El arrabal no solo habla de cuchillos, faroles, burdeles, guapos, esquinas, minas, malvones y rejas... o curdas que lloran quién sabe por qué y para qué. El tango también habla del alma a la que ya no le queda barrio dónde refugiarse. Por eso me atrevo a decir que este no es un tango del barrio visto desde "el exterior" de la persona; es un tango donde el barrio se derrumba adentro del hombre.
Canción desesperada
Enrique Santos Discépolo crea un tango que no solo retrata la vida cotidiana, sino que explora la ruina emocional de un hombre enfrentado a su propia desesperación.

Y, cuándo no, pertenece a Enrique Santos Discepolo, el compositor conocido y reconocido por su habilidad para capturar la esencia del desencanto y la melancolía. Acostumbrado a inmiscuirse en el retrato de la vida cotidiana, las dificultades económicas y sociales, Discepolín orientó generalmente sus obras hacia la tristeza y el pesimismo.
A él, justamente, le debemos la creación de la letra y música del tango "Canción desesperada", pieza musical de 1945 que encapsula el dolor y la desilusión amorosa. Hay tangos que nacen en el café, entre humo y recuerdos, en la esquina donde sigue latiendo el orgullo del barrio y por qué no, en los bodegones entre el alcohol y entre alguna refriega a punta de cuchillo.
Pero "Canción desesperada" nace después, cuando el hombre ya perdió todo punto de apoyo y solo le queda una pregunta para la que no encuentra respuesta. Este tango no habla de guapos, ni discusiones arrabaleras: hay un corazón que llora enfrentado a su propia ruina emocional. Discépolo llevó al papel una historia de amor con sus consecuencias, por "haber amado sin defensa":
"Soy una canción desesperada/ hoja enloquecida en el turbión/ por tu amor, mi fe desorientada/ se hundió destrozando el corazón"
En esta estrofa el protagonista se desnuda: ya no es una persona, es un símbolo. Perdió identidad. Perdió el rumbo y es arrastrado como una hoja sin piedad y sin control. Por eso en su lamento no dice "estoy desesperado", sino "soy una canción desesperada".
Evidentemente el amor no fue una experiencia, fue una tormenta. Perdió la mujer, perdió la confianza en aquello que le daba identidad y sentido de vivir. Perdió la fe: es un pobre tipo que ya no cree en nada y que ve pasar la vida como una ráfaga... perderse en la esquina que lo vio crecer y guapear:
"Dentro de mí mismo me he perdido/ ciego de llorar una ilusión/ soy una pregunta empecinada/ que grita su dolor y tu traición"
¿Cómo soportar esto? Es la pregunta sin respuesta que siente este amigo con tanta desorientación. Brutalmente desbastado. El enemigo no está afuera, lo lleva adentro y, obviamente, surge el llanto, no por ella, sino por la ilusión que construyó y dio paso al dolor. Grita el abandono y el propio engaño emocional:
"Porque me enseñaron a amar/ si es volcar sin sentido/ los sueños al mar. // Si el amor/ es un viejo enemigo/ y enciende castigos/ y enseña a llorar"
El protagonista está enojado con él, con la vida y con todo lo que lo rodea. Se cuestiona el aprendizaje y entra en razones de por qué la enseñanza de amar ha sido tan cruel con él. Se pregunta por qué sus sueños no fueron correspondidos y se presenta con su corazón hecho pedazo, destruido emocionalmente, ante lo que resta de su vida indefensa y sin ganas de intentar nada.
Todo este cuestionamiento lo lleva indefectiblemente al sufrimiento. Entonces replica sistemáticamente: "Por qué me enseñaron a amar,/ por qué tanta frustración y confusión". Por qué, por qué, por qué:
"Yo pregunto... ¿por qué?/ Sí, por qué me enseñaron a amar/ si al amarte mataba mi amor/ burla atroz de dar todo por nada/ y al final un adiós, despertar llorando"
En este tramo el tango queda al descubierto todo el drama. El personaje se anuló asimismo. Amar le significó destruir su amor propio y el cuestionamiento va en aumento (¿Para qué di todo sin medida? ¿Dónde fue a parar lo que di? ¿En qué fallé?):
"¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?/ ¿Dónde estaba el sol que no te vio?/ Cómo una mujer no entiende nunca/ que un hombre da todo, dando su amor/ ¿Quién les hace creer otros destinos?/ ¿Quién deshace así tanta ilusión?/ Soy una canción desesperada/ que grita su dolor y tu traición"
El dolor en su máxima expresión. El cuestionamiento se intensifica acusando a la ausencia divina y la injusticia de su sufrimiento. Cuando el abandono toca lo más profundo, el hombre busca explicación en lo divino porque no justifica que ninguna razón terrenal alcance a dimensionar su sufrimiento.
El grito de desahogo ensordece pero nadie escucha la realidad dolorosa y decepcionante del protagonista que mira en el espejo de sus sentimientos cómo es posible que puedan anidar en el corazón humano. No acepta que el amor simplemente terminó. Necesita una causa externa. Entonces se pregunta: ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo?
Pero son preguntas vacías, que no reciben respuestas y ahí está su verdadera y definitiva tragedia: todo gira en círculos, no hay resolución; hay sufrimiento y el dolor avanza. Este tango obliga a una reflexión final algo incómoda: el amor no siempre se rompe cuando alguien se va... a veces se rompe cuando se descubre cuánto de uno mismo se dejó en el camino.
La desesperación del personaje no nace del abandono, sino de haber comprendido -quizás demasiado tarde- que amar desmedidamente deja desprotegida el alma. Le puede pasar al hombre nacido en el "orillaje", el suburbio o el conventillo; al fuerte y o al "sometido"; al que pasó por todo y se ve obligado a enfrentar la batalla más difícil de su vida: seguir viviendo cuando ya no reconoce su propio lugar.
Hasta la próxima.
La angustia del Flaco Rinaldi
Un día, la muchachada del café se sorprendió al notar que el Flaco Rinaldi no había aparecido, ni avisado. Por ahí se dijo que estaba trabajando afuera, otros mencionaron que transitaba por una enfermedad desconocida, pero no, ni una ni otra cosa, el motivo era otro: no asistía a la juntada del café porque no podía escuchar tango sin sentirse descubierto.
Dicen que lo vieron caminar por las noches, por calles oscuras para no ser visto... Dicen que evitaba las esquinas y los amigos, hasta el bandoneón del Gallego al que tanto elogiaba. Dicen que una noche lo vieron parado debajo de un farol; no fumaba y no tenía aspecto de estar esperando a alguien.
Solo miraba el mojado adoquinado como si buscara algo perdido... y entonces lo oyeron murmurar y cuestionarse: ¿para qué me enseñaron a querer así? Nadie tenía la respuesta, aunque en el barrio y en el café todos entendían la pregunta.












