Hoy festejamos el día de San Jerónimo, nuestro santo patrono. ¿Pero qué es un santo patrono y quién fue en concreto San Jerónimo?
Día del docto patrono de Santa Fe

Recordaremos que en 1492 llegaron los españoles a América; que España es un pueblo de una profunda fe religiosa; y que no podían sino trasladar sus costumbres a estas tierras.
Así que allá lejos y hace tiempo, tanto que ya se tiene establecido como que ocurrió en Santa Fe La Vieja, se llevó a cabo lo que era una costumbre: "echar suertes", o sortear el santo que protegería de pestes, ataques e inundaciones (u otras calamidades similares) a una población determinada.
Y sepa Dios, único testigo posible, con quienes habrá rivalizado San Jerónimo en el sorteo, más lo cierto es que fue quien terminó desinsaculado.
En estos tiempos posmodernos cuando los santos se conocen más por su capacidad de obrar milagros que por los hechos que los distinguen en sí, justo nos fue a tocar en suerte uno que no llama la atención por haber logrado que los cojos caminen, que los ciegos vean, que los mudos hablen.
Y sin embargo… aunque se ignora la localización exacta, se sabe que nació en Estridón. En la certeza de que pertenecía al antiguo territorio de Dalmacia, en la actualidad bien podría ser algún lugar incierto entre Croacia y Eslovenia.
Y como sucede con el lugar, tampoco hay certeza sobre la fecha en la que nació, entre 340 y 347. De lo que no hay duda es que partió de este mundo el 30 de septiembre de 420, en una ciudad cuyo nombre no ha cambiado y que todos conocemos como Belén.
¿Y qué hizo en concreto este hombre para terminar en la escueta lista de 38 santos que la Iglesia ha honrado con el título honoris causa de doctor? Pues nada más y nada menos que un trabajo monumental: traducir la Biblia.
Uso el término "monumental" y parece nada. En plena era de la inteligencia artificial, madre de una de sus hijas dilectas que es la traducción automática, esto puede parecer una perogrullada porque más de uno pensará que con copiar y pegar un texto, ya está (lo cual aún hoy sigue siendo profundamente debatible).
Para que el pueblo escuchara la palabra de Dios
Pero retrocedamos alrededor de mil seiscientos años (lo escribo y no puedo creerlo) y pensemos cuáles habrán sido en concreto las herramientas con las que habrá contado este hombre, que en su vida supo elegir el camino de los ermitaños, es decir, aquellos que eligen la soledad y el encierro para meditar y orar.
Pues hete aquí que, leyendo textos originales en griego, en hebreo y en arameo, más algunas traducciones inciertas que circulaban en latín, San Jerónimo pasó este libro sagrado a una sola versión en latín, que con los años pasó a conocerse como Editio Vulgata, o sencillamente Vulgata, lo que quiere decir edición divulgada.
¿Por qué "divulgada"? Porque de alguna manera esta versión tomará durante muchos siglos una cierta universalidad y llegará más al pueblo, o al vulgo, en un momento en que el latín comienza a ser en Occidente una lengua de uso corriente, y por ende más asequible para quienes escucharan la Palabra de Dios.
Y... ¿por qué digo escuchar y no leer? ¿No estoy hablando de traducción, que atañe al lenguaje escrito y por ende a la escritura y lectura? Claro.
Lo que sucede es que hablamos de una época lejanísima en la que la alfabetización era lo anormal, lo no usual, lo que quedaba reservado a un grupo muy cerrado de personas, entre las que se contaban muchos sacerdotes que, a través de las lecturas y de los comentarios de la Biblia, divulgaban (otra vez el vulgo) la palabra de Dios.
Si en esa época conocer un idioma extranjero era de por sí un motivo de profunda erudición, imaginen conocer más de uno y pasarlos todos a uno. Y no es que no hubiera tenido computadora. ¡No tenía siquiera pluma con tintero porque todavía no existían!
La escritura en sí estaba en manos de copistas en un proceso que además resultaba carísimo por los materiales necesarios, como el papiro, de origen vegetal, y el pergamino, obtenido de pieles de animales.
He tenido la suerte de haber ejercido mi profesión de traductor con montones de diccionarios y con muchas herramientas informáticas que me han hecho más práctico el trabajo y, por más que intento, no alcanzo a dimensionar lo que hizo este bien llamado santo y doctor de la Iglesia.
Su traducción fue con toda probabilidad la primera universalización de un texto que al día de hoy se ha convertido en el libro más traducido, sumando una cifra tan alta como la de ¡tres mil idiomas y dialectos!
Pero, además, es de destacar el rigor científico con que lo hizo, siendo tal vez el primer traductor que, salvaguardando lo esencial de cualquier texto que es su fidelidad, sin cambiar ni un ápice el mensaje original, logró romper la barrera de la traducción palabra por palabra para pasar a traducir según unidades de sentido.
El monumental trabajo de un genio
Lo quiero decir con todas las letras: un genio. ¿Es casual que en 1991 la Federación Internacional de Traductores hubiera adoptado el 30 de septiembre como el día internacional de los traductores? Resalto aquí dos datos curiosos. El primero tiene que ver con La Biblia; el segundo con las maneras de pasar un discurso de un idioma a otro.
En nuestro idioma, el castellano, lo más común es pluralizar agregando una "s" al singular, de modo tal que de la palabra "libro" me queda el plural "libros".
Lo interesante es que libro en griego es βιβλίο y el plural no se forma agregando una "s" sino cambiando la "o" por la "α", βιβλία, así que cuando decimos "La Biblia" en realidad aludimos "al conjunto de libros" del que este libro, uno, único, está formado. Lo segundo es un detalle técnico no menor: se "traduce" el lenguaje escrito.
Se "interpreta" el lenguaje oral, por eso siempre que hablamos de "traducción" estamos pensando en un texto y siempre que hablamos de "interpretación" estamos aludiendo a congresos, conferencias, seminarios, charlas, debates, o sencillamente una reunión entre, por ejemplo, mandatarios de países con idiomas diferentes, circunstancia en la que un intérprete tendrá a su cargo pasar el idioma de uno al idioma de otro para que puedan entenderse.
El legado de San Jerónimo es tan grande que no sé si podemos dimensionarlo. A veces damos por sentadas determinadas cuestiones, las tomamos como lo natural. ¿Pero alguna vez pensaron en lo que significa la traducción? ¿Se imaginan un mundo en el que coreanos no pudieran entenderse con finlandeses, o chinos con italianos, o israelitas con españoles?
Lo cierto es que no sólo porque tradujo la Biblia sino por cómo lo hizo, San Jerónimo sentó las bases para una de las profesiones más esenciales que pueda tener la humanidad. Sin ella, seríamos nada más y nada menos que una Torre de Babel.
El autor es traductor público.










