La explosión fue extremadamente perversa, controlada, focalizada y por lo tanto planificada por las mentes retorcidas y sanguinarias de los que conformaron la más oscura de las dictaduras militares que asolaron en la década del setenta a varios países de América Latina en general y a la Argentina en particular.
Al Polaco (In memoriam)
El autor nos introduce en el recuerdo de una generación marcada por los sueños políticos, la persecución armada y la crueldad clandestina desplegada en las calles santafesinas. El secuestro y asesinato de un militante en Rosario durante la dictadura militar iniciada en 1976, encubierto como un falso atentado en Barrio Toba por las "fuerzas del orden".

Esta gente -por así decirlo- había abrevado en la doctrina de la antiinsurgencia pensada por el imperio francés, para controlar sus colonias en Argelia. De allí surge, por si todavía alguien no lo sabe, lo de aquellas abominables "instrucciones" que tuvieron los militares argentinos para la realización de las más asquerosas torturas como medio de confesión y luego desaparición/muerte.
Desaparición y muerte, claro está, de los habitantes de este suelo que pretendieron lograr cambios social-político-económicos, en estos rincones del mundo, que más allá de los equívocos y los métodos utilizados por muchos de ellos, pagaron con sus vidas haber osado modificar el sistema impuesto para la región, desde las altas esferas del poder planetario.
Imperio contra pueblos; norte pisoteando al sur; división internacional del trabajo; dependencia tecnológica; manejo de la información y otras desgracias.
¿Y quiénes fueron las víctimas de tamaña desolación? Veamos: obreros, estudiantes, militantes barriales, cooperativistas, maestros, profesores, intelectuales, escritores, actores, en fin, sospechosos y también obviamente los guerrilleros de diferentes agrupaciones que habían optado por esa metodología de la muerte, que no hay que confundir con terrorismo de Estado.
Porque desde el Estado de facto se instrumentaron, y planificaron meticulosamente, las teorías recibidas de los militares franceses y norteamericanos (contrainsurgencia, West Point, seguridad interior), para arrasar, despedazar (como otro imperio ya lo había practicado con José Gabriel Condorcanqui) y desaparecer seres humanos.
Y en una de esas categorías de víctimas se enrolaba el polaquito. Flaco, alto, algo desgarbado. Rubio desteñido, rulos en el pelo, siempre desaliñado, eso sí riguroso "vaquero bombilla" acorde con la época. Amigo entrañable y desinteresado a más no poder.
Su papá era el gerente del Banco Nación y por tanto tenía residencia en los altos de la entidad. Una verdadera mole en una de las esquinas principales de la ciudad, con grandes aberturas y mármoles por doquier.
El edificio-casa donde vivía era de esas imponentes, enclavada en pleno centro de la localidad, de estilo ecléctico, con ingredientes barrocos, de los tiempos de la abundancia de la Argentina "Granero del Mundo".
De ese país que algunos todavía tienen la desfachatez de decir que era ejemplo en el mundo, cuando la realidad es que era un país para pocos muy ricos, con una multitud de pobres y explotados el resto, debido a esa maldita y remanida división internacional del trabajo.
El cuarto era típico en esos días: luz difusa (difusa es categorizar una común lámpara de escritorio con un papel de color), guitarra en un rincón, el Wincofon con los indestructibles vinilos y los pósteres de los ídolos del momento, en las paredes.
El infaltable del Che -con la boina calada al costado y esa mirada inconmensurable-, el de Janis Joplin desnuda solo cubierta con sus largos pelos y abalorios, uno de Almendra, otro de Led Zeppelin; completando el reducto una biblioteca-estantería llena de libros y apuntes.
Al punto de los estudios universitarios, el "Poli" se decidió por la Ingeniería en construcciones, y su destino fue la Ciudad de Rosario, puesto que allí tenía unos tíos, que le ofrecían un departamentito bastante cerca de la facultad. De este modo partió rumbo a la "Chicago Argentina" como le decían a esa ciudad.
Y así aterrizó el Polaco a la vida universitaria de los setenta: ir a clases, números, ecuaciones, recitales, peñas y lo típico de aquellos días otro pibe lo invita a la consabida "militancia" política de la época.
Nuestro querible personaje se metió de lleno en la política universitaria, lírico como era, se encontraba a sus anchas en la agrupación de izquierda de varias siglas, con orientación reformista, en la que empezó a trabajar.
Pasaron los meses y acorde con los tiempos políticos del país, se fueron, como se decía "acelerando las contradicciones", y el sector al cual pertenecía se decidió por la lucha armada, como único camino posible hacia la "toma del poder".
Se fue metiendo poco a poco en estos menesteres y terminó entrenando tiro con fusil y otras cuestiones propias de la guerrilla sudamericana de esos tiempos, sobre todo esta que era de orientación maoísta-foquista.
El grado de compromiso político se fue dando progresivamente y el "Poli", además de su afición por la música, los grandes recitales de rock, buen estudiante y responsable en todo lo que emprendía, participó de algunas acciones armadas. Cuando se cierra el cerco de la muerte del proceso cívico-militar del 76, lo encuentra al Polaco en plena militancia barrial en Rosario.
Ya de por sí se había ido del departamento donde había iniciado la vida universitaria, a vivir junto con otros compañeros pertenecientes a su agrupación, al Barrio Rucci de esta ciudad; un lugar de obreros, donde su facción político-guerrillera trabajaba con los militantes de base y con los delegados de las fábricas, del cordón industrial de la zona norte de la provincia de Santa Fe.
Esa mañana fría y destemplada de junio de 1976, a eso de las cinco de la mañana el Barrio Rucci se tiñó de uniformes verdes y azules (operativos conjuntos le llamaban a las operaciones mixtas de Ejército Argentino y Policía local), armas, camiones, jeeps y otros móviles en procura de guerrilleros subversivos (tal el lenguaje del momento).
Los ruidos despertaron sobresaltados a los integrantes del departamento "M" de la torre "C" del barrio y tras varias patadas y algunos disparos, "las fuerzas del orden" (diría Michel Foucault) irrumpieron en el departamento del poli y sus compañeros.
Dos de ellos alcanzaron a tomar algún arma que tenían a disposición, pero con solo una ráfaga de ametralladora fueron muertos al instante. El Polaco no alcanzó ni atinó a nada -quedó paralizado- porque de un solo culatazo con un fusil un suboficial lo derribó.
No se supo, ni se sabrá nunca, cuánto tiempo lo tuvieron dando vueltas por la ciudad, ni en cuántos lugares estuvo durante casi una semana siendo torturado en forma sistemática -como se acostumbraba-, para obtener la delación, hasta que se produjo una importante explosión en unos caños para entubar agua, en un barrio marginal de la urbe.
La noticia "oficial" describía en la parte de policiales que en la madrugada del 23 de junio se había producido un atentado explosivo, casi con seguridad llevado a cabo por subversivos, para atemorizar a la población y que nadie se había adjudicado el lamentable hecho.
La cruel y triste verdad, luego de pasados los años y las investigaciones del caso llevaron a revelar y determinar que nuestro querido polaquito había sido encerrado en un tubo para hacer alcantarillas en el Barrio Toba de Rosario, haciendo detonar junto a su cuerpo una carga de trotil que lo destrozó de manera instantánea en mil pedazos.
Donde estés, Polaco, descansa en paz.












