Todo empezó, otra vez, con una reunión. Nos sentamos con las funcionarias del Ministerio de Educación para avanzar en los trámites que permitieran renovar, para esta tercera edición, la declaración de Interés Educativo del Festival Internacional de Literatura de Santa Fe (FILSF).
El puente que se arma con una llamada
La tercera edición del evento literario transformó las aulas santafesinas mediante lecturas compartidas y actividades que conectaron a autores con alumnos. Los talleres con "susurradores" y el intercambio directo con poetas despertaron entusiasmo en colegios de Santo Tomé, Santa Fe y Laguna Paiva este septiembre.

No fue una charla protocolar. Hubo coincidencia plena en algo que veníamos comprobando edición tras edición, que el festival transformó la vida cotidiana de las escuelas que visita, superando ampliamente las metas de participación que nos habíamos propuesto al principio.
Ese compromiso formal, que hoy vuelve a acompañarnos, es el marco dentro del cual pude vivir, este año, un rol distinto: el de ser nexo entre el festival y las instituciones educativas. Digo "nexo" y me doy cuenta de que la palabra suena administrativa, casi fría, para algo que en la práctica fue pura emoción.
Coordinar contactos, confirmar horarios, avisar a una directora que tal escritora llega media hora más tarde: todo eso ocupó mis días de septiembre. Pero detrás de cada llamada hubo, siempre, una escuela esperando con las puertas abiertas.
En la Escuela de Educación Técnica N° 322 Obispo María José Gelabert, de Santo Tomé, recibieron a Oscar Agú, Julieta Vallejos, Mónica Laurencena y Agustina Ferrand. En la Escuela N° 579 José Jacinto Berrutti, también de Santo Tomé, estuvo Marianela Alegre.
En la EESO N.° 442 Juana del Pino de Rivadavia, de Santa Fe, compartimos la jornada con Inés Iacometti. Y en Laguna Paiva, en la Escuela Primaria Particular Incorporada N° 1135 y el Instituto Superior Particular Incorporado N° 9100 (ambos Presbítero Alcides Carlos Frencia), estuvimos Sandra Gudiño, Néstor Fenoglio, María Inés Iacometti y quien esto escribe.
Fue justamente en Laguna Paiva donde viví la escena que más me quedó grabada. Llevamos los "susurradores": unos tubos, algunos de caño y otros de cartón, de color negro. A través de ellos uno habla por un extremo, casi en voz baja, y del otro lado alguien recibe la palabra directamente en el oído.

Antes de empezar, armamos un pequeño taller para explicar de qué se trataba esta práctica, nacida en Francia en 2001 de la mano del colectivo Les Souffleurs, que salía a las plazas a regalar versos a los transeúntes para interrumpir la rutina. Una verdadera Revolución de la Ternura.
Trabajamos con segundo y séptimo grado, con cajitas llenas de poemas breves de distintos autores. Para los más chicos, María Elena Walsh; para los más grandes, versos cortos de Idea Vilariño y de otros poetas.
Por la tarde, ya en el terciario, con estudiantes de magisterio, la propuesta cambió: además de susurrar, nos pidieron que leyéramos nuestros propios textos, y ahí la emoción tomó otro color, más adulto, más de colega a colega futuro.
Lo que se respiraba en esas aulas, y esto lo digo sin exagerar una sola palabra, era alegría, entusiasmo, una emoción que se palpaba en el aire. Varios chicos y chicas nos preguntaron, casi con angustia, si la actividad se repetiría al día siguiente. Otros pidieron, directamente, que se convirtiera en un evento anual, que no nos olvidáramos de ellos.
Escuchar eso, de niños de siete y de doce años, me movilizó de una manera que todavía estoy procesando. Hubo algo más que noté, y que no puedo dejar de nombrar. En escuelas donde participaron escritores, no solo con susurradores sino leyendo sus propios textos, los alumnos mostraron una fascinación mezclada con extrañeza: se reconocían, se veían reflejados en lo que escuchaban.
Vivimos en una época dominada por las redes sociales, donde el acceso genuino a la palabra del otro, como espejo de las propias emociones, escasea. Ver a un adolescente identificarse de verdad con un poema leído en voz alta, sin pantalla de por medio, fue una forma de catarsis que no se fabrica fácilmente. Todavía nos queda una semana de recorrida.
Vamos a visitar la EEMPA N° 1218 Nativas del Salado, de Santo Tomé, y su anexo, además de la Escuela Primaria Fuerza Aérea Argentina N° 6399 y la EEMPA N° 7218, ambas de Sauce Viejo.
Se suman a esta propuesta escritoras y escritores como Nydia Galassi, Gabriela Vivas, Maru Chianalino, Cecilia Zanelli, Claudia Truchet, Jorge Spais, Raúl Calza, Graciela Rakitsky, Susy Tomas, Graciela Ribles, Lautaro Restaldi, Trudy Pocoví, Miriam Marsó, Graciela Monzón y Rubén Gualini.
Y como parte de esta edición, decidimos abrir una puerta más: invitar formalmente a nuevas voces literarias a sumarse a las mesas de lectura del festival, tomando como plataforma el Certamen Literario Intercolegial "María Dolores Rojas de Torregiani", organizado por el EESO N° 261 Simón de Iriondo (ex Colegio Nacional).
La anterior edición, en 2025, volvió a demostrar la calidad que se escribe en nuestras aulas: la EESOPI N° 3071 La Inmaculada de Santo Tomé ganó con "Sensibilidad Residual" y con "Perderse para encontrarse"; la EETP N° 479 Dr. Manuel Pizarro fue premiada por "A la entrada de la luna, todavía lejos del amanecer".
La EESOPI N° 3098 Juan Marcos por "Tu estúpida y hermosa obsesión"; la EETP N° 655 Paula Albarracín de Sarmiento por "Pasado"; la Escuela Industrial Superior por "Soldado conocido solo por Dios"; la EESO N° 331 Almirante Guillermo Brown por "Las cosas que no tiré" y la EESO N° 443 José Manuel Estrada, de Santo Tomé, por "El día estaba espléndido".
Ser nexo entre el festival y las escuelas terminó siendo, para mí, mucho más que una tarea de organización. Fue estar, otra vez, del lado de adentro de esa emoción que se produce: la de un chico que no quiere que termine algo que recién empieza a descubrir. Y hay algo que me llevo, además de la emoción del momento: la certeza de que ese rol de nexo no se agota en la agenda de un mes de octubre.

Cada contacto que se arma entre una escuela y un escritor deja, después, un hilo que sigue tendido: un docente que pide más poemas para seguir trabajando en el aula, una directora que pregunta si el año que viene se puede repetir con otro grado, una biblioteca escolar que de pronto recibe la visita de alguien que antes solo era un nombre en la tapa de un libro.
Ser el puente, en este festival, no es un cargo protocolar: es sostener, con llamados y con presencia, algo que las escuelas mismas piden que no finalice nunca.











