Si bien en una sociedad estamos acostumbrados a vivir entre diferencias, eso no equivale a hacer de las diferencias una forma de vida. Sea quien sea el interlocutor, tarde o temprano irrumpen los desacuerdos sobre este o aquel asunto. En el primer caso, vivir entre diferencias, pueden tolerarse una junto a la otra más allá de las sensibilidades y simpatías personales. Es lo que se llama "pacto simbólico de convivencia", siempre posible dentro de límites que fluctúan. La tolerancia dice mucho del grado civilizatorio de una cultura y la intolerancia también.
Por tolerancia entiéndase, no un principio humanista universal al que se accede por el hecho de ser un individuo que aún respira o porque los mandatos morales y religiosos dicen que hay que ser un buen samaritano y respetar al prójimo —sea quien sea el prójimo en cuestión—, sino la consecuencia directa de dejar de creer en la verdad. El concepto de castración en psicoanálisis también se entiende de esta manera. Allí se asume que los problemas que nos conciernen son tan complejos que exceden nuestra capacidad de entenderlos del todo. Por ende, cada uno introduce su perspectiva, una media-verdad dicha sobre el asunto y no más, salvo en los fundamentalismos y las posiciones omnipotentes.
En epistemología, disciplina que estudia nuestra relación con el conocimiento, un principio dice que las cosas no son como son, sino como pueden pensarse. Es otra forma de destituir la creencia en la verdad y sus consecuencias. A propósito, si en la coyuntura actual el debate político se muestra tan empobrecido, es porque cada uno resiste en su media-verdad, tomando la parte por el todo, interrumpiendo así el juego de oposiciones necesario en la búsqueda de estrategias comunes. Sin embargo, quienes dicen tener las soluciones, se suceden uno tras otro y los problemas de siempre persisten indiferentes. Al comienzo de las campañas electorales todo parece tener solución, al final de los mandatos se dice que los problemas son estructurales.
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El ombú y los trastornos mentalesEn cuestiones de convivencia, suele evocarse aquel célebre axioma ético que alude al principio de daño: "Mi libertad termina donde comienza la del otro". No obstante, no es que la libertad sea un concepto que se distingue con la claridad del blanco sobre negro, tal como las líneas fronterizas en un mapa político. ¿Acaso, en nombre de la libertad, no se han justificado los actos más nobles y los más crueles? A veces es un término que funciona como un caballo de Troya, en tanto no sabemos qué aguarda en su vientre hasta que ya es demasiado tarde.
Al respecto, sobre los grandes conquistadores de la historia, Jacques Lacan refiere tiempo atrás: "¿Qué proclama Alejandro llegando a Persépolis al igual que Hitler llegando a París? Poco importa el preámbulo: He venido a liberarlos de esto o de aquello". A comienzos de este siglo, un hombre de la cultura decía que Estados Unidos llevaba la democracia y la libertad a Oriente Medio, tal como los españoles trajeron la religión verdadera al Nuevo Mundo. Hay cosas que no cambian.
En el segundo caso, el hacer de las diferencias una forma de vida, se parece bastante a lo que llamamos en psicoanálisis un síntoma. Una vez que se desencadena el reflejo de "querer tener razón", la diferencia en cuestión se torna anecdótica, solo importa doblegar al interlocutor. Desde la tontería cotidiana de la cual nos olvidamos cuando irrumpe el próximo problema, hasta los efectos trágicos de los grandes conflictos bélicos, allí irrumpe el malestar en la cultura que Sigmund Freud supo situar en la agresividad que antecede a la caída del lazo social.
En las especulaciones teóricas de la psicología se dice que el yo es, desde su origen mismo, esencialmente paranoide. Bajo condiciones específicas, la rivalidad con el semejante puede crecer hasta la imposibilidad de coexistencia, según el postulado: el otro o yo. Los llamados "relatos salvajes" se articulan bajo esta lógica, donde los sujetos de la escena redoblan su exceso hasta un punto de no retorno.
El mecanismo suele ser repetitivo como un juego de ping-pong. Alguien se siente avasallado y responde en espejo, es decir, avasallando a su nuevo oponente en una progresión cuyo desenlace dista de ser auspicioso. Si acaso los relatos salvajes fascinan en la opinión pública, es porque habita en ellos la desproporción de la pérdida irreparable. Triste ecuación: mucho por poco. Quizá por eso en los medios dichos episodios suelen titularse así: "Mató a su vecino por…" (un par de zapatillas, un celular, una discusión de tránsito o la música fuerte).
Se dirá con resignación que no son más que manifestaciones del sinsentido de la locura cotidiana, una suerte de clímax donde sucumbe la razón. No obstante, el aporte de Freud fue mostrar que la locura posee una racionalidad interna, es decir, una lógica que puede descifrarse bajo condiciones especiales.
Otros dirán que, sencillamente, tenemos por delante a un peleador sin más, como los hay por montones aquí y allá. Sin embargo, no todo puede explicarse a través de tipificaciones del carácter y la personalidad. Un síntoma es también un embrollo singular, supeditado a los acontecimientos de una vida y las respuestas que un sujeto ha construido en respuesta. Dicho de otro modo, más allá de las consideraciones generales sobre la agresividad en el ser hablante, están los enredos de cada uno, que también inciden en el resultado de la ecuación final.
Incluso en los inicios de un psicoanálisis un paciente puede pelear al analista, y allí la tarea que se impone es, antes que subirse al ring o hacer respetar la disimetría de la relación paciente-terapeuta, más bien intentar precisar con qué se pelea más allá de la figura del analista. Se trata de dejar en suspenso un circuito, para introducir una pregunta sobre la causa. Si efectivamente es un síntoma, es necesario suponer allí un porqué, por enigmático que sea al comienzo. No existe el afán peleador puro, si uno se enoja por esto y no por aquello, si la respuesta visceral se desencadena cuando se toca un botón y no otro, entonces un psicoanálisis ofrece la posibilidad de construir un saber sobre por qué se está enredado en eso.
(*) Psicoanalista, docente y escritor.