Hace aproximadamente veinticinco años, el 1 de septiembre de 2001 para mayores datos, cuando inauguramos en Santa Fe la primera muestra de Ana Frank, probablemente no dimensionamos el camino que estábamos iniciando. Sabíamos que no queríamos contar su historia como una pieza detenida en el pasado.
Muestra de Ana Frank en Santa Fe: 25 años de aprendizajes y experiencias
Se trata de un espacio de reflexión sobre el pasado y el presente, promoviendo el pensamiento crítico y la memoria activa.

Hablar del Holocausto, de la persecución, de la construcción de enemigos y de la maquinaria que hizo posible el exterminio implicaba también preguntarnos por nuestro propio tiempo.
Esa fue una decisión política, no partidaria, pero sí profundamente política: educar supone elegir qué preguntas ponemos en circulación, qué desigualdades estamos dispuestos a mirar, qué violencias dejamos de naturalizar y qué lugar creemos que puede ocupar cada persona frente a ellas.
Veinticinco años después, esa decisión sigue teniendo una vigencia que preferiríamos no tener que señalar. Los discursos de odio, la deshumanización del que piensa distinto, la construcción de adversarios convertidos en enemigos, la discriminación y la legitimación de distintas formas de violencia no pertenecen solamente a pasajes de la historia.
Cambiaron los lenguajes, los medios y la velocidad con la que circulan, pero muchos de aquellos mecanismos siguen operando en nuestras sociedades. Por eso la memoria nunca nos alcanzó como conmemoración. Aprendimos que recordar tiene sentido cuando nos ayuda a comprender el presente y nos permite actuar sobre él.
Frente a una pedagogía del horror, que puede dejarnos paralizados, elegimos trabajar sobre la pedagogía de la memoria y la esperanza: conocer para comprender, comprender para tomar posición y tomar posición para transformar. Ese aprendizaje fue ampliando el camino.
La historia de Ana Frank nos llevó a hablar de violencia, a preguntarnos por los roles que ocupamos frente a ella; los roles, a descubrir que son dinámicos y que siempre existe la posibilidad de elegir otra acción. Así surgió una idea que hoy atraviesa nuestro trabajo: la protección también se aprende, se ejercita y se multiplica.
Ana pudo escribir durante dos años escondida porque hubo personas que decidieron protegerla. Esa constatación, tan sencilla y tan enorme, nos obligó a trasladar la pregunta al presente: ¿qué significa proteger hoy? ¿Qué puede hacer un estudiante cuando otro es hostigado? ¿Qué responsabilidad tiene quien observa? ¿Qué puede hacer una escuela, una organización, un adulto, una comunidad?
La historia deja entonces de ser únicamente aquello que ocurrió y se convierte en una herramienta para pensar qué hacemos nosotros con lo que ocurre. También aprendimos que los jóvenes no debían ser solamente destinatarios de nuestras propuestas, sino protagonistas directos. Fueron guías, escribieron, debatieron, coordinaron, participaron de simulaciones y ayudaron a construir nuevas experiencias.
Muchos de quienes hace años llegaron como jóvenes a una muestra encontraron allí un espacio de pertenencia, formación y participación. Algunos siguieron vinculados, otros volvieron tiempo después, otros formaron a quienes llegaron detrás.
Y allí está, para mí, una de las claves de estos veinticinco años: aquella experiencia produjo proyectos, continuidad en las ideas y la formación de personas que fueron conformando equipos. Como consecuencia de ello nació Espacios Educativos. Ni de un día para otro ni de una definición escrita en un escritorio. Se fue haciendo en ese recorrido.
En las muestras, en las capacitaciones, en las conversaciones con docentes, en los kilómetros recorridos, en los talleres, en los errores, en las evaluaciones y en la necesidad permanente de volver a pensar lo que hacíamos. Por eso hay una continuidad profunda entre aquella primera muestra de 2001 y lo que hoy hacemos.
Todas nuestras propuestas pueden abordar problemas diferentes y utilizar lenguajes distintos, pero comparten una misma matriz: crear espacios cuidados donde la palabra pueda circular, ejercitar el pensamiento crítico, trabajar sobre las violencias sin naturalizarlas, confiar en la capacidad de las personas y promover acciones concretas de responsabilidad y protección.
También aprendimos que una propuesta educativa se vuelve estéril cuando se enamora de sus propias certezas. Durante estos años cambiamos conceptos, revisamos herramientas, abandonamos algunas prácticas y construimos otras. Incorporamos el juego, los dilemas, las controversias, la educación entre pares, la formación y la expresión, así como nuevas maneras de evaluar lo que hacemos.
Esa capacidad de cambiar fue lo que permitió que el proyecto siga vigente. La experiencia también nos llevó a otra certeza: recorrer Santa Fe significó comprobar que entre una escuela de una gran ciudad y una escuela de una pequeña localidad existen distancias que no se miden solamente en kilómetros sino en oportunidades. Por eso decidimos acercarnos a muchísimas localidades de la provincia.
A veces los aniversarios invitan a mirar hacia atrás con cierta nostalgia. Este no es el caso, porque hay mucho para agradecer y muchas personas para reconocer. Cuando iniciamos este recorrido creíamos necesario hablar de discriminación, construcción de enemigos, indiferencia y violencia.
Un cuarto de siglo después, sería cómodo decir que aquellas preocupaciones quedaron lejos, pero lamentablemente no es así. En algunos aspectos, incluso se han vuelto más visibles y más agresivas.
La circulación instantánea de discursos de odio, la fragmentación social o la dificultad para escuchar una posición diferente, plantean hoy desafíos que hacen que aquel punto de partida conserve una actualidad inquietante. Por eso seguir trabajando en educación, memoria, convivencia y derechos humanos no es repetir una fórmula del pasado, es intervenir en el presente.
Veinticinco años después, seguimos creyendo que hay transformaciones que no solo empiezan con una multitud. Muchas veces empiezan con alguien que decide no mirar para otro lado, con una persona que escucha, con un joven que toma la palabra, con un docente que habilita una pregunta, con una institución que decide proteger.
No todos los proyectos educativos logran sostenerse durante veinticinco años sin perder sentido, capacidad de transformación y vínculo con su contexto.
En esta provincia, y especialmente en nuestra ciudad, pudimos hacerlo gracias a una construcción colectiva, al compromiso de muchas personas e instituciones y, de manera muy especial, a la relación sostenida con el Centro Ana Frank Argentina, con quien compartimos durante estos años aprendizajes, desafíos y una profunda convicción pedagógica.
Tal vez ese sea el hito más trascendente entre aquella primera muestra de Ana Frank y lo que hoy es Espacios Educativos: no preservar una historia como una pieza intacta del pasado, sino mantener vivo aquello que todavía nos interpela.
Seguir preguntándonos, frente a las injusticias, las violencias, la discriminación y la construcción de nuevos enemigos, qué hacemos con lo que sabemos, qué responsabilidad asumimos y, sobre todo, qué rol elegimos ocupar.















