha experiencia válida atesorada en nuestros viejos, nuestros padres y nuestras madres, en los libros que no leímos y es de personas inteligentes el saber aprovecharla, sin renunciar a la creación personal y a la libertad necesaria para pensar y obrar desde la propia conciencia e idiosincrasia.