En escuelas, consultorios y hogares se repite una escena que dejó de ser excepcional: niños con dificultades para autorregularse, tolerar la frustración, sostener la atención o manejar sus emociones. Lo que antes se atribuía a situaciones individuales hoy muestra un patrón más amplio.
La infancia atraviesa un estado de alerta sostenida, con manifestaciones conductuales y emocionales cada vez más frecuentes y tempranas. Los datos internacionales acompañan esta percepción. Organismos como la Organización Mundial de la Salud estiman que alrededor del 20% de los niños y adolescentes presenta algún tipo de dificultad en el área de la salud mental o del neurodesarrollo.
Mirá tambiénNutrición y cerebro: qué comer para mejorar el desarrollo y el aprendizaje infantilEn las últimas dos décadas, las consultas por problemas de conducta, ansiedad y dificultades atencionales crecieron de manera constante, con un aumento adicional tras la pandemia. Sin embargo, limitar el análisis a un incremento de diagnósticos resulta insuficiente.
La pregunta central es otra: por qué cada vez más niños presentan dificultades para regular funciones básicas del desarrollo, como la atención, la emoción y la conducta.
Un desarrollo bajo tensión
El cerebro infantil no nace completamente formado. Las funciones que permiten regular impulsos, emociones y conducta se desarrollan de manera progresiva, en interacción con el entorno. La evidencia en neurociencia del desarrollo muestra que el estrés crónico, la falta de previsibilidad y la sobreestimulación impactan negativamente en estos procesos, especialmente en los primeros años de vida.
Cuando estos sistemas no logran madurar adecuadamente, la dificultad suele expresarse primero en la conducta: impulsividad, irritabilidad, desbordes emocionales o dificultades para aprender. En este sentido, la conducta no es solo un problema a corregir, sino un indicador del estado del desarrollo.
Conducta, emoción y aprendizaje
Las dificultades conductuales rara vez aparecen de forma aislada. Estudios longitudinales muestran que los niños con problemas tempranos de regulación emocional presentan mayor riesgo de bajo rendimiento escolar, dificultades vinculares y problemas de adaptación en la edad escolar.
En el ámbito educativo, estas manifestaciones suelen traducirse en problemas de atención, descenso del rendimiento, dificultades para seguir consignas o sostener rutinas. Muchas veces, estas señales se interpretan como falta de límites o desinterés, sin considerar el contexto emocional y madurativo del niño.
Mirá tambiénSalud mental: pedir ayuda también es un acto de valentíaFrente a este escenario, se observa un abordaje cada vez más rápido y fragmentado. Evaluaciones breves y diagnósticos centrados exclusivamente en la conducta corren el riesgo de simplificar un fenómeno complejo.
La literatura advierte que cuando no se consideran factores biológicos, emocionales y contextuales -como el sueño, el estrés, el entorno familiar o las experiencias tempranas-, las intervenciones pierden eficacia y los síntomas tienden a cronificarse. Comprender el origen de las dificultades no implica negar la necesidad de intervenciones, sino orientarlas de manera más precisa y preventiva.
Un desafío colectivo
Las dificultades en la regulación emocional y conductual infantil no son solo un problema individual. Tienen impacto directo en el sistema educativo, en la salud pública y en la organización social. Aulas con mayor demanda de acompañamiento, aumento de derivaciones a salud mental y familias desbordadas forman parte de un mismo fenómeno.
Reconocer esta realidad no es alarmismo. Es asumir que el desarrollo infantil se encuentra bajo presión y que las respuestas aisladas ya no alcanzan. Cuidar la capacidad de los niños para regular sus emociones y conductas es una responsabilidad compartida. Porque de esa regulación depende, en gran medida, su posibilidad de aprender, vincularse y desarrollarse en una sociedad cada vez más exigente.
La autora es médica especialista en Neuro Desarrollo para Niños y Adolescentes.