Queridos Amigos. ¿Cómo están? Hoy quiero comenzar mi reflexión compartiendo la carta del teniente Roberto Estévez, del Ejército Argentino, muerto en combate en la defensa de Puerto Darwin. Unos días antes de su muerte escribía a su padre estas emotivas palabras:
"Querido Papá: Hay cosas que un día cualquiera no se dicen entre hombres, pero hoy debo decírtelas. Gracias por tenerte como modelo de vida, gracias por creer en el honor, gracias por darme tu apellido, gracias por ser católico, gracias a Dios por ser como soy y que soy el fruto de ese hogar donde vos querido papá sos el pilar. Hasta el encuentro si Dios lo permite. Un fuerte abrazo".
¿Puede recibir un padre un mejor reconocimiento que el que da el teniente Roberto Estévez? Si cito hoy esta carta es porque eso es lo que Jesús espera de nosotros. En el Evangelio de hoy nos dice:
"Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa,... ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de la cama, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos".
Las cualidades de la sal y de la luz hacen referencia a nuestra vida: abarcando de manera perfecta tanto la vida interior como la vida exterior. La sal es una cualidad que trabaja por dentro, conserva, impide la corrupción, da gusto a la comida. Aunque no se la ve, la carne bien saladita se mantiene durante mucho tiempo, no se corrompe.
De la misma manera los valores humanos y evangélicos que la sal simboliza como: la verdad, la honestidad, la nobleza y la fraternidad, dan consistencia, solidez; dan sentido a nuestra vida, la hacen más sabrosa, encantadora y maravillosa.
Si en nuestra sociedad la corrupción, la mentira, la deshonestidad se han instalado en todos los estratos, ¿no será porque los cristianos también estamos perdiendo el sabor, quedamos contagiados con los antivalores, y nuestra vida se ha vuelto sosa? Lamentablemente, el relativismo ético y moral está presente en nuestro modo de ser y actuar.
Cuando trabajaba en Jujuy, en el Colegio del Salvador donde está presente mi Congregación SVD (Sociedad del Verbo Divino), conocí a un padre diputado excelente, que me decía:
"Padre, yo siempre llevo en mi bolsillo un pañuelo con un poquito de sal. En muchos momentos difíciles en la Cámara de Diputados, cuando las cosas se ponen tensas, serias y complicadas, meto la mano en el bolsillo, y al tocar el pañuelo con la sal me recuerdo quién debo ser".
La segunda comparación, "ustedes son la luz del mundo", hace referencia a nuestro testimonio, a nuestro ejemplo, a las actitudes y comportamientos. Jesús denunciaba permanentemente la incoherencia de vida de los fariseos, escribas y de las autoridades de su tiempo.
A la gente que lo seguía les decía: "Hagan y observen todo lo que ellos les digan; pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen" (Mt, 23,3).
Uno de los personajes que me inspira y debería inspirarnos a todos nosotros es el filósofo griego Sócrates. Estando en la cárcel, y esperando el momento de su muerte, dijo a su amigo Critón: "Lo importante no es vivir, sino vivir bien; y vivir bien es vivir como se debe. Vivir bien, consiste en vivir de acuerdo con los valores más altos, aún a riesgo de la propia vida".
Y el profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, ejemplifica lo que debemos hacer: "Si compartes tu pan con el hambriento y albergas a los pobres sin techo, si cubres al que ves desnudo, entonces despuntará tu luz como la aurora; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor te responderá".
Mis queridos amigos. Siempre debemos ir evaluando nuestro modo de ser y de estar en el mundo. El papa Francisco durante su Pontificado no nos dejaba tranquilos, pues permanentemente nos pedía ser misioneros, diciendo: "¡Salgan de las cuevas! ¡Salgan de la sacristía, de la secretaría parroquial! ¡Salgan!"
Y esto se hace cada vez más urgente, porque nuestra Patria hoy vive un momento muy delicado y complejo. Necesita del testimonio de personas honestas, coherentes y comprometidas. Ser honesto, veraz, decidido a bregar por un mundo justo no es algo optativo, es una obligación para cada cristiano y humano. Pensemos por unos minutos sobre lo siguiente: ¿Qué clase de cristianos y ciudadanos somos?