Javier Milei tiene un estilo disruptivo, confrontativo. Cómo negarlo si anida en su ADN. Vocifera, agrede, se enardece. Diplomacia es una palabra que no figura en su diccionario. Tampoco, concordia. Conciliar es un verbo que no conjuga y denostar es otro que admira y lo gobierna.
Alguien debe exhortar a Milei a moderarse
Carta del lector Alejandro De Muro, quien deja su reflexión sobre el estilo agresivo y confrontativo del presidente argentino.

En ese contexto, se rodea de funcionarios que, curiosamente, no lo acompañan a la hora de desmerecer, con epítetos, la labor de políticos nacionales o extranjeros. El lema "dime con quién andas y te diré quién eres" no armoniza con el espíritu del jefe de Estado. Sus laderos, en general, fieles y juiciosos, no hablan su mismo idioma. En ellos, acatar no implica mimetizarse.
La disparidad entre el "rey" y sus súbditos se torna muy visible, por ejemplo, en Diego Santilli, Sandra Pettovello o Patricia Bullrich; antes, en Guillermo Francos, equivocadamente eyectado del gabinete. Para los nombrados, ser acólitos, en lo discursivo, no implica actuar como imitadores a ultranza.
Lo anterior, refleja un paradójico escenario. Un excéntrico y arrasador, volcánico y antisistema, rodeado de "civilizados". Lamentablemente, los cautos no deciden. Los impulsivos, como Milei, en cambio, están tentados a corroer o, directamente, a dinamitar.
Las guerras suelen iniciarlas los desmesurados (Vladímir Putin es una prueba cabal). El libertario acaba de poner en riesgo el diálogo con Brasil, país indispensable en lo comercial. Aunque sea sutilmente y con indirectas -para que no monte en cólera- alguien debería decirle que el país no admite exabruptos.














