Hay una escena que se repite, con variaciones, desde hace más de treinta años: un estudiante levanta la vista de un texto, a veces un cuento ajeno, a veces un poema propio, inexperto y sincero, y me mira como quien acaba de descubrir que las palabras no solo sirven para pedir permiso para entrar en nuestras vidas o rendir un examen, sino también para doler, para sanar, para cambiar de lugar a quien las escribe o las lee.
Cuando las palabras nos atraviesan
La autora nos ofrece aquí una profunda mirada docente sobre el valor de acercar la literatura a las aulas santafesinas mediante escritores locales y una experiencia transformadora. El cruce entre autores y alumnos en las escuelas secundarias, que revitaliza el vínculo pedagógico, despierta a su vez nuevas formas de expresión en distintas ciudades.

Llevo tres décadas frente a ese instante, primero como profesora de Letras y luego, con los años, como parte del equipo directivo de escuelas secundarias de Santa Fe.
Y, sin embargo, cada vez que sucede, me sigue tomando por sorpresa. Me volvió a pasar hace pocas semanas, mientras terminábamos de cerrar, junto a la Comisión Organizadora del Festival Internacional de Literatura de Santa Fe (FILSF), el cronograma de escuelas que recibirán escritoras y escritores en esta tercera edición.
Entre los nombres de las localidades, Santa Fe, Santo Tomé, Laguna Paiva, hubo uno que me detuvo un segundo más de lo necesario. Laguna Paiva, justamente, el pueblo donde nací. De allí salí para estudiar Letras en la Facultad de Formación Docente en Ciencias -dependiente de la Universidad Nacional del Litoral- y volví, convertida en otra, para dar clases y después para gestionar escuelas.
Ver ese nombre en una planilla de organización de un festival de alcance internacional no debería sorprenderme, al fin y al cabo, integro esa comisión desde su primer año. Quiero empezar por ahí, por esa sorpresa pequeña y personal, porque creo que resume mejor que cualquier discurso institucional lo que significa, para quienes vivimos y trabajamos en el interior de esta provincia.
Un proyecto nacido de la obstinación de un puñado de escritores haya crecido hasta convertirse en una política pública sostenida, reconocida y, esto es lo que más me conmueve, capaz de llegar a los rincones que, durante mucho tiempo, quedaban afuera de cualquier mapa cultural. Antes de seguir, sin embargo, quiero volver un momento a esa primera escena, la del aula, porque es ahí donde empieza todo lo demás.
Cuando alguien me pregunta por qué elegí esta profesión y treinta años después todavía me lo preguntan, con una mezcla de curiosidad y de sospecha, como si nadie eligiera de verdad pasarse la vida corrigiendo trabajos prácticos un domingo a la noche, siempre respondo lo mismo: porque nunca dejó de sorprenderme la velocidad con la que un texto puede cambiar a alguien.
No hace falta un texto extraordinario. A veces alcanza con una frase mal construida, con una metáfora que no termina de cerrar, para que un chico o una chica entienda, de golpe, que tiene algo para decir y que ese algo puede tomar la forma de una oración. Ese descubrimiento, el de la propia voz, es para mí, el verdadero contenido de la materia Lengua y Literatura, más allá de cualquier programa oficial.
Y es también, sospecho, la razón última por la que un festival como el que voy a describir en estas páginas tiene sentido: porque multiplica, en cada escuela que visita, la posibilidad de que ese descubrimiento suceda.
Una ciudad que se debía un festival
Cuesta explicarlo desde afuera, pero quienes vivimos en Santa Fe lo sabemos bien: nuestra ciudad, con más de cuatro siglos y medio de historia y una tradición literaria que incluye nombres como Juan José Saer o Mateo Booz, no tenía, hasta hace poco, un festival de literatura propio.
Otras ciudades del país, más chicas incluso, hacía años que celebraban a sus escritores con ferias, encuentros, mesas de lectura. Santa Fe, capital de la provincia y con un acervo cultural riquísimo, se lo debía a sí misma. Ese debe se saldó en 2024, cuando un grupo de escritoras y escritores independientes, entre quienes tengo la alegría de contarme desde el primer día, decidió que ya era hora.
Así nació el FILSF, impulsado por una comisión que une generaciones. En apenas dos ediciones, el festival se convirtió en la gran referencia literaria de una región que excede ampliamente los límites de nuestra provincia.
Lo que empezó como una inquietud colectiva hoy tiene el respaldo del Gobierno provincial a través del Ministerio de Cultura, de la Municipalidad de Santa Fe, y fue declarado de interés por la Cámara de Senadores, la Cámara de Diputados y el Concejo Municipal.
Recuerdo bien la mañana de la presentación oficial de la primera edición, en octubre de 2024, en la Casa de la Cultura, en la esquina de Bulevar Gálvez y Güemes. Uno de los participantes de aquel encuentro dijo algo que se me quedó grabado:
"(...) esta es la tierra de Saer, el país de Mateo Booz, el lugar donde nació José Predoni. Tenemos una muy buena calidad de escritores actuales. La tarea de quienes ya llevamos años en esto es, de algún modo, dejarles la antorcha a las generaciones que vienen".
En ese primer encuentro estuvieron presentes, entre otros, el escritor chileno Iván Quezada como invitado internacional, y autores locales como Julio Luis Gómez y Graciela Pacheco. También participaron autoridades del Ministerio de Cultura de la provincia, entre ellas el secretario, Paulo Ricci.
Aquella primera edición terminó con el público y los organizadores de pie, en una emoción compartida que confirmaba que Santa Fe, por fin, tenía su festival. Pero hay una parte de esta historia que me toca de manera particular, y es la que tiene que ver con las escuelas.
Cuando los escritores entran al aula
Desde su primera edición, el FILSF entendió algo que quienes trabajamos en educación sabemos hace mucho: la lectura y la escritura no son procesos que ocurran de un solo lado.
Hay un emisor, quien escribe, y un receptor, quien lee, atravesados ambos por competencias distintas, por historias diferentes, por una distancia que, lejos de ser un problema, es lo que hace de estas dos actividades algo profundamente humano y enriquecedor.
Por eso el festival decidió, desde el primer momento, que una parte central de su programación no sería en auditorios ni en salas de conferencias, sino en las aulas mismas. Así, cada año, durante una o dos semanas de septiembre y octubre, decenas de escritoras y escritores de la ciudad y la región recorren escuelas públicas y privadas de toda la zona.
En la segunda edición, en 2025, fueron más de quince autores los que visitaron más de doce establecimientos educativos de Santa Fe, Santo Tomé, Sauce Viejo, Colastiné, Nelson y Paraná. Este año, para la tercera edición, la lista de escuelas volvió a crecer.
Están, por ejemplo, el Ex Colegio Nacional, hoy EESO Simón de Iriondo, la EEMPA N° 1218 Nativas del Salado de Santo Tomé y su anexo, la Escuela de Educación Primaria N° 579 José Jacinto Berrutti y la Escuela de Educación Técnica N° 322 Obispo José María Gelabert.
También la Escuela Primaria Particular Incorporada N° 1135 Pbro. Alcides Carlos Frencia, el Instituto Superior Particular Incorporado N° 9100 Pbro. Alcides Carlos Francia, la Escuela de Educación Secundaria Orientada N° 442 Juana del Pino de Rivadavia, Escuela Primaria Fuerza Área Argentina N° 6399 y la EEMPA N° 7218.
No son números que cite de memoria por vanidad estadística. Los cito porque cada uno de ellos es, en realidad, un aula, una tarde, un grupo de chicas y chicos que durante una o dos horas tienen enfrente, en carne y hueso, a alguien que escribe.

Y quienes trabajamos hace tres décadas en las escuelas sabemos lo que eso vale: que la literatura deje de ser una fotocopia en blanco y negro, un nombre en la tapa de un libro de texto, y se convierta en una persona que respira, que duda, que cuenta cómo llegó a esa frase que después se subraya en un cuaderno.
Para esta tercera edición, la lista de escritoras y escritores que van a recorrer las escuelas incluye, entre otros, a:
Oscar Agú, Sandra Gudiño, María Inés Iacometti, Néstor Fenoglio, Agustina Ferrand, Julieta Vallejos, Mónica Laurencena, Marianela Alegre, Nydia Galassi, Gabriela Vivas, Maru Chianalino, Cecilia Zanelli, Claudia Truchet, Jorge Spais, Raúl Calza, Graciela Rakitsky, Susy Tomas, Graciela Ribles, Lautaro Restaldi, Trudy Pocoví, Miriam Marsó, Graciela Monzón, Rubén Gualini, además de quien escribe estas líneas.
Y la organización ya aclaró algo que me parece central: en la medida en que se sumen escuelas, porque siguen sumándose, incluso mientras escribo esta nota, se convocará a más autores.
No es un programa cerrado de antemano ni una grilla fija: es un organismo vivo que crece según la demanda genuina de las instituciones educativas, lo cual dice mucho de cómo se construyó este proyecto desde el principio, más parecido a una red de afectos y compromisos que a un evento de cartelera.
El año pasado tuve, además, el privilegio de coordinar una de las mesas de lectura durante la segunda jornada del festival, en la Casa de la Cultura, y pude ver de cerca algo que ya sospechaba: la mayoría de quienes escribimos y visitamos las escuelas no somos figuras lejanas ni celebridades de una industria editorial ajena a estos pagos.
Somos, como bien lo señala el propio proyecto del festival, abuelos, tíos, madres, padres, gente que en algún momento de su vida encontró en la lectura y en la escritura un motivo para transformar su entorno y el lugar que habita.
Esa cercanía es, me parece, el verdadero secreto del FILSF: no llega a las escuelas como un evento importado, sino como prolongación de la comunidad. Coordinar aquella mesa, en la segunda edición, me dejó una escena que todavía repaso.
Compartían el turno escritores de diferentes localidades que muchas veces figuran como notas al pie en la vida cultural de la capital, y el público que se acercó no fue, como podría suponerse, un público especializado ni exclusivamente de Santa Fe capital: eran familias enteras, docentes de esas mismas localidades que solo conocían por un nombre impreso en la tapa de un libro fotocopiado.
Coordinar esa mesa no significó mucho más que presentar a los autores y administrar los tiempos. Pero desde ese lugar aparentemente menor pude ver, de cerca, el mecanismo íntimo del festival: gente común, de pueblos chicos, escuchando a otra gente común, de otros pueblos chicos, hablar de lo que escribió. No hay solemnidad en eso. Hay, sí, una enorme dignidad.
Reconocimiento que no es un trámite más
El 19 de mayo de este año, el Ministerio de Educación de la provincia firmó la Resolución 2026-00023981, declarando de Interés Educativo esta tercera edición del "Festival Internacional de Literatura de Santa Fe en las escuelas". Sé que, leído así, puede sonar a uno más de los tantos papeles que circulan por los expedientes de la administración pública.
Pero como docente conozco de cerca la diferencia entre un decreto que se firma por trámite y uno que responde a una convicción real, y este pertenece a la segunda categoría. Lo digo porque el propio texto de la resolución no se limita a nombrar el festival: se detiene a explicar por qué importa.
Considera a la lectura y a la escritura como procesos cognitivos atravesados por competencias distintas del lado de quien escribe y de quien lee, y sostiene que esa distancia, lejos de ser un obstáculo, es un desafío que enriquece estas actividades tan propiamente humanas. Y enmarca la iniciativa en el artículo 11, inciso l, de la Ley de Educación Nacional Nº 26206.
En dicho texto se reconoce a la lectura como un eje central de la política educativa del país, y retoma una idea que cualquier docente de mi generación suscribiría sin dudar: fortalecer la centralidad de la lectura y la escritura es una condición básica para la educación a lo largo de toda la vida, para la formación de una ciudadanía responsable y para la libre circulación del conocimiento.
No es la primera vez que este reconocimiento llega. Ya en octubre de 2025, mediante la Resolución 1916, el Ministerio había declarado de Interés Educativo la segunda edición, con el aval específico de la Subsecretaría de Planificación y Articulación Educativa.
Que la provincia haya sostenido ese respaldo, edición tras edición, y que este año lo haya renovado con fundamentos aún más desarrollados es, para quienes trabajamos todos los días dentro de una escuela, una señal que vale más que cualquier discurso: significa que no se trata de un gesto aislado, sino de una política que se piensa, se revisa y se profundiza.
También la Secretaría de Educación fue clara al pedir que se formalizara esta declaración: consideró que la propuesta constituye una oportunidad valiosa para que los y las estudiantes logren aprendizajes genuinos, compartan experiencias, y para que, a la vez, se sostenga el desarrollo profesional docente como política pública de gestión, en beneficio de toda la comunidad.
Y aclaró, como corresponde en estos casos, que el reconocimiento no implica compromiso económico alguno por parte del Estado provincial. Vale la pena decirlo así, sin vueltas: lo que el Ministerio pone sobre la mesa no es presupuesto, es su peso institucional, su firma, su acompañamiento. Ese respaldo sostenido, silencioso y constante, merece ser nombrado con la gratitud que corresponde.
El tiempo que no se roba
Hay una idea del escritor francés Daniel Pennac que la comisión organizadora recuperó en los documentos de presentación de esta tercera edición y que, como docente, suscribo por completo: "el tiempo dedicado a la lectura y a la escritura suele vivirse como un tiempo 'robado' a las obligaciones cotidianas, cuando en realidad es exactamente lo contrario".
Es un tiempo que amplía la propia experiencia de vivir, que la vuelve más honda y más significativa, en lugar de desperdiciarla. El FILSF, al llevar esa convicción a las escuelas de manera sistemática, no está simplemente organizando visitas simpáticas de escritores: está insistiendo, edición tras edición, en una idea pedagógica de fondo.
Leer y escribir no son actividades extracurriculares, sino el corazón mismo de cualquier proceso educativo serio. Tengo grabada una tarde de hace algunos años, mucho antes de que existiera este festival, en la que un alumno de tercer año me devolvió una novela que le había prestado con una sola frase escrita en un papelito adentro: "Profe, esto no lo terminé porque no quería que se termine".
No hizo falta que me explicara nada más. Esa frase resume, mejor que cualquier teoría pedagógica que haya estudiado en mi formación docente, lo que está en juego cada vez que un chico o una chica se cruza con un texto que le importa.
Y es exactamente esa experiencia, multiplicada por cientos, la que el FILSF pone en marcha cada octubre en las escuelas de nuestra región: la posibilidad de que alguien, en algún aula de Santa Fe, de Santo Tomé o de Laguna Paiva, no quiera que un libro se termine.
Y hay algo más que quiero subrayar, porque lo aprendí trabajando dentro del sistema educativo y no fuera de él: el FILSF no le pide nada a cambio a las escuelas. No exige presupuesto, no reclama protagonismo, no compite por horas de clase.
Llega, se sienta con los chicos, habla, escucha, y se va, dejando apenas la semilla de una pregunta o una lectura pendiente. Ese modo de vincularse, generoso, sin condiciones, sostenido en el tiempo, es exactamente lo que necesita una escuela pública o privada.
La palabra en el centro del aula
La experiencia de estos tres años me permite decir, con la tranquilidad de quien ya lo vivió varias veces, que los equipos docentes, en cada escuela que participó, se organizaron con una generosidad que a veces sorprende incluso a quienes llevamos décadas en esto.
Hay algo en la propuesta del FILSF, tal vez su sencillez, tal vez el hecho de que no pide infraestructura ni presupuesto, solamente un aula y un rato de atención, que la vuelve fácil de incorporar incluso en las escuelas con menos recursos, esas mismas escuelas rurales o de localidades pequeñas que suelen quedar afuera de las giras culturales por cuestiones puramente logísticas.
Eso también explica, creo, por qué el número de escuelas participantes no dejó de crecer desde 2024: no porque exista una presión externa para sumarse, sino porque el boca a boca entre directivos, entre docentes, entre familias, hizo su trabajo. Una escuela que participó un año, difícilmente decida no repetir al siguiente.
Y las que todavía no participaron, muchas veces llaman ellas mismas a la organización para pedir ser incluidas en la próxima edición. Ese crecimiento orgánico es quizás la señal más clara de que estamos frente a una política cultural y educativa que funciona porque responde a una necesidad real, sentida desde adentro de las instituciones.












