Nos escribe Francisco (45 años, San Salvador): “Hola Luciano, te escribo porque tengo la impresión de que en la sociedad actual hay un problema muy grande con el respeto. Nadie se preocupa realmente por hacer las cosas bien, la crisis de las autoridades es completa y para mí, que soy maestro, este es un tema súper complicado. Me gustaría saber tu opinión, como profesional de la psicología y de la salud mental. Es un tema que siempre charlamos con los ‘psi’ del colegio en el que trabajo, así que tomá esta pregunta como si fuera de todos”.
Querido Francisco, muchas gracias por tu mensaje y, en particular, por su modalidad colectiva. Ya en otras oportunidades en esta columna hemos conversado sobre cuestiones que se relacionan con la escolaridad, así que esta vez voy a ir por el lado de lo que planteás sobre el respeto.
Creo que todos estaríamos de acuerdo en que el respeto es importante que se enseñe, así como también es valioso aprender a ganárselo. Coincido en lo que decís respecto de la crisis que hay en torno a esta categoría; parecería más bien que las personas solo respetan a quienes temen o a quienes idealizan, pero ¿es esto respeto?
Pienso en esa famosa frase que se refiere al mar y propone que, más que tenerle miedo, es preferible tenerle respeto. Me gusta esa indicación, porque, así como se tiene miedo, con el tiempo se lo puede dejar de tener y ponerse en peligro. Con el respeto, en cambio, podríamos pensar que siempre se está a salvo.
Mientras escribo estas líneas, me acuerdo de un hombre -ya mayor- que una vez contó que creía respetar a su padre, cuando en verdad le temía. Esta es una forma de delimitar que el campo del respeto no es el del castigo potencial. La contracara es el amor desmedido, que también impone una obediencia, una sumisión efímera.
Por eso, como dije, el respeto no se basa en el miedo ni en la idealización. Y está muy bien, querido Francisco, que lleves la cuestión para el lado de la autoridad, porque la pregunta por el respeto se ancla en los fundamentos de aquello a lo que respondemos con aquiescencia y beneplácito.
Recuerdo una situación muy divertida en la que un amigo contaba que vio a un hombre estacionar su auto en medio de dos lugares reservados para ese fin. Mientras lo cerraba, le decía a su hijo que así nadie podría “pegarle el auto”. Claro, no tenía en cuenta que, al ocupar dos lugares, tampoco dejaría estacionar a otro.
¿Sería necesario que, en ese momento, intervenga algún oficial y le diga que tiene que respetar a los demás que quieren estacionar? En el caso de que hiciera lo correcto, ¿lo haría porque considera que lo importante es el respeto, o por temor a que un policía le ponga una multa? Esta parece una situación anodina, detrás de la cual -sin embargo- se pueden leer e interpretar muchas situaciones cotidianas.
Pensemos en otra circunstancia. Respeto a mi pareja, ¿porque la amo, o porque creo que lo merece? No son pocos los casos en que, una vez terminado el amor, también se acabó el respeto. Entonces, ¿era respeto ese límite al atropello, o era más bien una inhibición basada en el condicionamiento afectivo?
Los niños no conocen el respeto; por eso muchas veces se los llama “irrespetuosos”. En los mejores casos, acceden a esta categoría psíquica de manera tardía. ¿Cuál es el origen de esta función? Mucho se ha escrito en psicoanálisis sobre la vergüenza, el pudor, etc., pero muy poco sobre el respeto.
Si hubiera que trazar un breve recorrido de la génesis de este valor, podríamos situar su raíz en la relación temprana con la figura parental, cuando ya no se la considera solamente en calidad de objeto amoroso, sino como un par.
Me dirán que nunca los padres son pares para los niños y esto es cierto, pero también lo es que, con los años, los hijos ven cómo los padres se relacionan con sus pares y, entonces, pueden identificarse con ese rol de pares.
Por eso, de regreso a la situación que mencioné más arriba, es difícil que un padre que se comporta de manera inadecuada en la vía pública y transgrede los límites del prójimo, sea luego respetado por su hijo. Este podrá tenerle miedo pero jamás respeto, porque este último proviene de ver cómo nuestros padres actúan como sujetos sociales en una comunidad (y no solo como padres).
El respeto no se enseña con grandes discursos, sino que se transmite actuándolo. Este es de esos valores a los que se accede por imitación. Una persona respetuosa, impone respeto. Quien no lo asume, por más que grite pidiéndolo, por más que diga que se le faltó el respeto, no será respetado.
Creo que esta indicación sirve, querido Francisco, para situar cómo ser respetuosos es el primer paso, incluso con quienes no son respetuosos. El respeto es el pilar de la integridad subjetiva, porque actuando respetuosamente también nos respetamos a nosotros mismos. Ya que trabajás en una escuela, te voy a recomendar un libro: "El respeto", obra de un gran sociólogo, Richard Sennett.
Para concluir, quiero invitarte a leer la última columna que se publicó en este mismo medio, sobre el sentimiento de tranquilidad (edición del 8 de frebrero de 2026). Creo que estas líneas van en el sentido de ampliar y darle un nuevo valor a lo que se llama “periodo de latencia”.
Querido Francisco, hemos llegado al final de esta respuesta. Espero que te (les) sirva para reflexionar. Un fuerte abrazo para vos y tus compañeros.
Para comunicarse con el autor: [email protected]