Es difícil e imposible olvidar aquel lejano abril de 1982 cuando una alocada medida del gobierno militar de turno dispuso la recuperación de las Islas Malvinas en marcada inferioridad frente al armamento británico, y extremas condiciones de supervivencia, donde el frío y el hambre hicieron mella en nuestras tropas.
¡Oh! Nazareno… calma un poco mi sufrir
La espera interminable de una madre por su hijo ausente en la guerra se convierte en un duelo anticipado, marcado por la angustia y la esperanza quebrada.

Ese sabor amargo nos sumió en una profunda desolación cuando el regreso al territorio, ocultando sus vivencias por el dolor y la derrota, unido el abandono e indiferencia institucional, nos dejó una huella imborrable que aún perdura en la sociedad argentina.
Hay títulos que en tangos y valses ya nacen con sus propias lágrimas. Pues me referiré esta vez al vals "Plegaria", de Ángel Cabral (*), que no hace solamente referencia a una palabra cargada de religiosidad, sino que es un ruego de los más sentidos; una voz de alguien que ya no tiene fuerzas en sus manos pero que cuenta con una férrea esperanza en el alma de la que se niega a renunciar.
Desde la fe católica, la plegaria se hace cuando alguien siente que ya no puede solo. Por eso este vals, desde su mismo nombre, nos coloca frente a una escena profundamente humana de una madre anciana, humilde, vencida por los años que se arrodilla ante Dios pidiendo por su hijo.
No pide riqueza, ni pide por ella, solo pide por su hijo quien se marchó a la guerra con la juventud y sueños guardados en su mochila, con un enorme miedo escondido pero con el pecho inflado y el corazón caliente, latiendo por su patria.
Por eso inicio este relato recordando y abrazando la gesta de Malvinas, en homenaje a los jóvenes héroes que volvieron al continente, y también a los que quedaron como custodios eternos de lo que nos pertenece. Pero, fundamentalmente, para recordar a todas aquellas madres que miraban constantemente que se abriera la puerta y se produjera el tan ansiado regreso:
"Arrodillada ante la imagen del señor/ con sus manitas sobre el pecho haciendo cruz/ Una ancianita ruega en vano por su amor/ Hizo sus ruegos al Capur, una plegaria con dolor" (**)
La imagen es cinematográfica y humana a la vez. Sus manitas pequeñas y cansadas persignándose ante la cruz transmiten humildad, fe y fragilidad. No se revela ante Dios, le suplica al Señor aunque intuye que ese ruego en vano le avisará del destino trágico, aunque el dolor de su rezo funciona como un corazón emocional no nacido de la Fe tranquila, sino atravesada por el sufrimiento:
"Ya van para dos años que su dicha se enlutó/ la guerra mala lo apartó de su vivir/ Ella padece por su hijo que marchó/ y ansiosa esperar el retornar/ y en ello alivia su sufrir"
Aquí aparece el primer enemigo: el tiempo. La madre vive atrapada en esa espera interminable. "Ya van para dos años", dice, enlutada en su tristeza, como si hubiese comenzado el duelo antes de conocer el final. La guerra se menciona con una palabra corta, escueta y sencilla, pero que encierra un daño enorme, brutal y complejo, enmarcado por una angustia que impera como una fuerza avasalladora.
Porque en la guerra no hay ganadores, pierden todos; separan familias y destruyen hogares. La madre no conoce de detalles, solo tiene esperanzas y ansía el retorno de su hijo:
"Señor, no puedo esta condena soportar/ Oh, Nazareno, calma un poco mi sufrir/ Hazlo llegar pronto al hogar/ Dale una dicha en su luchar/ Jesús, no lo dejes morir. (...) Es una madre la que clama junto a ti/ Recuerdo santo viento en vano por su amor/ Es un pedazo de mi carne que se fue/ Fruto febril de una ilusión/ Recuerdo santo de un querer".
Tremendamente desgarrador. La anciana ya no reza con "calma", ahora "clama". El diálogo es directo. Desesperada, ella ve cómo su mundo se derrumba y entonces desde lo más íntimo de su ser nace su ruego: "Jesús no lo dejes morir".
No hay frase más humana, porque hay madres que darían su vida por la de un hijo. Esa súplica es de una profundidad brutal: "Es un pedazo de carne que se fue". Su hijo dejó de ser un soldado, es su hijo; el niño gestado en su vientre, nacido de su cuerpo, de su sangre y su historia.
Es tan profundo el vals "Plegaria" que deja de hablar de una guerra y empieza hablar del amor más grande que existe: el de una madre y un hijo:
"Allá a lo lejos, batallando con furor/ Un hombre cae maldiciendo su final/ Y mientras lleva las manos al corazón/ Piensa en la madre y deja oír/ Una plegaria con dolor"
Mientras su madre reza y suplica en silencio, el hijo pelea rodeado de muerte. Una muerte que ya lo alcanzó y rompe con toda esperanza maternal. La guerra mostró su sentencia, pero en el instante final el soldado sigue pensando en su madre, dejando de lado la gloria y en las medallas. Piensa solo en ella. Madre e hijo unidos por la misma plegaria: ella reza por él y él muere pensando en ella:
"Oh madrecita que esperándome estarás/ La guerra mala me apartó de tu vivir/ Y agonizando entre triste sollozar/ la madre insiste en el rezar/ y el hijo nunca más volvió"
La estocada final, la puñalada más dolorosa. El hijo muere lejos y la madre continúa con su rezo sin saber que todo terminó. Comienza el silencio, ese silencio terrible que hace tanto ruido; el silencio que conocen las madres que lloraron y esperaron, algunas inútilmente, porque los valientes quedaron en su suelo custodiando lo que siempre les perteneció.
"Plegaria" no es solamente un vals con dos personajes, madre e hijo, es una maravillosa obra sobre la eternidad del amor materno. Este vals nos recuerda que las guerras nunca matan solamente "enemigos"; también dejan corazones vacíos y hogares mutilados, inmersos en esperas interminables. En el centro de este desgarrador relato está esa ancianita,... símbolo universal del sufrimiento silencioso.
Hasta la próxima.
(*) Nombre artístico de Ángel Amato (1911-997), destacado guitarrista, cantante y compositor argentino, que se hizo muy famoso y universalmente reconocido por haber compuesto en 1936 la música del famoso vals peruano "Que nadie sepa mi sufrir", también conocido como "Amor de mis amores".
(**) Cerro ubicado en la cordillera de los Andes. La canción narra la historia de una madre que sufre por su hijo ausente por culpa de la Guerra del Chaco (1932-1935). Al ser una región montañosa y desértica en el Altiplano, el cerro Capur actúa poética y metafóricamente como un altar; un punto de referencia geográfico que se ofrece como el refugio de una deidad local, a la que se encomienda el cuidado del soldado.
Las madres siempre saben
La vela llevaba horas consumiéndose frente al Cristo de madera. La anciana seguía arrodillada como lo hacía todas las noches, todos los días, apretando entre sus dedos huesudos el rosario (su fiel compañía) y sus ojos clavados en el altar.
Afuera la lluvia interrumpía el silencio de la noche. La casa olía a humedad, sopa recalentada y angustia espesa. Sobre la mesa, la foto de su hijo soldado sonriendo. Hablaba bajito, para que Dios la escuchara cerca: "Tráemelo Señor... aunque venga lastimado o herido… pero tráemelo".
Y levantaba su cabeza hacia la cruz de vez en cuando, como esperando una respuesta. A kilómetros de distancia, entre barro, humo, balas de metralla y bombas, su hijo caía de rodillas llevando su mano al pecho ensangrentado. Antes del desplome, en un murmullo llamó a su madre: "Vieja... viejita". Quizás en el mismo instante en que la vela tembló y ella se inquietó. Las madres siempre saben.













