Carlos Gardel y Alfredo Le Pera fueron la simbiosis perfecta, los representantes más influyentes en la historia de nuestro tango. Ambos quedaron inmortalizados como referentes de letras cultas pero populares, con las que lograron crear verdaderas obras maestras del cancionero de la música ciudadana, entre ellas "El día que me quieras", "Por una cabeza" y "Volver" (1935).
¿Que veinte años no son nada?... El alma sabe cuánto pesan
Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, íconos del tango, crearon "Volver", una obra que refleja la nostalgia y el retorno inevitable a un amor que nunca se olvida.

Especialmente esta última, considerada un himno de gloria imperecedera, que traspaó las fronteras del país. La nostalgia, el tiempo y la angustiante necesidad de un hombre que regresa a su lugar de origen marcado por el dolor y los recuerdos de un amor pasado. Su retorno fue guiado por la misma luz que lo acompañó cuando partió y en los momentos, tal vez más difíciles.

Decir que la vida es cambiante, que tiene muchas vueltas o es una ruleta, sugiere y debe ser aceptada y que las situaciones sean buenas o malas que nunca son eternas y que el futuro es tremendamente impredecible, incierto, es rotundamente válido. En una palabra, las "muchas vueltas" son tanto cambiantes como cíclicas.
"Volver" no es solo un tango, es una confesión. Es la historia de quien regresa pero no vuelve igual. El tiempo pasó, ese amor que alguna vez existió quedó atrás y si supo ser el refugio de ese hombre hoy ya no lo es, es un territorio incierto.
Evidentemente no es un regreso triunfal, pero el retorno era inevitable porque el protagonista no pudo escapar de sí mismo. Los lugares y amores quedaron anclados en su corazón, no pudo abandonarlos nunca del todo. Y en ese regreso hay algo que pesa… el miedo a que todo siga igual. O peor aún, que ya no quede nada.
Y me toca a mí, mediante estas líneas austeras y modestas, tratar de explicarlo a través de la letra, que tanto emociona y cautiva. Entonces me calzo los guantes de fino látex quirúrgico y le entro con bisturí emocional:
"Yo adivino el parpadeo/ de las luces que a lo lejos/ van marcando mi retorno/ Son las mismas que alumbraron/ con sus pálidos reflejos/ hondas horas de dolor (...)"
No es un retorno planificado, sino que empieza de lejos, sin contacto solo señales, las del titilar de las luces que en su recuerdo nunca se apagaron y que son testigos de los dolores de antes, que ahora vuelven a marcar su destino que al mismo tiempo es una verdad incómoda,porque no vuelve porque quiere… vuelve porque algo lo llama:
"Y aunque no quise el regreso/ siempre se vuelve al primer amor/ la vieja calle donde el eco dijo/ Tuya es mi vida, tuyo es su querer.// Bajo el burlón mirar de las estrellas/ que con indiferencia, hoy me ven volver".
Confesión y sinceridad al mismo tiempo: no fue su decisión, fue el destino que le mandó la señal. El amor, que no importa cuánto se aleja, pero que siempre "tira" en el recuerdo, le hace un guiño.
Los cómplices de esta historia completan el escenario: la calle, el barrio y el lugar, pero advierten que nada terminó de todo aquello que vivió. También las estrellas, eternas ellas, siguen siendo las mismas y no se conmueven frente a su drama pasional:
"Volver, con la frente marchita/ las nieves del tiempo platearon mi sien/ Sentir, que es un soplo la vida/ que veinte años no es nada/ que es febril la mirada, errante en las sombras/ Te busca y te nombra/ Vivir, con el alma aferrada/ A un dulce recuerdo/ que lloro otra vez"
La frente marchita, el paso del tiempo, el desgaste de la vida vivida y las nieves del tiempo colorean la imagen más bella pero cruel a la vez, un verdadero golpe a su ilusión que el cuerpo y la memoria tratan de decirle otra cosa y no por ello el pánico y la desesperación:
"Tengo miedo del encuentro/ con el pasado que vuelve/ a enfrentarse con mi vida/ Tengo miedo de las noches/ que pobladas de recuerdos/ encadenan mi soñar (...)"
Las noches llenas de memorias que perturbaban su descanso, los recuerdos, los sueños, todos se encadenan y reviven ese pasado que no está muerto sino que lo está esperando y aparece otra gran verdad, inevitable y preocupante… el miedo al enfrentarlo:
"Pero el viajero que huye / tarde o temprano detiene su andar/ Y aunque el olvido, que todo destruye/ haya matado mi vieja ilusión/ guardo escondida una esperanza humilde/ que es toda la fortuna de mi corazón".
Pueden registrarse excepciones, pero nadie escapa para siempre y aunque duela la vida te lo recuerda y eso no significa derrota, sino dignidad dejando que el olvido arrase con la ilusión del amor que ya no existe.
Pero al personaje no se considera un derrotado y guarda una "esperanza humilde", un atisbo de deseo que mantiene vivo su corazón que no es grandiosa, no es épica, es pequeña, pero le alcanza…es todo lo que tiene y anida en su corazón.
"Volver" es una obra maestra que encapsula la esencia del tango: la melancolía, el amor y la pérdida. Transmite la emoción de un hombre que, aunque marcado por la vida, aún se aferra a los recuerdos de un amor que fue y que, quizás, nunca dejó de serlo.
La canción es un reflejo de la cultura argentina y del espíritu del tango, que a menudo explora temas de desamor, nostalgia y la complejidad de las emociones humanas.
"Volver" es el tango del tiempo, del amor que no muere del todo, de la memoria que no perdona, porque te dice algo tan simple como brutal: podés irte… pero no podés dejar de ser quien fuiste. Y algo más, el pasado no siempre se supera, a veces de llora, se guarda y se lo vuelve a visitar.
Y ese regreso -justamente- es el que nos recuerda que la vida es breve, que los años pasan pero con emociones que no envejecen nunca.
Hasta la próxima.
La necesidad de despedirse
Bajó del tranvía , elegantemente vestido como siempre fue su costumbre; maletín en mano, con su mirada llena de esquinas viejas, sus calles adoquinadas, el farol torcido y la vereda rota. Todo estaba igual como aquel día que decidió partir; ni viendo ese paisaje de retorno se convencía de que nada había cambiado.
Se detuvo frente a una puerta, no golpeó, solo apoyó su mano como quien saluda a un fantasma. No había risas, ni aquella voz que lo nombraba, el silencio le metió miedo y un frío incontrolable le caló los huesos. La situación le hizo cerrar los ojos y, por un segundo, solo por un segundo, volvió a ser el de antes. Entonces respiró hondo... y entendió que no había venido a recuperar nada. Solo había venido a despedirse.












