Quiero contarles algo... pero no sé por dónde empezar para que nada se pierda en el camino. ¿Fui partícipe ocasional o bendecido? Sin dudas alguna me considero un "partícipe bendecido". Todo se remonta a la provincia de Ancona, en Italia, concretamente en el municipio de Filottrano, lugar de nacimiento de mi abuelo Nazareno, el sexto hijo de los ocho que tuvo el matrimonio de Francesco y María Caprari.
Nazareno, jovencito, para evitar ser convocado en el ejército contrajo matrimonio con Rosa Teresa Camila Francinella, mi abuela. Ambos eran acérrimos y ultras contreras del régimen político que imperaba en Italia en aquel momento, el que estaba liderado por el dictador Benito Mussolini, amigo de fechorías de Adolfo Hitler.
Tal era así, que el "abu" y su esposa fueron encarcelados en reiteradas oportunidades por el fascismo, sufriendo los más crueles calvarios. Entre ellos la dosis diaria de aceite de ricino y mi abuela sometida a "peluquería obligatoria", ya que era rapada literalmente, para permitir que en caso de fuga sea detectada de inmediato (así como lo lee).
El día que mi abuelo me lo contó lloré, especialmente cuando noté que a mi abuelo, en su relato, dejó caer dos lagrimones que se deslizaban por los gruesos surcos de su cara. Conviví con mis abuelos hasta los 11 años, luego me radiqué con mis padres en Santa Fe. A partir de ahí los visité, por supuesto, pero ya no teníamos aquellas charlas del día a día… en las que yo era el nieto "interpelador".
Como todo niño curioso, alguna vez le pregunté al abuelo por la guerra y su respuesta fue lapidaria: "Io non parlo della guerra. La guerra è sporca. Il mondo si uccide e quelli che hanno organizzato la guerra si divertono e sono tutti amici". (*)
Cuánta razón la del abuelo, analfabeto pero sabio y laburador por sobre todo. Sus lágrimas eran torrenciales cuando me contó que al llegar a Buenos Aires en la búsqueda de un mejor pasar y escapándole a la hambruna en Europa, en la estación de Retiro perdió a su hermanito, Julio, en el mismísimo andén.
Y es aquí donde empieza otra historia, triste por cierto, la del porqué de mi pasión por el tango,... ya que en algún lado escondida estaba mi "veta tanguera".
Escapando de ese calvario y de un régimen que los ponía frente a una decisión brutal, irse o morir, Nazareno con su esposa y sus hermanos Julio y Asunta optaron por emigrar a nuestra querida patria, Argentina.
Llegaron al puerto de Buenos Aires en el vapor Annunciata y fueron alojados en el Hotel de los Inmigrantes, a la espera de ser colocados en algún lugar con trabajo. Porque a eso vinieron nuestros inmigrantes. Fue la inmigración lo que favoreció y contribuyó al crecimiento de nuestro país, algo que nadie puede dudar,ni negar, auqnue ese sea otro tema.
A la semana de su llegada, muchos inmigrantes aguardaban expectantes su destino. Todos corrían y la desesperación aumentaba. Ellos debían llegar a Rafaela, esa fue la consigna. Presurosos subieron al vagón, pero... ¡¿y Julio?! Julio no estaba…y el tren partió lo mismo. Fue el instante exacto en que la vida separó sus destinos.
Fue el corte existencial que enfrentó a Julio con un gran desafío: solo en una ciudad enorme, que no era su patria original, sin familia, sin red, sin abrazo y a tan corta edad, debía afrontar un vacío inicial que explica mucho el tono emocional del tango "La última", del que brindé detalles en mi entrega anterior.
Porque Julio, el hermano de mi abuelo Nazareno, no fue otro que Julio Camilloni, el lúcido autor de la letra de la referida canción. Hasta aquí el relato de mi abuelo; hasta aquí es lo que supo él; hasta aquí, es lo que se yo. De todas formas, la Biblioteca de la Academia Nacional del Tango me amplió el panorama:
"Julio Camilloni estudió, se formó, fue violinista y escritor, y prolífico autor de varias obras de tangos. Humilde vate del barrio de Boedo, se ganaba la vida vendiendo productos para talabartería, fábrica de maletines, valijas y demás".
El joven Julio, un inmigrante solo, separado de su hermano cargando exilio, desarraigo y supervivencia, plasmó en sus obras verdaderas bellezas transformando su dolor. No escribió desde el barrio cómodo, lo hizo desde la intemperie emocional, sin soberbia ni arrogancia.
Entonces, me pregunto... ¿Mi ADN tanguero de dónde viene? Estoy absolutamente convencido de que no apareció por casualidad y que proviene de ese joven inmigrante que perdió al hermano en la estación de Retiro, pero se supo reinventar en soledad, convirtiendo su dolor en música y palabras.
Esta es la historia de Julio, el mismo que se hizo hombre solo y aún así, en obras como "La última", habla de alguien que creyó en el amor y lo hizo con sentimiento y coraje. Buenos Aires no fue cruel con él... pero no fue ni su madre ni sus hermanos. Buenos Aires te da lugar si te lo ganás.
Y Julio aprendió rápido a no estorbar, a escuchar antes de hablar, a mirar cómo se movía la gente, en los cafés, en los conventillos, en la calle y en el suburbio. Trabajó de lo que pudo, durmió donde lo dejaban y podía, aprovechando cuando el ruido bajaba.
Pero la ausencia se sentía, pensando en su familia... en aquella tonta y última discusión, o seguramente en la última cena familiar. ¿Cómo estarán? Se acostumbró a caminar con una espina que no veía, pero que siempre lo acompañó hasta el final.
Sí, Julio fue aquel muchacho que se perdió en la estación y que pasó su vida tratando de reencontrar algo que se pareciera al hogar. Lo buscó en la música, en las palabras y en el amor. El tema "La última" no nació de la fantasía, nació de un hombre que sabía que la vida puede sacar todo y aun así se animó a luchar por encontrar lo perdido.
Sin saberlo, o diría sin proponérselo Julio dejó abierta su propia despedida dos veces. Primero, con "La última", de 1957. Y después, en 1969, con el tango "Hasta el último tren". Vaya paradoja, un tren, como el que alguna vez alejó a un hombre de toda su familia.
Así, dos obras magistrales de un mismo autor, componen la metáfora de un puente perfecto. Y son el corolario de una historia de la que he sido partícipe ocasional y súper bendecido, auqnue haya trenes que no esperan y despedidas que lamentablemente duran toda una vida.
(*) Textualmente: "Yo no hablo de la guerra. La guerra es sucia. El mundo se mata y los que organizaron la guerra se divierten y son todos amigos".
El joven que se perdió en Retiro
El silbato del tren aún retumbaba y parecía que esas "patas de fierro" y chirriar de las vías retumbaban en su pecho cuando se dio cuenta que se había quedado solo. Retiro era un hormiguero de idiomas, valijas atadas con piolín, chicos llorando y hombres que fingían seguridad para que no se notara el miedo. Julio apretaba el papelito que le indicaba el andén, pero en un instante de confusión, un segundo de distracción (un empujón, o una pregunta que no entendió)… y el mundo se movió más rápido que él.
Cuando volvió a mirar, el tren ya estaba yéndose y en ese tren iba su hermano, su hermana y su cuñada. En ese tren, sin despedida, se iba su única sangre en este nuevo continente. Se desesperó, su llanto no le permitía gritar y no tenía fuerzas para correr. Se quedó parado, con la dignidad muda que es la de aquellos que entienden, de golpe, que la vida dobla en cualquier esquina sin avisar.