I

El presidente Milei logró aprobar el presupuesto, cerrando un año complejo tras el llamado "Libragate", escándalo que puso a prueba su liderazgo y habilidad política.

I
Haber aprobado el presupuesto fue, políticamente hablando, una manera efectiva por parte del presidente Javier Milei de concluir 2025, un año que no se inició con buenos auspicios para el presidente, porque el 14 de febrero, día de los enamorados, estalló el llamado "Libragate".
Un escándalo, este último, aún sin resolver pero que, según se mire, le hizo perder a Milei la imagen de impoluto o, en todo caso, lo inició en las artes sucias de la política que èl en su momento y desde el llano había condenado con vocación de cruzado. Del "Libragate" al presupuesto hay un tiempo político que en sus sinuosidades y contrastes trazan las líneas del rostro del oficialismo.
Converso cerveza de por medio con un político amigo y lo primero que me dice es que nos guste o no este gobierno llega a la mitad de su mandato muy bien parado. Los partidos se definen en el segundo tiempo, le digo. Eso cuando hay un rival en la cancha que merezca ese nombre, pero coincidirás conmigo que ese rival hoy no existe o lo que existe no tiene chance.
Mi sensación, insisto, es que el rival más peligroso de Milei es él mismo. Lo fue, pero está aprendiendo, contesta. Por lo menos, está avisado. Milei -digo- es un temperamento; y a ese temperamento no lo sosiegan las coyunturas políticas. Nunca subestimes, concluye mi amigo, la pericia que adquiere un presidente que ejerce el poder y que a su manera cree en lo que está haciendo.
II
En abril murió el papa Francisco y en junio Cristina Fernández inició su prisión domiciliaria en esa suerte de unidad básica ubicada en San José 1111. Puedo permitirme establecer alguna conexión entre ambos episodios.
No deja de ser sugestivo que Cristina inicie su privilegiado periplo carcelario dos meses después de la muerte de Jorge Bergoglio, un riesgo que la Señora estuvo a punto de correr entre los años 2013 y 2015, cuando la opinión pública todos los días tomaba conocimiento de un nuevo episodio de la cleptocracia K.
Y si entonces no hubo un desenlace carcelario con previo juicio político, fue porque sorpresivamente el flamante papa -olvidando incluso los agravios que los K le infligieron cuando era el cardenal porteño- salió a la palestra a defender a capa, espada y crucifijo a la Señora.
Estás comparando situaciones diferentes, advierte un amigo con el que comparto la mesa de café. Lo sé -contesto- por eso hablo de sugerencias del almanaque y no de coincidencias.
Después agrego: este papa argentino me parece que en su momento perdió la astuta mesura que distingue a los jesuitas: nadie le pedía que pida la cabeza del gobierno como lo hicieron en 1955, pero tampoco era necesario recibir a La Cámpora en Santa Marta con serpentinas y cañitas voladoras.
Ya es bien sabido -agrega otro amigo- que Dios ha renunciado a saber lo que piensa un jesuita. Observo que en sus primeros dos años Bergoglio muy sutil no ha sido, una falta notable en el jefe de una institución que, además de sus tareas espirituales, hace dos mil años que ejerce el oficio proceloso de la política. Lo cierto es que en este año el papa murió y Cristina está presa.
Hoy está internada, corrige alguien. En todos los casos, políticamente es un cadáver, observa otro con tono impiadoso. En esta Argentina que vivimos -respondo- yo no extendería certificados de defunción con tanta ligereza. Creo que Winston Churchill alguna vez dijo que el político dispone de la exclusiva virtud de morir y resucitar varias veces.
III
Victoria Villarruel hoy parece ser la flamante aliada de la Iglesia, una Iglesia conservadora y tal vez preconciliar. ¿Cambió a los militares por los curas?, pregunta una amiga. En otros tiempos la cruz y la espada hicieron buenas migas. En otros tiempos, agrego.
Hoy el ejercicio del poder exige insumos más eficaces; además no se me ocurre ni el nombre de un general ni el nombre de un obispo que se sientan convocados por una vicepresidenta que tal como se presentan los hechos ha sido condenada a la soledad y a la irrelevancia. La tarde del último día del año agoniza con segura discreción.
Según nuestra historia -digo- la fortuna de los vicepresidentes dependió más del azar que de la astucia. Pienso en Marcos Paz; pienso en José Figueroa Alcorta; pienso en Victorino de la Plaza. No te olvides de Carlos Pellegrini, me dicen. Es verdad: el Gringo llegó a la presidencia, pero en este caso el azar fue desplazado por la conspiración y las intrigas del concuñado del presidente.
Te olvidás de Alejandro Gómez y de Chacho Alvarez, me dicen. No me olvido, contesto, pero bien podría hacerlo porque por diferentes razones los dos carecen de relevancia.
IV
Lo cierto es que hasta octubre la situación política del gobierno era más que incómoda porque saltaron los audios de Diego Spagnuolo, las supuestas coimas cobradas por Karina y, como frutilla del postre, el escándalo de José Luis Espert, hasta ese momento una de las espadas más filosas del gobierno.
En el camino creció un cierto cansancio contra el liderazgo de un presidente cuyas groserías y vulgaridades parecían tener como principal destinatario no solo a sus declarados enemigos, sino también a sus posibles aliados, aquellos que con sus votos en el.parlamento podían aprobar las leyes o legitimar sus abundantes DNU.
La ruptura de relaciones incluyó a gobernadores predispuestos a darle base territorial al gobierno a cambio de favores constantes y sonantes. Las elecciones de provincia de Buenos Aires parecieron ratificar las peores de las presunciones contra el oficialismo.
Los resultados de las urnas le permitieron al peronismo afilar sus dientes porque, fieles a su estilo, suponían que más temprano que tarde el fatídico helicóptero despegaría de la terraza de la Casa Rosada con los hermanitos Milei a bordo. Sin embargo, la realidad una vez más se empecinó en sorprender a tiros y troyanos.
Contra casi todas las predicciones, en las elecciones intermedias de octubre el gobierno le dio una buena paliza al peronismo y dejó sin aire a una oposición de centro que recién estaba germinando. A la gente le asustó el posible retorno del peronismo. Seguro, contesta un amigo, digan lo que digan, cuando las papas queman hay más antiperonistas que peronistas.
V
¿Qué pasó? Varias cosas. En primer lugar, temas como la inflación, el déficit fiscal y la seguridad en la calle gravitaron más que los malos modales de Milei: esa lección la aprendimos en 1995 cuando a Carlos Menem le estallaba un escándalo de corrupción todas las semanas, pero como el uno a uno funcionaba a muy pocos se les ocurrió presentar objeciones éticas.
Milei no es Menem, advierte otro amigo. No es Menem, pero en su gobierno los apellidos Menem abundan más que en los tiempos de la Comadreja de Anillaco.
Una oposición fragmentada -observo-, con un peronismo dividido e impotente, que hicieron realidad el principio de que el ciudadano común prefiere malo conocido que bueno por conocer, sobre todo cuando las presuntas bondades de los aspirantes no son tales o, sencillamente, son desconocidas, incluso por sus propios portadores.
El apoyo casi incondicional de Estados Unidos para muchos fue decisivo, aunque por razones opuestas. Digamos que para los opositores, el gobierno no hizo otra cosa que entregarse de pies y manos a una potencia extranjera con todas las consecuencias que esa suerte de traición a la patria genera a una nación que pretende ser soberana.
Por el contrario, para el gobierno, esa amistad carnal con Donald Trump no hace más que alinear al país con nuestros aliados históricos, aliados de los que nunca deberíamos habernos alejado.
Seguramente entre ambos extremos hay lugar para matices, pero otras de las lecciones del año que se fue es que los políticos que se esfuerzan por elaborar posiciones matizadas hoy no suelen ser muy bien retribuidos por parte de los votantes.
Conclusión: el año 2026 se inicia para el oficialismo con los mejores auspicios. Veremos si los Milei saben aprovechar este favor de los dioses, porque corresponde insistir en jerga futbolera que este partido que se está jugando recién va por el primer tiempo.
Y recordarles a los que se entusiasman demasiado con Trump que en política la caridad no existe y que el propio Trump no dispone de mucho margen interno para practicar una virtud que nadie sabe que alguna vez haya practicado: la generosidad.