I

El cierre del Comedor Universitario en 1975 marcó el fin de una era de camaradería y debate, dejando huella en la memoria de generaciones de estudiantes.

I
Las imágenes se suceden. Son fragmentos, astillas, brisas a veces invisibles. Cuando en 1967 llegué a Santa Fe para estudiar, aunque a juzgar por los sucesos no estaba del todo claro el objeto de estudio, la cita de todas las noches era el Club Universitario ubicado en los altos de Las Delicias.
El salón inmenso; los balcones sobre calle San Martín e Hipólito Yrigoyen; el bullicio de los estudiantes que llegaban del Comedor Universitario, desde la facultad o desde vaya uno a saber dónde. Entonces, todos eran mayores que yo. Y todos con ese tono de bohemia izquierdista, vivido, según los casos, con algo de fe y algo de cinismo.
O de cansancio. A un costado de la escalera estaba el cuarto donde se reunía una comisión de rugby. Más allá otro cuarto, donde se armaban mesas de póker hasta la madrugada. El estudiante crónico y el estudiante timbero. Dos personajes, dos modelos, que seguramente no son recomendables, pero que existieron y que dieron lugar a literatura y cine del bueno.
II
Durante años, por lo menos durante dos décadas, la ciudad de Santa Fe fue para mí un territorio acotado -más o menos- entre avenida Freyre y República de Siria, y entre Suipacha y las Cuatro Vías. Más allá era territorio desconocido, tierra de nadie, estepa ignorada.
Por supuesto que sabía que la ciudad existía más allá de esos límites, y con relativa frecuencia incursionábamos en aquellos territorios, pero, y esto es lo que importa, la incursión era muy parecida a la del forastero que ingresa por primera o segunda vez a una ciudad desconocida. A la distancia observo que entonces mi territorio era muy pequeño.
En términos de extensión ocupaba menos del diez por ciento; y en términos de habitantes, seguramente no llegaba al uno por ciento. Pero sin embargo (y mi memoria no me traiciona) esa suerte de ínsula incluía todo lo que un joven -y después no tan joven- necesitaba para vivir, y para vivir bien, incluyendo algunas penas y algunas alegrías, pero sobre todo, incluyendo la totalidad de mi vida cotidiana de entonces.
De hecho, durante todos esos años yo no necesitaba para vivir mi vida de la peatonal San Martín (que entonces no era peatonal), mucho menos de la costanera, del barrio sur o de las barriadas populares. Mi vida de todos los días se extendía por la zona mencionada, algo así (y dale con la cultura francesa) como mi Barrio Latino o, si no les caen bien las orillas del Sena, mi Grenwich Village.
En principio, en aquellos años todas mis necesidades cotidianas se satisfacían en ese territorio. Allí estaban las casas de estudiantes, las facultades de Derecho e Ingeniería Química, el rectorado de la universidad y todos los bares y comedores en los que me encontraba con centenares (y no exagero) de amigos y amigas.
Y también con algunos enemigos y algunas enemigas, porque hasta en las ínsulas más encantadoras las diferencias existen y a veces esas diferencias -sobre todo en aquellos años- pueden llegar a ser feroces.
III
En ese territorio funcionó durante muchos años el Comedor Universitario, el templo, el foro de miles de estudiantes que todos los días del año, de lunes a domingo, nos convocaba a mediodía y a la noche. Allí, además de comer, nos pasaban las cosas más importantes.
En el Comedor se acordaban las citas para las próximas reuniones de la jornada: una peña, una guitarreada, una sesión de jazz, un ensayo de teatro independiente, una mesa de café. Allí nos conocíamos y allí sesionábamos en una suerte de estado de asamblea permanente.
Lo digo sin exageraciones: el Comedor Universitario fue el principal responsable, deliberado o no, de la bohemia estudiantil de aquellos años; una bohemia que incluía todo lo que nos pudiera interesar, desde la amistad al amor, desde la sociabilidad más ruidosa a la soledad más enconada. Todo entonces empezaba y terminaba allí.
El Comedor Universitario cerró en 1975 y nunca más abrió. Durante años funcionó allí una dependencia de Tribunales, pero ahora se ha levantado un edificio torre. Un pedazo de la vida de Santa Fe, de la vida juvenil de Santa Fe o, para ser más preciso, de la estudiantina de los sesenta y de los setenta, desaparece para siempre.
Corrijo: desaparece en la topografía de la ciudad, porque en esa otra ciudad de Santa Fe que mi imaginario fundó sin pedirle permiso a Juan de Garay, estará siempre, sobre bulevar, entre 1° de Mayo y 4 de Enero, abierto de lunes a domingo, a mediodía y a la noche.
IV
Muchos estudiantes del interior pudieron estudiar y recibirse gracias a ese Comedor Universitario. Muchos estudiantes en su momento se movilizaron para que exista y muchos estudiantes nos movilizamos años después para que no se cierre. No pudo ser. Y fue una pena. Alguien dirá que el Comedor se había transformado en un foro en estado de asamblea permanente.
Algo de eso es cierto, pero pregunto a continuación: ¿Alguien supone que dos o mil o tres mil estudiantes de los años sesenta o setenta reunidos todos los mediodías y todas las noches van a limitarse a engullir comida y marcharse en silencio como si salieran de un templo?
Por supuesto que abundaban las asambleas y a veces esas asambleas se prolongaban durante horas. Y por supuesto que también pasaban muchas otras cosas que iban más allá del acto de masticar comida: la amistad, el amor y la alegría estaban presentes. También las trifulcas y las intrigas políticas.
En el recuerdo, lo que me llega es un rumor permanente de voces, de todos los tonos. Y colores, colores de la ropa, colores de los cabellos, colores de la calle y de la vida. Entonces ser joven era un permanente bullicio. Los días y las noches eran largos.
Todos los días eran ricos en novedades. Un escritor, un intelectual, un director de teatro, un pintor, un músico, un tarambana. Contemplado a la distancia, insisto en decir que ser joven es precisamente eso: conocer gente interesante todos los días, estar dispuesto a hacerlo, estar disponible para el asombro.
V
Pero volvamos a la ciudad, al territorio que entonces era mi ciudad. Decía que allí estaba todo. Por lo menos todo lo que a mí me gustaba y me interesaba. Las casas de estudiantes, por ejemplo; las antiguas, nobles y solidarias casas de estudiantes, muchas de las cuales se sucedían de generación en generación.
En algunas calles de ese territorio había en una cuadra cuatro o cinco casas de estudiantes cuya presencia alegraba y escandalizaba a los pacíficos vecinos del barrio.
Abundaban las peñas (sospecho que esa costumbre alrededor de una guitarra y unas botellas de vino ha desaparecido del planeta), las reuniones políticas en cuartos donde convivían los afiches en las paredes con camas destendidas, pisos que extrañaban a gritos una escoba y mesas chuecas con libros y apuntes; los asados en el patio; y las citas amorosas, las cálidas e irrepetibles citas amorosas de entonces.
Todo se mezclaba con todo: la política, el amor, la lectura, el estudio, las peñas. ¿Se entiende ahora el contexto? ¿Se entiende por qué la ciudad para mí y para nosotros tenía límites precisos? Límites que nadie trazaba pero que los establecían nuestras vidas y nuestros años. Se vivía mucho de noche. Una vida nocturna estudiantil hecha de estudiantes que se habituaban a estudiar de noche.
Salíamos del Comedor, algún café en el San Jerónimo, por ejemplo, y después a estudiar hasta la madrugada. Las anfetaminas ayudaban. Ningún elogio para ellas, pero ayudaban. Y, además, no estaban prohibidas. Todavía recuerdo los nombres: Actemin, Desbutal, Obesin, Dexamil, Spanshul.
En algún momento, cuatro o cinco de la mañana suspendíamos la lectura y nos íbamos a tomar un café. Caminatas por calles oscuras o por un bulevar casi sin tránsito. Entonces el Torino, el Capri o Las Cuartetas estaban abiertos toda la noche. Y además uno llegaba al bar a las cuatro a las cinco de la mañana y siempre había conocidos.
De la estudiantina nocturna o de la noche. No cuento estas escenas o estas historias para escandalizar a nadie o para hundirme en la melancolía; las cuento, porque en primer lugar son verdaderas, pero también porque mi prolongada y perdida juventud estuvo marcada para siempre por estas escenas.