El tigre o yaguareté ha sido motivo de diferentes abordajes por parte de escritores y divulgadores santafesinos. En lengua guaraní, "yaguareté" significa "verdadera fiera", en alusión a su fuerza y ferocidad según Martín R. de la Peña.
El "tigre" de San Francisco en la memoria santafesina
La irrupción del tigre en el Convento de San Francisco en 1825, narrada por Urbano de Iriondo, dejó una marca indeleble en la historia de Santa Fe, simbolizando la lucha entre la civilización y la naturaleza salvaje.

Florián Paucke en su obra "Hacia allá y para acá" (1780) le dedica dos importantes facetas: "padezco peligro ante un tigre" y "de que pesca el tigre". En el primero narra un momento previo a su caza y en el segundo cómo se las ingenia el animal para pescar peces o capturar yacarés.
En el año 1943, Félix Barreto, siendo director de la revista de la Junta Provincial de Estudios Históricos, rescató el relato que Urbano de Iriondo hiciera sobre el "tigre" que ingresó al Convento de San Francisco, hecho que quedó grabado en la memoria santafesina.
El 18 de abril del año 1825, encontrándose Iriondo en la Sala del Cabildo, ejerciendo sus funciones de alcalde de segundo voto, fue avisado por un vecino que en el Convento de San Francisco había entrado un tigre. Sin pérdida de tiempo, Iriondo, seguido de varios soldados, se dirigió al convento, dispuesto a dar muerte a la temible fiera.
Dramático testimonio
Pero dejemos al mismo Urbano de Iriondo el dramático relato de lo acontecido:
"En la mañana del referido día salió de la sacristía el padre Chambo al tiempo que el lego sacristán Curamí abrió la puerta de la contra-sacristía; Chambo encontró por la mitad del claustro del sud al padre Miguel Magallanes que iba a decir la misa última, y, por una de las ventanas de la sacristía, vio al lego caído junto a la puerta de la sacristía que cae a la Iglesia. Corrió, y al llegar a la puerta, vio al tigre junto al cadáver del lego, dio un grito y se separó un poco para atrás (...).
Al grito dio vuelta el padre Chambo que estaba en la puerta de su celda, y vio que el tigre saltaba a la cabeza del padre Magallanes y que éste que era un hombre de mucha fuerza, le resistió hasta la segunda vez; pero al tercer asalto lo volteó de espaldas y le hizo pedazos la cara a dentelladas.
(...) En la celda del padre Magallanes estaba el paraguayo Andrés Mora, y a los gritos salió al claustro, vio caído a Magallanes, corrió y lo trasladó a su celda, que era la segunda del claustro del sud, lo puso en su cama y salió corriendo a traer un médico, sin decir más que el padre estaba enfermo (...).
El guardián, fray Vicente Ortiz, que desde la puerta de su celda frente a la sacristía había visto al tigre cuando volteó a Magallanes y luego se había entrado en la sacristía, mando a un mocito andaluz el lego José Pedrazo que estaba con él, e iba a tomar el hábito de lego el mismo día, a que cerrase las puertas de la sacristía; luego que tomó las hojas para cerrarlas, lo asaltó el tigre y lo mordió en la cintura, de cuya mordedura murió a las pocas horas (...).
El indio pintor Sebastián Arce, que entraba por la portería con dirección a la sacristía, vio el suceso del andaluz, y luego al tigre que se venía sobre él, huyó, cerró la portería y salió gritando lo que había visto. Muy pronto se supo en la ciudad, la entrada del tigre al convento, y que había muerto a un hombre (...)".
Dificultosa cacería
"Yo fui inmediatamente avisado, y, tomando ocho hombres de la guardia del Cabildo, me dirigí a San Francisco, abrí la portería y entré. El guardián que estaba en su celda con la puerta entreabierta, me dijo que el tigre estaba en la sacristía, y que el padre Magallanes estaba lastimado en su celda.
Entonces fui con los hombres que llevaba, cerré con llave la sacristía, pasando enseguida a la celda del padre Magallanes, a quien encontré en la cama, con las piernas colgando y la cabeza hecha pedazos, con un ojo vacío y otro colgando, al parecer en estado de muerte (...). De inmediato salí a la portería y le dije al padre Juan Patrón, cuál era el estado de Magallanes, y que fuese a asistirlo.
Así lo hizo el padre Patrón seguido de otras personas que estaban presentes, entre las que se encontraba el cirujano Don Manuel Rodríguez, que diagnosticó que el padre Magallanes no estaba para morir, y lo hizo sacar en una silla de brazos muy tapado, a casa de Don Manuel Machado, de donde fue trasladado a lo de Doña Magdalena Piedrabuena, falleciendo recién a los ocho días, en su entero juicio, después de haber recibido todos los sacramentos de la Iglesia (...)
Luego que sacaron al padre Magallanes pasé con toda la gente que me seguía, a buscar al tigre. Echamos por las ventanas de la sacristía unos cuantos perritos, los que rastreaban la sacristía y contra - sacristía, sin alteración alguna, lo que probaba que no estaba allí la fiera.
Entonces resolví abrir la puerta de la sacristía y entrar, encontrando el cráneo y los sesos del lego Curamí cerca de la puerta que cae a la Iglesia; luego en la contra-sacristía, el resto del cuerpo. Como no encontrásemos allí al tigre, creímos que se había vuelto a la huerta, saltando por la ventana, la que cerramos (...). Entonces pedí al guardián la llave de la huerta para buscarlo allí. Iban conmigo muchos hombres armados.
Don Nicolás Candioti y Pablo Sosa a caballo y con perros isleños; éstos y algunos a pie, entraron a recorrer la huerta, y los demás se subieron a las paredes y al techo del claustro, quedando yo, sin arma alguna, parado sobre un montón de tierra, distante como cinco varas de la puerta, y cerca de mí, un indiecito con una carabina. En esto uno que pasaba por la ventana del preciso (letrina de la época), que cae a la huerta, gritó (...)"
¡Aquí está… allá va!
"Todos, al grito, creímos que el tigre había aparecido en la huerta. Yo corrí a ganar el claustro, pero, al pisar el umbral de la puerta, me encontré con la fiera, que sorprendida dio un bramido, saltando para atrás, de modo que me dio lugar a que cerrase la puerta, cayéndoseme el sombrero en esas circunstancias (...).
No teniendo la puerta como asegurarse por fuera, hui hacia el sud, y casi al mismo tiempo vino Juan Eugenio Galván corriendo por la huerta a ganar el claustro, y en cuanto abrió la puerta, el tigre, lo asaltó y lo volteó del lado de la huerta, haciéndole pedazos el hombro derecho, mientras quedaba enredado en el poncho de Galván (...).
Entonces el chinito que allí estaba cargó sobre el tigre y le descerrajó uno o dos tiros, pero erró fuego la carabina. El tigre volvió al claustro y ganó el preciso, y los que estaban en la ventana avisaron a los del techo el lugar donde estaba: destecharon un pedazo, por donde don Bernardino Rodríguez le tiró un tiro y le mató".
La irrupción de aquel animal en el Convento de San Francisco, con el luctuoso saldo de varios muertos, y el vívido relato de Urbano de Iriondo consignado en sus "Apuntes", más la mesa que se exhibe en el Museo Histórico de la institución religiosa, con unas marcas que la tradición atribuye a las garras del "tigre", dieron lugar a una de las historias mejor rescatadas del olvido de aquellos años en los que la ciudad vivía en medio de la naturaleza virgen del monte, del río y de las islas.
Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos.












