Nadie nace resistente y menos aun, combatiente. La transformación es por convicción o por necesidad. Todos deseamos vivir en paz con la familia, los amigos, el trabajo, los proyectos. Pero, para sobrevivir personal y colectivamente, sucede que a veces hay que tomar decisiones drásticas, que incluso superan nuestro raciocinio y se inclinan a lo que jamás ninguno pudo predecir o quiso hacer.
Honra y honor, para quienes se jugaron todo contra la barbarie nazi, el horror y la muerte
Si el nazifascismo fue la negación misma de la condición humana, el levantamiento de los judíos varsovianos, el 19 de abril de 1943, sigue siendo un escalón muy alto del humanismo.

En mayo de 2025 celebramos el fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota militar del nazifascismo cuando capituló de manera incondicional ante el Ejército Rojo de la Unión Soviética. Terminar la guerra y con el nazifascismo fue un hecho muy significativo para el presente y futuro de la humanidad.
Por otra parte, desde 1943 en adelante, todos los 19 de abril recordamos el levantamiento de los judíos cautivos del Gueto de Varsovia contra la ignominia y la vergüenza que fue el nazismo como representación perpetua de la dignidad humana. Si el nazifascismo fue la negación misma de la condición humana, el levantamiento de los judíos varsovianos sigue siendo un escalon muy alto del humanismo.

De no haber vencido a ese engendro tan funesto, quizás hoy no podríamos disfrutar de cuestiones tan elementales, vivificantes e inquietantes como la democracia, la libertad de expresión y de tránsito, el Estado de Derecho y los derechos humanos, cosas que hemos incorporado a nuestra vida diaria como lo que son, normalidades, pero que en aquel momento no eran.
Para los totalitarismos dictatoriales nazifascistas eran nociones valiosas el racismo, el militarismo, la promoción del odio, la violencia y la guerra, la xenofobia, la censura, el oscurantismo cultural, la expansión territorial, el saqueo y las persecuciones a los opositores (sindicalistas, comunistas, socialistas e incluso liberales, pacifistas o simplemente demócratas) o al diferente (judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, pacifistas, Testigos de Jehová), así como la concentración económica en corporaciones capitalistas.
El autoritarismo abusivo y cruel de aquellas nefastas estructuras políticas y de sus portadores, personificados estos en verdaderos monstruos detestables como Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, Joseph Goebbels, Miklós Horthy, Ion Antonescu, Hienrich Himmler, Hermann Goering, António de Oliveira Salazar, Ante Pavelic, Vidkun Quisling, Philippe Pétain y tantos más (incluso algunos actuales), era su propia esencia.
Celebramos y rememoramos estos acontecimientos, pero también lloramos a nuestros muertos amados y a la vez nos preguntaremos por qué sucedió lo que sucedió. ¿Por qué se llegó a ese punto en el que el exterminio de comunidades enteras, la liquidación de culturas, la crueldad institucionalizada y el desprecio hacia "el otro" fueron moneda corriente?
A pesar de lo terrible de la ocupación y de las persecuciones, de las masacres y los campos de concentración y tortura, surgieron muchas organizaciones clandestinas para la resistencia, ya sea armada, para protección o para facilitar su escape a países neutrales.
El concepto "resistir" surgió a comienzos del siglo XV y deriva del latín "resistere", el que deriva de "sistere", que significa "colocar, detener, tenerse", del que proceden los términos resistencia y resistente (ver Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española, Joan Corominas, Editorial Gredos, Madrid, 1997).
Nos centramos en los resistentes judíos por haber sido una de las minorías mas encanizadamente perseguida por el nazifascismo en sus diversas manifestaciones (a sabiendas que existieron otras minorías también perseguidas con saña) y porque el nazismo diseñó todo un complejo sistema jurídico, cultural, económico, social, político, militar, tecnológico para su exterminio total.
En el momento del advenimiento al poder del nazismo en Alemania (en 1933) entre 11 y 12 millones de judíos vivían en Europa, desde el Atlántico a los Urales, desde el Mar Báltico al Mediterráneo. Más de la mitad de esa población europea fue eliminada de manera sistemática y con precisión científicamente calculada.
La industrialización de la muerte -como ejemplo bastan las cámaras de gas y los hornos crematorios, además de los sistemas de transporte ferroviario- contó con la incomparable colaboración de los grandes conglomerados industriales:
IG-Farben, Siemens, Krupp, Bayer, Daimler, Kodak, Opel, Hugo Boss, entre muchos otros más, que utilizaron a los cautivos en los campos de concentración y de exterminio como esclavos (incluso subsidiarias de importantes empresas norteamericanas como IBM, Coca Cola o Ford, o bancas como las del Chase Manhattan Bank, Kennedy o Rockefeller, que suministraron financiación, información, tecnología y equipos).
Enaltecimiento de la condición humana
Así como el nazifascismo degradó y corrompió hasta lo más bajo a la condición humana, la resistencia a todas esas monstruosidades -en cualquiera de sus formas, desde la mas sencilla a la mas compleja-, la elevan y potencian a escalas ilimitadas.
Esa resistencia adquirió un carácter orgánico, heroico, diverso y multidimensional en el que participaron judíos de todas las extracciones sociales, corrientes políticas, filosóficas y religiosas, todas las edades y todos los géneros.
Se manifestó en guetos, campos de concentración y exterminio, bosques, lugares de trabajos forzados, aldeas, pantanos, montes, ciudades y en las acciones armadas, como también en el sabotaje, espionaje, ocultamientos, observación, información, destrucción de unidades productivas, guarda y traslado de personas.
Igualmente en los talleres de municiones, armas e imprentas, edición y distribución de materiales impresos (documentación falsa, volantes, folletos, carteles), contrabando (alimentos, armas, medicinas), sabotajes a líneas de comunicación y abastecimiento, voladuras de puentes y vías férreas, sublevaciones. Todo dentro del máximo sigilo y la más absoluta clandestinidad.
Para cada persona que se sumaba a la Resistencia antinazi en cualquiera de los territorios ocupados, o aliados al nazifascismo (sea como fuera), estaba la amenaza constante de su detención y muerte; procedimientos en los cuales actuaban no solo las tropas alemanas, sino las fuerzas policiales y armadas de esos países y colaboracionistas civiles, ya sea participando de los grupos parapoliciales y paramilitares locales, o mediante delaciones.
Sabemos los nombres de muchos resistentes que por sus actos son muy conocidos. Por ejemplo, el de muchos de los combatientes de los guetos como:
Mordejai Anielevich, Itzjak Cukierman, Josef Levartovsky, Nutia Teitelbaum, Marek Edelman en Varsovia ,o Yitzhak Wittenberg en Vilna. También se tiene conocimiento de otros como Schmerke Kaczerginski, Emmanuel Ringuelblum, Ernst Mandel, Ava Kovner, Primo Levi, Janusz Korczak, Leone Guinzburg, Avrom Sutzkever. Pero hubo miles y miles luchando y resistiendo.
Eran poetas, albañiles, sastres, amas de casas, ingenieros, panaderos, enfermeras, periodistas, estudiantes, tejedores, músicos, educadores, herreros, pintores de brocha gorda y artísticos, doctores, comerciantes, campesinos, empleados, militares, artesanos, carpinteros, desocupados: eran mujeres y hombres, jóvenes, maduros y ancianos, incluso algunos casi niños, gente común y corriente decididos a decir:
¡No a la barabarie! Plantarse y constituirse como seres humanos -plenos de humanidad- para lucha contra esa feroz dictadura criminal que fue el nazifascismo.
Se conoce que casi el 20% del maquis francés estaba compuesto por judíos, así como el 10% de los andartes griegos o de los partigiani italianos. Entre los guerrilleros yugoslavos constituyeron, entre otras formaciones, el Batallón Rab con 1.500 combatientes.
Terminada la guerra, unos 1.200 judíos belgas fueron reconocidos por su participación en la lucha armada. Más de 1.000 judíos neerlandeses fueron guerrilleros. Casi el 10% de los partisanos soviéticos eran judíos.
En general, sucedió que hubo una sobre representación de judíos en las agrupaciones y organizaciones de la Resistencia (armada o no) en relación a la población de cada país, tal como había sido (entre el 15-20% del total) en el bando republicano, integrando las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española.
La memoria no es solo recuerdo. Es combate contra el negacionismo, por la vida y el futuro de dignidad para toda la Humanidad. Las palabras condicionan los actos de los seres humanos. Las palabras se trascienden así mismas y desde su propia ética derivan en una forma de combatir, ya sea para la destrucción o para la construcción, para estrago, para la sumisión o para la redención.
Esto corresponde a cualquier exterminio, sea el padecido por los armenios a manos del Imperio Otomano, los judíos a manos del Tercer Reich nazifascista, los pueblos originarios de América, África, Asia y Oceanía a manos de las conquistas colonialistas, los palestinos de Gaza, los opositores políticos de cualquier dictadura.
El fin de un mito agraviante
Existe la creencia generalizada de que los judíos no hicieron nada para resistir su destino en las matanzas nazifascistas.
Sin embargo, la cruda realidad del deterioro físico (hambre, hacinamiento, enfermedades) y psicológico (miedo, angustia, soledad, desesperanza, incertidumbre), junto con los esfuerzos de la Resistencia clandestina en los guetos por contrarrestar las políticas colaboracionistas del Judenrat y la desesperación, inevitablemente condujeron a un colapso de la vida material y espiritual de una parte de las juderías.
Pero no todo fue así. Sobran ejemplos para poner fin a ese infortunado, desgraciado e intencionado mito agraviante de que los judíos fueron al matadero como dóciles ovejas. No lo fueron y los ejemplos sobran. Cuando la clandestinidad era absoluta y el aislamiento/cautiverio inconmensurables, y todo estaba prohibido por el régimen nazi.
El reconocimiento es para todos quienes hicieron posible la Resistencia, desde aquellos que integraron las organizaciones armadas en bosques, pantanos, montañas, ciudades, campos de concentración o exterminio y guetos (ghettos), pero también para los que protegieron a chicos huérfanos, les dieron cobijo y amor y marcharon junto a ellos,...
Sea a la muerte o a la salvación, a los que registraron detalladamente cada perversidad, a los que escribieron periódicos. Canciones, diarios y poemas, a los que contrabandearon alimentos, medicinas, armas, a los que compusieron música y canciones, a los que educaron, a los que continuaron con los servicios religiosos, a los que cocieron pan, a los que negociaron con autoridades para conseguir algún alivio o salvar alguna vida,...
A los que espiaron y pasaron informaciones delicadas, a los que no se resignaron a ser víctimas y se irguieron su con toda su estatura ética y moral por sobre la privación de las cualidades que distinguen a las personas como seres humanos, que al ser descritos como objetos o animales puede ser considerados como incapaces de sentir algo más que dolor.
A todos ellos, nuestro homenaje. Viven en nuestros corazones, nuestra conciencia y nuestro accionar cotidiano. Un ser humano solo se olvida cuando se olvidan su nombre. Consignamos algunos pocos nombres de resistentes de casi todos los países europeos y algunos africanos.
La gran mayoría -miles, decenas de miles- no aparecen en los textos, pero lucharon con igual coraje, entrega y determinación para enfrentar al nazifascismo.
Hubo resistentes en Albania, Alemania, Austria, Argelia, Bielorrusia, Bosnia, Bulgaria, Creta, Croacia, Dinamarca, Egipto, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Kosovo, Lituania, Luxemburgo, Macedonia, Marruecos, Moldavia, Mónaco, Noruega, República Checa, Polonia, Países Bajos, Rumania, Rusia, Serbia, Suecia, Túnez, Ucrania.
No pudimos encontrarlos de aquellos que en pequeños Estados europeos (como Liechtenstein, Andorra, Malta, San Marino, Letonia, Chipre) y países musulmanes con fuertes y antiquísimas comunidades judías:
Turquía desde el siglo IV antes de nuestra era (a.n.e.), Irán desde 1000 a.n.e, Irak desde 600 a.n.e (exilio babilónico, Nabucodonosor II), Siria, Líbano (desde 1000 a.n.e.), también colaboraron y participaron activamente en la resistencia y la lucha contra el nazifascismo.
La situación en España era paradójica. El caos posterior a la Guerra Civil hacía que para las autoridades fascistas la persecución a los judíos fuera algo primordial; se creó una coyuntura absurda: los refugiados que huían de la llamda "Solución Final" nazi buscaron asilo en un país donde a ningún judío se le había permitido vivir abiertamente como judío durante más de cuatro siglos.
Hubo algunos casos de diplomáticos españoles que brindaron protección y documentación a judíos. Algo similar sucedió en Portugal, donde hubo una serie de iniciativas individuales de protección de judíos.
No mencionamos a aquellos miles y miles de personas que, voluntariamente, contribuyeron prontamente en la solidaridad con los perseguidos (resistentes todos, combatientes o no) en los más diversos países alejados totalmente de la línea de fuego en América, Sudáfrica o Asia, donde se desarrollaron amplios movimientos de masas con ese sentido.
Y así como hubo quienes dispusieron de sus vidas y sus bienes en aras de salvaguardar personas y una cultura amenazada con el exterminio, hubo colaboracionistas con el nazifascismo. Pero lo importante es lo otro: los que se jugaron el todo por el todo.
Ellos estaban lejos de las líneas del frente. ¿Estaban lejos de las líneas del frente? Abrían otros frentes. De modo muy incompleto, rescatamos algunos pocos nombres de aquellas verdaderas heroínas y héroes que combatieron con coraje, entrega y decisión contra la bestia nazi.
Por eso plantamos árboles, colocamos baldosas y placas, levantamos monumentos, escribimos libros, repetimos todos los años: para que la memoria no se agote ni ofenda ni se eluda ni se omita. Faltan muchos, muchísimos.
Eran gente común, con sus historias personales de trabajos, familias, amigos, proyectos, y aunque estén ausente físicamente... ¡No Olvidamos! ¡No Perdonamos! Por eso decimos, con todas nuestras fuerzas: ¡Nunca, Nunca, Nunca más!





















