El que hoy nos convoca es un tango con perfume a infancia y a nostalgia, reflejos de movimientos giratorios, de aquellos que aprietan el pecho. "Un tango que hace sangrar las cosas que fueron rosas un día", es aquel que marca el pulso y no es solo recuerdo; hay herida, hay paso del tiempo y de la vida, hay barrio vivido y sentido.
Cuando los sentimientos del pasado afloran en los pensamientos
La calesita, el símbolo de la infancia y la nostalgia, gira en el tango de Catulo Castillo y Mariano Mores que lleva ese nombre, evocando recuerdos que duelen y marcan el alma.

Así es el tango que se planta en una esquina cualquiera de Balvanera, en tierra firme, con vereda, almacén, panadería… y memoria. Corría 1950, entonces, cuando la pluma de Catulo Castillo le puso letra al tango "La Calesita" y Mariano Mores su música.
La calesita, símbolo de la infancia y la inocencia, como un testigo mudo de un tiempo que se fue escondiendo en ese raudo pasar de los personajes, a la pérdida de la belleza y la alegría que alguna vez existió. La calesita, aquella que giró como la vida misma y cuando frenó… dejó un silencio que duele y mucho.
Esa calesita que no es solo un símbolo, es un eje de ese mítico juego que representa la niñez, el paso al primer amor, el barrio, el café y el tiempo que inevitablemente se lo llevó todo... porque el almanaque envejece día a día, como dicen algunos. El dolor de la nostalgia es insoportable y es un dolor que sangra y hay memoria, que es lo único que sigue girando:
"Llora la calesita/ de la esquinita sombría/ Y que hace sangrar las cosas/ que fueron rosas un día/ Mozo de punta y hacha/ Y una muchacha que me quería/ Tango varón y entero/ Más orillero que el alma mía"
¡Que imagen desbastadora! La calesita que ya no gira con alegría, porque ahora llora; la esquina dejo de ser luminosa, es sombría como si el paso del tiempo dejara su certificado de visita. A lo hermoso duele recordarlo y la memoria lejos de consolar, lastima.
Y entonces no demoran en aparecer los códigos del barrio, la hombría, la pertenencia, el amor y el orgullo arrabalero que también envejeció. Pero todo es recuerdo, todo se perdió.
El tango, fiel a la cultura argentina expresa emociones intensas y complejas y a las pruebas me remito. Los mozos "de punta y hacha" y "una muchacha que me quería" son figuras del pasado, que están en la memoria del personaje como también la imagen, detenida en la retina, de esa calesita que baila y baila... y no deja de bailar:
"Sigue llorando el tango/ y en la esquinita palpita/ con su dolor de tango/ la calesita". Todo desemboca en ella, la calesita, la que dejó de ser un juego, para convertirse en una memoria herida.
"Carancanfún, vuelvo a bailar/ y al recordar una sentada/ soy el ranún que en la parada/ de tu enagua almidonada/ te grito ¡Carancanfún!/ y el taconear/ y la lustrada/ sobre el pantalón/ cuando a tu lado tirado/ tuve mi corazón" (*)
Todo el lenguaje del arrabal, el grito y la energía en el asador, como forma de revivir lo que fue. El personaje se tilda de "ranún" y se pinta a sí mismo realzando su picardía y su poder de seducción. Este verso está cargado de una hermosura superlativa y bien porteña.
Aparece la mujer, el baile, la provocación y el modismo del "taconear y la lustrada" que le da un toque cinematográfico, cuando todo se cae ("tuve mi corazón" dice, lo tuvo pero ya no está), solo queda el recuerdo:
"Gira la calesita/ su larga vida maleva/ Cita que por la acera de Balvanera nos lleva/ vamos de nuevo amiga/ para que siga con vos bailando/ Vamos que en su rutina/ la vieja esquina me está llamando/ Vamos que nos espera con tu pollera marchita/ esta canción que rueda/ la calesita"
El dolor creció a punto de la desesperación y la calesita ya no llora, gira en ese territorio emocional que la vio nacer y por más que exista una invitación formal de volver atrás, nada de eso va a suceder.
El barrio cual simple imán y trampa dulce capturó la imagen del amor envejecido, opacó el brillo de todo y de todos y el desgaste es brutal: en la memoria quedó retenida la imagen del girar de la calesita pero no avanza, como la vida cuando se vive desde la nostalgia.
El tango "La calesita" no habla solo de una calesita, de un simple juego, habla de todos nosotros cuando miramos para atrás: así, la infancia, nuestro primer amorío, el barrio y los amigos no desaparecen se transforman en una herida que gira en el silencio de ese juego infantil.
Este tango puede tomarse como un lamento por lo que se ha perdido, pero también una celebración de lo que una vez fue encapsulada en la imagen de esa calesita alegre que sigue girando, llevando consigo las historias y los sueños de quienes alguna vez la rodearon.
La calesita es un símbolo poderoso: lo que antes daba vueltas con risas como fondo musical, ahora gira en la memoria y con dolor y nos deja un mensaje final tan simple como devastador: lo que alguna vez nos hizo felices es, muchas veces, lo que más nos duele recordar. Hasta la próxima.
(*) Caracanfún: tarareo o sonido onomatopéyico que utilizaban los primitivos bailarines de tango cuando les faltaba la música o querían marcar el ritmo de un paso específico.
Curiosidades
Las calesitas en Buenos Aires son patrimonio cultural y urbano. Si bien no es la más antigua, podio que ocupa "La Calesita de Tito" con más de 80 años, esta pieza musical hace referencia al barrio de Balvanera y trata sobre "La Calesita de la Plaza Primero de Mayo".
Su principal atractivo es ser el centro de encuentro barrial tradicional que resistió al paso del tiempo desde su instalación, allá por el 1940. La calesita no es solo un objeto físico sino también un símbolo de rutina y la monotonía de la vida, que, en algunos casos, sigue girando a pesar de todo.
El carrusel de sueños detenido por la pandemia (1)
"La calesita es mi vida", resume en el inicio de una charla en la que hubo momentos para la emoción, es que se hace difícil hablar de los años de oro del carrusel sin que las lágrimas broten, aunque Jorge Solís se contiene y se lo ve sonreír nervioso.
"Los mejores años fueron desde mediados de los 80 y hasta fines de esa década. En total cada año tiene 55 domingos que son los días en los que la calesita se llenaba; en Corrientes por las lluvias tenemos unos 36 domingos de buen clima, en esa época esos 36 domingos la calesita iba a tope en cada vuelta", explica.
A principios de los 90 el desembarco de los videojuegos y las pantallas hicieron que los niños encontraran otros divertimentos y todo comenzó a decaer. "Desde aquella época jamás volvió a estar llena, pero la gente iba igual, los padres llevaban a sus hijos porque les recordaba a su niñez y llegamos a tener tres generaciones completas que se divirtieron", cuenta Jorge.
La pandemia obligó a cerrarla, la carpa que se ponía para cubrirla del agua la protege desde hace siete meses y Jorge va solo a limpiarla. "La sigo manteniendo, se limpia, se le pone aceite,... porque tengo la esperanza de volver a verla girar", completa.
(1) Fragmento de nota publicada por Diario Norte de Corrientes, octubre de 2020.













