I

La continuidad de un conflicto histórico se ve reflejada en la tensión actual, donde la religión y el poder militar juegan un rol crucial.

I
Durante siglos la humanidad consideró que los tres flagelos que azotaban al mundo eran la peste, el hambre y la guerra. Sobre la peste y el hambre se han logrado avances significativos, pero lo mismo no se puede decir de la guerra. Por razones, en la mayoría de los casos inconfesables, la humanidad encuentra en la guerra una oscura satisfacción, una sórdida pasión por matar, exterminar, aniquilar.
Puede haber guerras justas e injustas, pero en todos los casos el sacrificio humano es el precio a pagar. Hoy los tambores de la guerra redoblan en Medio Oriente pero, a decir verdad, hace rato que redoblan. Que en estos días el sonido sea más fuerte y rítmico no altera la letanía.
Hoy Medio Oriente es algo así como el triángulo de las Bermudas de la tragedia contemporánea. Allí se conjugan todos los conflictos que sacuden a la humanidad: petróleo, gas, territorios, religiones y, en primer y último lugar, el destino de la humanidad.
No pretendo hacer un ingenuo alegato pacifista en un mundo que ha sido capaz de crear todos los dispositivos nucleares para exterminarse a sí mismo, pero por principio siempre consideraré que la guerra por motivos justos o injustos es un fracaso de la convivencia humana. Lo fue en tiempo de los sumerios y lo sigue siendo ahora.
II
Descendiendo a los imperativos de lo real, corresponde decir que en Medio Oriente la guerra es desde hace décadas un estado latente que en ciertas coyunturas adquiere la intensidad de la tragedia. Es lo que está ocurriendo ahora.
La lluvia de drones y misiles que caen sobre ciudades y pueblos con su mensaje de dolor y sangre es de alguna manera la continuidad de la guerra que en su momento inició Irán contra el Satán yanqui y los perros sionistas. Desde hace más de cuarenta años los ayatolas se han propuesto conquistar y someter a Occidente.
Es un imperativo militar y económico, pero en primer lugar un imperativo religioso. Irán, desde 1979, nunca renunció a los ardores de la fe y a la pasión por destruir y conquistar. Lo que hoy sucede es una continuidad en otra escala de una añeja belicosidad guerrera impregnada de fanatismo religioso. Si eso es lo que buscaban al fin lo han logrado.
El problema es el costo que la humanidad pagará por este deseo. No sé si la respuesta de Estados Unidos es la más adecuada y si el exaltado de Trump ha evaluado las consecuencias de una iniciativa que siempre se sabe cuando se inicia pero no cuando termina.
Puede que Israel tenga buenos motivos para aniquilar a un régimen que desde que se constituyó como tal en 1979 prometió aniquilar a los judíos sin que exista otro motivo que el fanatismo religioso, porque Irán no comparte fronteras con Israel pero ello no impidió financiar aventuras terroristas y bandas terroristas como los argentinos muy bien sabemos.
Hoy los ayatolas reciben como devolución la misma moneda. Y están solos. O casi solos. China y Rusia los apoyan, pero con una discreción que se parece al silencio y la indiferencia.
III
No saber cómo concluye una guerra es la confesión más patética de parte de quienes la impulsaron. Es admitir que la crisis se confunde con la niebla y las cenizas. La guerra es en Medio Oriente pero su impacto golpea al mundo. Sube el precio del petróleo, del gas, es decir, suben los insumos sobre los cuales se asienta el mundo moderno.
El estrecho de Ormuz hoy es el territorio más pequeño y más importante del planeta. China, Rusia e India están alertas. Lo mismo Turquía, Pakistán y la OTAN. El círculo de fuego de Medio Oriente puede extenderse y no hay a la vista un bombero capaz de apagarlo. Estados Unidos es muy poderoso, es la primera potencia mundial, pero no es Dios.
Más del setenta por ciento de la opinión pública yanqui están en desacuerdo con esta guerra. A Donald Trump, el Pentágono, la CIA y la Reserva Federal le advirtieron que se mueva con cautela y que cuide su vocabulario, es decir, que haga todo lo que no hace.
Israel también está pagando un costo en el contexto de un orden político donde su principal líder, Benjamin Netanyahu, es cuestionado por más de la mitad de la población.
Es verdad que Israel en esta guerra se juega su propia existencia ante un enemigo que ha jurado destruirlo desde siempre o desde que asumió el poder hace casi medio siglo. Irán está solo en un mundo árabe que mayoritariamente adhiere a la versión sunnita del Islam.
Está solo, pero los dientes del león lastiman y saben hacerlo. Qatar, Bahrein, Dubai, Arabia Saudita, los Emiratos, están probando esa medicina, el costo a pagar por sostener la alianza con Estados Unidos e Israel, dos naciones que el árabe “pata en suelo”, tiende a detestar.
IV
Daría la impresión que el régimen de los ayatolas es más fuerte de lo que Trump supuso en principio. Podrán matar a sus principales dirigentes, pero el régimen dispone de recursos materiales y humanos. Los ataques son duros, pero no parecen muy dispuestos a la rendición incondicional. Y la esperanza que alentaba
Trump de que el pueblo de Irán con los estudiantes y las mujeres a la cabeza se rebelarían contra sus opresores, hasta el momento no se ha cumplido, tal vez porque el sentimiento nacional, la pedagogia de décadas contra el imperio yanqui y los perros judíos es más fuerte de lo que habían previsto.
Irán está perdiendo la guerra, pero la ilusión de sus enemigos de cambiar el régimen no parece estar a la vuelta de la esquina. ¿Qué puede pasar de aquí en más? He aquí una pregunta que ni los ayatolas, ni Trump, ni Netanyahu están en condiciones de responder con seguridad.
¿Neutral? Nunca. Siempre he dicho que en estas guerras en Medio Oriente tomo posición bajo el siguiente presupuesto: mi hija, mi nieta y mi madre en Israel podrían vivir en libertad y no necesitarían someterse a otra exigencia que aprender el idioma hebreo.
Lo mismo no puedo decir de Irán, donde, como todas las mujeres, estarían sometidas a humillaciones, discriminaciones y la posibilidad cierta de ser sacrificadas en nombre de Alá porque miran a un hombre.
V
De Argentina mucho no puedo hablar, porque si la reflexión política de un país presidencialista pasa por saber qué hace o qué pasa con el presidente, en las últimas semanas las noticias más destacadas que hemos recibido es que está o en Miami, o en Nueva York, o en Madrid o en Santiago o en Budapest.
Siempre acompañado por su hermana aunque, como todos sabemos, en algún momento disfrutó de la compañía de su ministro Manuel Adorni y su encantadora esposa cuyos servicios de coaching ontológica han brindado una brisa de felicidad a los bravos libertarios. Adorni no puede explicar su viaje, o cada vez que lo hace se hunde un centímetro más en el fango:
Javier Milei no puede explicar qué pasó con el Libragate a pesar de que el escándalo ocurrió hace más de un año. No está solo. En su condición de presidiaria, Cristina no puede explicar qué pasó con Vialidad, con los “Cuadernos” de Oscar Centeno y Roberto Baratta y con los millones que aparecieron en la cuenta de su hija y en las cuentas de sus íntimos colaboradores.
Alberto Fernandez periódicamente es noticia por las bribonadas cometidas desde el poder y Mauricio Macri se debe mover con cautela porque su pasado presidencial no está del todo despejado.
Dicho con otras palabras y en apretada síntesis: la Argentina padece, entre otros males, de una crisis de legitimidad de su clase dirigente,que salpica e incluye a su clase dominante porque para el asombro de todos, un presidente de derecha o extrema derecha dedica párrafos de sus habituales imprecaciones para insultar y burlarse de los exponentes más emblemáticos y poderosos de nuestra burguesía criolla.
Un lujo verbal, este último, que ni Myriam Bregman ni Jorge Altamira ni Nicolás del Caño, se han dado el lujo de ejercer con tanta plenitud