En la antigüedad del viejo Oriente, para cerrar un trato era costumbre que se entregara una suma de dinero o de especie. Como en aquel entonces los matrimonios eran "arreglados", al momento del compromiso se entregaba esta seña material con la que las familias demostraban que había una formal intención seria de formalizar ese enlace.
De Cantuarias y Delfino... "Padrino pelao"
Este tango, creación de Julio Alberto Cantuarias y Enrique Delfino, retrata las bodas de conventillo. La ilusión y la crítica social se entrelazan en un relato nostálgico y humorístico de la vida de barrio en 1930.

Así nacieron las llamadas "arras" (monedas de oro, cobre, bronce o platino), que eran una tradición en las bodas católicas y uno de los elementos más importantes en el ajuar religioso de los novios (para más información sobre cómo, cuándo y dónde, dirigirse a "papá" Google que sabe más que yo).
Julio Alberto Cantuarias, en 1930, le dio vida al tango "Padrino pelao", con el aporte musical a cargo de Enrique Delfino.
El tango no siempre fue queja ni desencanto, también supo reírse de sí mismo, contar anécdotas reflejadas en la vida de los barrios populares y retratar costumbres que ya son leyendas y por qué no, críticas sociales y moralina que emergen de los casamientos que hoy están en desuso, o se convirtieron en palabra prohibida.
"Padrino pelao" nos lleva a esas bodas de conventillo, de patios compartidos y mesa larga donde los purretes esperaban el momento mágico: el padrino arrojando monedas al piso. La boda pasaba a segundo término ya que la imagen de la algarabía de los chicos la superaba ampliamente.
Pero a veces el padrino estaba "pato", no tenía un "sope" aunque lo dieran vuelta y lo sacudieran. Sus finanzas estaban "flacas" al extremo y por más que su cabellera fuera exuberante: lisa y llanamente era "pelao" y no por falta de "lope".
"¡Araca muchachos! Aquí hay un casorio/ ¡Uy Dio cuantas minas! ¡Ta todo alfombrao!/ y aquellos purretes gorriones del barrio/ Acuden gritando... ¡Padrino pelao!"
Arranque explosivo y humor colectivo. Alfombra improvisada y lujo exagerado ponen en escena la boda que quiere aparentar más de lo que es donde todo el barrio participa, donde el detalle lo dan los niños.
Ellos son los gorriones, como dice el autor: no miran el lujo, pero esperan, con inocencia y alegría, que se cumpla la tradición y que el padrino se haga presente. Una espera que lamentablemente se transforma en desilusión profunda porque el padrino es un "seco", y entonces surge el apodo, mezcla de familiaridad y cercanía ("Padrino Pelao").
"Al barrio alborotan con su algarabía/ y allí en la vereda, se ve entre el montón/ el rostro marchito de alguna pebeta/ que ya para siempre perdió su ilusión"
Unos gritan, ríen y festejan, los novios felices y los suegros mucho más. Pero la contracara es un rostro marchito, porque hay una sombra que nada festeja, el de la gurisa que perdió la ilusión, quizás por un amor frustrado, una promesa rota o simplemente el dolor de alguien que sabe que nunca vestirá de blanco (también pasó a desuso, en algunos casos).
"Y así por lo bajo, las chusmas del barrio/ comentan la cosa, con admiración (...)/ ¿Ha visto señora, que poca vergüenza? / Vestirse de blanco, después que pecó"
No podía estar ausente la moral colectiva que genera la molesta murmuración: el juicio social criticando a la novia por vestirse de blanco después de su pasado -que es suyo y a nadie debiera importarle- lo que refleja la hipocresía y el moralismo de la sociedad. El blanco del vestido ya no es símbolo de pureza, quedó fuera de época y es mejor no hacer referencia para no quedar descolocado.
"Y un tano cabrero, rezonga en la puerta/ porque un cajetilla, manyó el estofao./ (...) Aquí en cuesta casa, osté non me entra/ Me son dado coenta que osté e un colao"
Inmigración y conventillo. Inevitable la presencia del tano, la identidad viva y fuerte del lugar, y para colmo cabrero: defiende la casa, cuida la comida y tiene tiempo de espantar al colado. Muestra carácter y representa el orden dentro del caos colectivo que, con su rezongo, aporta color autenticidad y humor.
"¡Araca muchachos! ¡Gritemo ma fuerte ¡/ ¡Uy Dio que amarrete! ¡Ni un cobre ha tirao!/ ¡Qué bronca muchachos, se hizo el otario!/ ¡Gritemo Pulguita!... ¡Padrino pelao!/ (...) Y aquella pebeta que está en la vereda/ contempla con pena la novia pasar/ Se llena de angustia su alma marchita/ pensando que nunca tendrá un blanco ajuar"
Y era de esperar: la tradición no cumplida merece escarnio público y la purretada le hace sentir todo el rigor al padrino incumplidor. La boda no solo es alegría, también encierra su costado crítico y malicioso por la ilusión rota. No es odio, es "justicia infantil" desairados frente a la promesa.
Pero el casorio también muestra la desilusión de la joven que observa la boda con tristeza consciente que nunca tendrá la oportunidad de lucir el vestido blanco. Se sumerge en su melancolía y en su resignación. Emociones y realidades de la vida urbana y una mirada crítica y emotiva sobre las expectativas y las realidades de la vida en la comunidad.
Padrino Pelao no es solo un tango que arranca una sonrisa. Es una radiografía de la época del conventillo ruidoso, de inmigración presente, de la pobreza disfrazada de lujo y sueños inalcanzables que se miran desde la vereda.
Las tan ansiadas y esperadas monedas, no cayeron al piso… pero el barrio habló e hizo ruido. En el arrabal, a veces duele más el comentario que la falta de "vento".
Hasta la próxima.
El rincón de Juan Porteño (*)
La voz "padrino pelao" tenía una carga provocativa, ya que la calificación de pelado dirigida al padrino, no aludía a su calvicie -que podía o no tenerla- sino a una presunta condición de "pelado", de pobre, de "pato".
La única forma en que el padrino podía responder al desafío y además demostrar la falsedad de la acusación de "pelao", era exhibiendo "riqueza" y sobre todo generosidad. Así, la lluvia de monedas, generalmente dirigida a los niños, confirmaba que el aludido había superado la prueba.
Si el padrino ignorara la demanda, cosa que podía ocurrir, el requerimiento aumentaba de tono y podía llegar a la silbatina y el abucheo, con un redoble del adjetivo infamante: ¡Padrino pelao! Entonces, la prueba de fuego para ese padrino solía ser igual que los demás pormenores del casamiento, la comidilla del barrio durante semanas.
Si, además, el individuo era un vecino, podía contar con acólitos y detractores que dividían sus opiniones en función de afectos o rechazos que podían sentir por el hombre que atravesaba esa circunstancia. Como muchas otras tradiciones porteñas, el "padrino pelao" marchó camino al baúl de los recuerdos.
(*) Historias tangueras de Luis Derry.












