El fenómeno climático se fortalece y vuelve a poner en primer plano una cuestión que excede ampliamente al pronóstico meteorológico. En América del Sur, sus efectos serán diferentes según cada territorio y, en Argentina, particularmente en Santa Fe, el escenario obliga a observar no solo lo que puede ocurrir en los próximos meses, sino también las condiciones con las que cada lugar recibe esos cambios.
El Niño vuelve a poner a prueba al territorio: de América del Sur a Santa Fe
El impacto de las lluvias extraordinarias no depende solo del clima, sino de la infraestructura construida, la planificación y la prevención comunitaria. De esta forma, el monitoreo de las cuencas fluviales y el refuerzo de las obras hídricas resultan clave para mitigar riesgos ante eventos climáticos que ponen a prueba a una vasta región.

Hay fenómenos que comienzan a miles de kilómetros de distancia y terminan modificando las condiciones en las que viven millones de personas. El Niño es uno de ellos.
Su origen se encuentra en el Pacífico ecuatorial, pero las alteraciones de la temperatura superficial del océano modifican la circulación atmosférica y pueden producir cambios significativos en los patrones de precipitaciones y temperaturas de buena parte de América del Sur.

El episodio actual ya está establecido. El Servicio Meteorológico Nacional confirmó en septiembre la presencia de condiciones compatibles con El Niño y estimó una probabilidad del 100% de continuidad durante el trimestre septiembre-octubre-noviembre de 2026.
La Organización Meteorológica Mundial, por su parte, anticipa que podría alcanzar una intensidad muy fuerte hacia fines de este año y prolongarse hasta comienzos de 2027.
Los datos permiten anticipar un período que requiere seguimiento, aunque no determinan de antemano qué ocurrirá en cada localidad. Esta precisión resulta fundamental porque no existe un único escenario para América del Sur.
En algunas regiones pueden aumentar las probabilidades de lluvias abundantes y crecidas, mientras otras pueden atravesar períodos de menor precipitación, temperaturas elevadas y restricciones en la disponibilidad de agua.
La respuesta depende también de las condiciones previas de cada territorio, de la época del año y de la forma en que están distribuidas la población y las actividades económicas. De allí surge una distinción fundamental para comprender los desastres asociados a fenómenos naturales. El agua constituye el peligro, pero no determina por sí sola la dimensión del daño.
Una precipitación extraordinaria se convierte en una emergencia cuando encuentra población, viviendas, infraestructura, producción y servicios ubicados en zonas expuestas y con distintos grados de vulnerabilidad.
La exposición está relacionada con aquello que hemos construido y con las personas que habitan un determinado espacio; la vulnerabilidad, con la capacidad que tienen esas personas, edificios e infraestructuras para resistir el impacto y recuperarse posteriormente. Esta mirada modifica la forma de interpretar una inundación.
Una lluvia intensa forma parte de la dinámica natural del clima, pero sus consecuencias pueden ser muy diferentes en un territorio con drenajes adecuados, infraestructura preparada, sistemas de alerta y población informada que en otro donde esas condiciones resultan insuficientes. El fenómeno puede ser similar; el impacto, no necesariamente.

Un mismo fenómeno, diferentes consecuencias
Los antecedentes regionales muestran precisamente esa diversidad. Las alteraciones asociadas al calentamiento del Pacífico repercuten sobre sistemas productivos, cuencas hidrográficas y ciudades de manera desigual.
En determinadas áreas, la preocupación se concentra en la falta de agua y sus efectos sobre la agricultura y la generación energética; en otras, el exceso de precipitaciones incrementa la posibilidad de desbordamientos, anegamientos y daños sobre infraestructura.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) acaba de advertir que un episodio extremo podría generar pérdidas acumuladas de al menos el 2% del PIB regional durante tres años y sumar hasta 4,8 millones de personas a la pobreza hacia el final de la década respecto de un escenario sin este fenómeno.
Las cifras corresponden a América Latina y el Caribe, y no constituyen una proyección específica para Argentina, pero permiten dimensionar cómo una alteración climática puede trasladarse desde el ambiente hacia la producción, el empleo, los precios y las condiciones de vida.
En ese contexto, la diferencia entre un territorio que logra absorber un evento extremo y otro que queda gravemente afectado no depende exclusivamente de la magnitud de las precipitaciones. También intervienen la infraestructura disponible, el mantenimiento de las obras, la ocupación del suelo, los sistemas de información y la capacidad institucional para anticiparse.
Argentina y el desafío del exceso de agua
En Argentina, la evolución de las precipitaciones adquiere particular importancia en las regiones del centro y el este del país, donde el régimen hídrico tiene incidencia directa sobre la producción agropecuaria, las ciudades y las vías de comunicación.
Un período húmedo puede significar una recuperación para zonas afectadas por la falta de agua, pero las mismas condiciones pueden generar dificultades cuando las lluvias superan la capacidad de absorción de los suelos, desbordan cursos de agua o encuentran sistemas de drenaje insuficientes.
Los episodios anteriores dejaron numerosos antecedentes de inundaciones y afectaciones productivas, pero también permitieron acumular información sobre el comportamiento de las cuencas y sobre las medidas que pueden reducir los daños.
La experiencia demuestra que la respuesta comienza mucho antes de que una calle quede bajo el agua o un río alcance niveles críticos. Esa anticipación resulta particularmente relevante en una provincia como Santa Fe, donde la presencia de grandes cursos de agua forma parte de la geografía, la economía y la vida cotidiana.
Santa Fe: convivir con el agua
El Paraná, el Salado y una extensa red de ríos, arroyos, lagunas, cañadas y humedales atraviesan o condicionan buena parte del territorio santafesino. Esta configuración representa un patrimonio ambiental y productivo de enorme importancia, pero también determina una exposición particular frente a determinados fenómenos hidrometeorológicos.
Por eso, cuando cambia el escenario climático, la información meteorológica necesita convertirse rápidamente en información territorial. Saber cómo evolucionan los niveles de los ríos, qué ocurre en las cuencas, cuál es el estado de las obras hidráulicas y qué zonas podrían verse comprometidas permite tomar decisiones cuando todavía existe margen para hacerlo.
Durante septiembre, la provincia realizó relevamientos sobre la cuenca baja del río Salado y distintos cursos de agua del norte santafesino, incluyendo arroyos, lagunas, cañadas, canales, rutas y obras hidráulicas.
Los niveles observados se encontraban por debajo de los valores de alerta. El dato puede parecer menor, pero tiene un valor concreto: permite conocer el punto de partida antes de que las condiciones cambien. La prevención suele tener esa característica poco visible.
Una obra mantenida, una cuenca monitoreada, un protocolo actualizado o una comunidad que conoce cómo actuar ante una alerta no producen una imagen espectacular. Sin embargo, pueden reducir significativamente las consecuencias cuando las condiciones meteorológicas se vuelven adversas.
El riesgo también se construye
Pensar el riesgo desde esta perspectiva obliga a mirar más allá del fenómeno climático. Una inundación no comienza necesariamente cuando el agua alcanza una vivienda.
Muchas de las condiciones que determinan sus consecuencias se fueron acumulando durante años: dónde se construyó, cómo se modificó el suelo, qué infraestructura se instaló, qué obras recibieron mantenimiento, qué zonas quedaron ocupadas y qué capacidad existe para evacuar o asistir a quienes viven allí.
La vulnerabilidad tampoco se distribuye de manera uniforme. Una misma precipitación puede afectar de forma muy diferente a dos familias según las características de sus viviendas, su ubicación, el acceso a servicios, las posibilidades de traslado o los recursos disponibles para recuperarse después de una emergencia.
En ese punto, la adaptación climática deja de ser exclusivamente una cuestión ambiental y se convierte también en una discusión sobre planificación urbana, infraestructura, producción y protección social. El pronóstico climático puede anticipar una tendencia, pero son las decisiones territoriales las que terminan determinando buena parte de la exposición.
Anticiparse cuando todavía hay margen
No existe una forma de impedir que llueva ni un sistema capaz de eliminar completamente el riesgo. Tampoco es posible conocer con precisión qué ocurrirá en cada localidad durante los próximos meses. Los pronósticos trabajan con probabilidades y escenarios, y esa incertidumbre forma parte de la propia naturaleza de la predicción.
Pero contar con información anticipada permite actuar antes de que las condiciones se vuelvan críticas. Monitorear las cuencas, revisar drenajes y obras hidráulicas, proteger infraestructura esencial, actualizar protocolos, coordinar organismos y mantener informada a la población son decisiones que pueden reducir la exposición y mejorar la capacidad de respuesta.
Para Santa Fe, donde la convivencia con el agua forma parte de su historia territorial, este período ofrece también una oportunidad para recuperar aprendizajes y fortalecer mecanismos que no deberían activarse solamente cuando aparece una emergencia.
La experiencia acumulada permite conocer dónde están algunos de los puntos más sensibles y qué recursos pueden movilizarse cuando las condiciones cambian. Los próximos meses pondrán nuevamente a prueba esa relación entre clima y territorio.
No será solamente una prueba para los sistemas de alerta o para las obras hidráulicas, sino también para la capacidad de integrar la información climática en las decisiones que se toman mucho antes de que aparezca una emergencia.
Porque entre una amenaza natural y un desastre existe un territorio. Y en ese territorio están las decisiones que tomamos, la infraestructura que construimos, las personas que protegemos y la capacidad que desarrollamos para anticiparnos.
El autor es investigador posdoctoral en comunicación de riesgo en la Universidad Rovira i Virgili, España.














