Hay momentos en los que a uno se le da por mirar el almanaque, ve que la fecha se nos vino encima, y de golpe siente ese cosquilleo inconfundible en la boca del estómago. Es una mezcla de nervios, de ansiedad y de una fe ciega que desafía a cualquier lógica.
El abrazo de los días comunes
La Copa del Mundo despierta en los argentinos una fuerza colectiva que desafía la rutina, uniendo corazones en un grito de esperanza compartida.

Ya está, vio. La pelota ya comenzó a rodar, y de pronto la vereda de su casa, el almacén de la esquina y el país entero se transforman en otra cosa. La ilusión está ahí, intacta, limpia, como si nunca nos hubieran roto el corazón quedándonos afuera en unos cuartos de final.
Es una cosa de locos lo que nos pasa a los argentinos cuando arranca una Copa del Mundo. Es un fenómeno que si se lo quiere explicar a un alemán o a un sueco, lo miran como si fuera un bicho raro. ¿Cómo hace para poner en palabras esa marea que lo va llevando?
Es algo indescriptible. De golpe, las broncas del día a día se apagan, los bolsillos dolientes se olvidan por un rato y el aire se llena de una electricidad compartida. Nos ponemos todos la misma camiseta, la misma armadura de tela celeste y blanca, y algo adentro nuestro cambia.
Ya desde el debut, usted se sienta a ver el partido y pasa el milagro. Si la pelota entra, usted se va a dar vuelta y se va a colgar del cuello del tipo que tiene al lado.
Lo va a abrazar con el alma, llorando de la risa, gritando hasta quedarse sin garganta. Y en ese abrazo, a usted no le va a importar un rábano a quién votó ese tipo en las últimas elecciones, de qué trabaja, si tiene guita o si piensa diametralmente opuesto a usted en cada bendita cosa de la vida.
En ese segundo sagrado, ese tipo es su hermano. Es otro argentino que sufre y sueña exactamente lo mismo que usted. Ahí es donde se siente el verdadero orgullo de pertenecer. Esa unión que nace de la nada es nuestra manera más hermosa de ser legítimos.
Es darnos cuenta de que, abajo de tanta capa de cinismo y de tanto cansancio, somos un pueblo noble, capaz de empujar todos para el mismo lado, con una fuerza que podría mover montañas si se lo propusiera. Cuando cantamos el himno frente a la pantalla, somos un solo grito que estremece el aire.
Y les juro que cuando el partido termina y uno baja a la tierra, a mí me da por pensar una cosa que me da vueltas en la cabeza como un trompo. Qué pedazo de país seríamos, Dios mío, si tan solo pudiéramos extrapolar esa fuerza a la vida cotidiana.
Si pudiéramos llevar ese abrazo del gol al mostrador del banco, a la fila del bondi, a las discusiones en el laburo o a la mesa de los domingos. Si entendiéramos que el de al lado no es un enemigo a vencer, sino otro tipo que la rema en dulce de leche en este mismo suelo, jugando el mismo partido difícil contra la realidad.
Si lográramos rescatar un diez por ciento de esa comunión mundialista para los días de tormenta -los días comunes, donde no hay pelota de por medio pero las papas queman igual-, les aseguro que seríamos una sociedad invencible. No necesitaríamos milagros económicos ni recetas mágicas; nos bastaría con mirarnos a los ojos, reconocernos en el otro y tirar juntos para adelante.
Pero bueno, el juego ya está en marcha y la cabeza nos vuela por las nubes. La ilusión nos desborda y el corazón nos late a mil por hora. Disfrutemos de este abrazo colectivo que nos regala el fútbol, que es de las pocas verdades hermosas que nos quedan. Y ojalá, quién le dice, un día de estos nos avivemos y empecemos a jugar así de juntos también los partidos de todos los días.
Al final del cuento, de eso se trata este orgullo tan nuestro, tan difícil de explicarle al resto del mundo. El orgullo de ser argentino no es creernos los mejores, ni sacar chapa de vivos. Es saber que, a pesar de todos los naufragios, compartimos un suelo donde la gente todavía es capaz de abrazar a un desconocido como si fuera un hermano.
Es mirar la camiseta celeste y blanca y sentir que, aunque la mano venga torcida, pertenecemos a un pueblo que no se rinde, que tiene memoria en el alma y que, cuando se junta, es capaz de rozar el cielo con las manos. Hay cosas que se llevan en la sangre y no tienen remedio. Con todos nuestros remiendos a cuestas, yo no cambio este orgullo por nada del mundo.










