I

El gobierno nacional se enfrenta a una paradoja: promueve valores libertarios mientras refuerza controles que recuerdan a épocas de censura y vigilancia.

I
"Oficina de respuesta Oficial". Un título que seguramente habría inspirado a George Orwell. Oficina y Oficial, son palabras sugestivas a la hora de pensar en ciertas modalidades burocráticas de ejercer el poder. Manuel Adorni y Patricia Bullrich, entre tantos integrantes del coro gobernante, se esfuerzan por reducir la iniciativa a un inocente juego de niños.
Les preocupan las mentiras de los periodistas porque aseguran que su compromiso exclusivo es con la verdad. La verdad del poder, claro está. O su propia verdad, la verdad de quienes se han acostumbrado a mentir con tanta ligereza que a esta altura del partido ni ellos saben cuándo dicen la verdad y cuándo mienten.
II
No deja de sorprender, incluso hasta a las almas más candorosas, que los autores de esta iniciativa que crea una nueva oficina estatal, reivindiquen su condición de libertarios. Raro. Raro, porque incluso no es necesario adherir a la causa libertaria para saber que la mentira, el embuste, el engaño suele provenir del poder.
No es que los periodistas no falten a la verdad o no estén "ensobrados", sino que, lo que una larga experiencia histórica nos ha enseñado es que los periodistas farsantes son los que suelen estar en las planillas de los presupuestos oficiales.
III
Los funcionarios del gobierno insisten en que la Oficina Oficial (OO) es una iniciativa inocente. Esto lo dice el gobierno que luego de anunciar con tono lúgubre que "no hay plata", dispone de una insólita generosidad para destinar y multiplicar fondos que alimenten la beatífica labor de los servicios de inteligencia.
Se dijo muchas veces, pero pareciera que nunca alcanza: a los censores, a los partidarios de la turbia labor de vigilar y castigar a los enemigos de la libertad de prensa, se los reconoce por su afán obsesivo, cuando no morboso, por pretender controlarla.
En estos temas, su sinceridad es conmovedora: los únicos periodistas que los fastidian, que los ponen fuera de sí, que le sacan a la superficie lo peor que tienen adentro, son los periodistas que los critican. Con los kirchneristas pasaba más o menos lo mismo.
IV
Después de seguir diariamente las peripecias políticas -un seguimiento que suma más de medio siglo- había arribado a la conclusión de que nada de lo humano en materia política me sorprendería. Una de mis certezas absolutas era, por ejemplo, que los grandes bonetes de la burguesía eran el blanco exclusivo de las diatribas e insultos de las izquierdas en todas sus modalidades.
Pues bien, ahora me desayuno que un orgulloso exponente de la derecha, o la ultraderecha, un alegre heredero de las versiones más escandalosas del macartismo yanqui de principios de los años cincuenta, la emprende sin pelos en la lengua contra Paolo Rocca, el exponente más representativo de la alta burguesía criolla.
Licencias de ese calibre no se las permite Viktor Orbán, Vladímir Putin, ni el mismísimo Donald Trump. Repaso fichas y archivos y no tengo registros de que alguna vez un presidente yanqui se haya tirado contra Henry Ford, John Rockefeller o J.P. Morgan. O que Giorgia Meloni haya roto lanzas contra los Aleotti o los Agnelli. Siempre creí que no hay capitalismo sin multimillonarios.
Y también creí que un gobierno que se pavonea de su adhesión a los valores sagrados de la propiedad privada no molesta a los millonarios ni con el pétalo de una rosa. Pues bien, el camarada Javier Milei se dio el lujo que no sé si Myriam Bregman o Nicolás Del Caño se hubieran atrevido a disfrutar.
V
Luis Caputo se pavonea acerca de sus hábitos de comprar ropa en el extranjero. Según dice es más barata, aunque no creo que Caputo se dedique en Miami, París o Milán a pichulear el precio de un pantalón o un par de medias en alguna feria ambulante de alguna ciudad del primer mundo.
Por lo que se vé, por lo que sé y por lo que me contaron, Caputo, como también la compañera Cristina, no ahorran monedas a la hora de salir de compras.
Supongamos de todos modos que Caputo compre barato en el extranjero; supongamos que lo hace para sancionar a nuestros tenderos locales acostumbrados a cazar en el zoológico y supongamos que sus palabras son una lección práctica de liberalismo y economía de mercado.
Si los indios venden caños para gasoductos más baratos que Paolo Rocca, vamos con los indios y que don Paolo aprenda a competir o se resigne a ganar menos.
Si el local de ropas de la Gran Vía Madrileña vende camisas más baratas que el viejo tendero de la vuelta de mi casa, vamos con la Gran Vía, y que el tendero no pretenda hacerse millonario con un localcito no mucho más grande que una celda donde vende vestimentas compradas en La Salada. El manual de aprendizaje liberal aplicado al pie de la letra.
VI
Y si de tradiciones liberales hablamos, recuerdo que allá por los años noventa del siglo XIX, unos señores de apellidos Tornquist, Casares y Pellegrini, se presentaron en una fiesta de la alta sociedad vestidos con ropas confeccionadas en estos pagos. No faltaba nada: sombreros, zapatos, camisas y pantalones. Dicen que hasta el pañuelo del bolsillo de saco y el perfume eran nacionales.
El episodio lo narra Félix Luna citando a periodistas de la época. Para los grandes bonetes del liberalismo criollo vestirse con ropas nacionales era un orgullo. Y Carlos Pellegrini y Carlos Casares, para mencionar los que tengo más a mano, viajaban a Europa como Milei viaja a Estados Unidos.
Y consideraban que Londres era la gran capital del mundo, pero cuando un embajador inglés, apoyado por un comisionista criollo de apellido Quintana, se quiso poner atrevido con sus pretensiones y amenazó con una flota frente al puerto de Rosario, el gobernador santafesino Servando Bayo y el ministro Bernardo de Irigoyen le ordenaron al cónsul y al alcahuete argentino que se retiren de inmediato de la casa de gobierno.
Ni Pellegrini, ni de Irigoyen, ni Vicente Fidel López, eran adelantados del chavismo o populistas baratos. Orgullosos de su condición de liberales, pero en primer lugar, orgullosos de su condición de argentinos y de forjadores del gran estado nacional. De ese orgullo, uno de los primeros en anoticiarse fue otro comisionista de los ingleses que pretendía gobernar la provincia de Buenos Aires.
Hablo de don Norberto de la Riestra. Ver para creer. La campaña de Julio Argentino Roca y Pellegrini contra "el agente inglés" nos recuerdan, por el calor y el color de sus consignas, al populismo peronista más enconado. Todo bien con los ingleses, pensaba Pellegrini, pero el estado y las palancas de la política las manejamos nosotros.