Nos escribe Teresita (32 años, Arrecifes): “Hola Luciano, te escribo porque hace un par de años que no me siento bien. No logro estar tranquila. Empecé terapia y me ayuda mucho, leer tus notas me decidió a hacer la consulta. Así que te lo agradezco, pero si ahora me animo a escribirte es porque quiero preguntarte: ¿por qué es tan difícil estar en paz?”
Querida Teresita, muchas gracias por tu correo. En cierta medida, lamento que no podré darte una respuesta acabada; no en lo que respecta a lo personal de tu inquietud. Sí me alegra que estés en un proceso psicoterapéutico. Y si la lectura de esta columna te hizo avanzar en la decisión, la satisfacción es mucho mayor.
Vayamos a tu pregunta. Por un lado, hablás de estar en paz y, la verdad, es que esta es una sensación más espiritual que psicológica. Muy valiosa, por cierto, pero creo que su causa tiene que ver con cuestiones que van más allá de mi especialidad. Por otro lado, dijiste que no podías “estar tranquila”. Aquí me parece que puedo decirte algo más y concreto.
El sentimiento de tranquilidad tiene un origen psíquico específico. A este punto vamos a dedicar el desarrollo de hoy; primero, a partir de una constatación: no se trata de un estado anímico que los niños conozcan. Con esto último, me refiero a que habitualmente, cuando en casa está todo demasiado tranquilo, pensamos que a los chicos les pasó algo.
Nos sorprende la tranquilidad en un niño pequeño. Esto se debe a que, muchas más veces, estamos acostumbrados a verlos ajetreados por sus impulsos. Es lo normal.
Los niños siempre quieren hacer algo, el deseo se les impone, por eso su demanda nos resulta tan exigente y a veces agotadora. Sin embargo, si el crecimiento es adecuado, se llega a un momento en que ocurre lo que en psicoanálisis llamamos “represión”.
Atención, porque esta última no consiste en una limitación, sino en una modificación de los impulsos. La represión es un límite, no una limitación. Este límite consiste en que antes que ir en busca de la descarga, el impulso ya no busca actuar sobre el mundo sino sobre sí mismo. Esto es de muchísima importancia psíquica, dado que colabora con la aparición de lo que se llama “periodo de latencia”.
La latencia es ese periodo de la vida en que la excitación ya no se aplica directamente sobre los objetos, sino sobre mediadores. Por ejemplo, el niño ya no querrá jugar sin antes haber preparado el juego. O bien, en lugar de usar sus lápices, le importará que la cartuchera esté ordenada.
¿Viste Teresita que, hasta cierta edad, los niños pierden todas las cosas, o apenas las registran, y luego están muy atentos de qué tienen y qué no? Recuerdo a un niño que durante muchísimo tiempo volvía a la casa con la mitad de las cosas y, durante su tratamiento, antes de irse de la sesión, empezó a fijarse si no había olvidado algo.
Los mediadores de que estoy hablando son muy puntuales, se relacionan con el orden, también con el pudor y el cuidado. Pensemos en una situación típica de la vida de los adultos: en un momento de inquietud interna, nos ponemos a limpiar la casa (lavar los platos, barrer, etc). ¿De dónde viene esa idea de que el orden exterior apuntala el interior?
Esta es una idea que se produce por efecto del periodo de la latencia. De nada serviría decirle a un niño pequeño que se organice porque así va a estar más tranquilo. Aunque sí es muy común que el latente conozca la satisfacción de organizarse. No nos olvidemos que la latencia es el periodo de la vida en que los niños empiezan a disfrutar de las colecciones.
¿Cuándo comienza el periodo de latencia? Es difícil ponerle una edad, porque hoy los niños crecen más despacio. Hasta hace un tiempo, coincidía con el inicio de la escolaridad, pero hoy esto ya no es así. En todo caso, importa mucho más entender de qué trata este gran momento de la vida y su valor psíquico.
Me referí antes a las colecciones. Pueden ser objetos, pero también figuritas, o remeras. En cualquier caso, lo significativo es que en la colección la cosa no vale por sí misma, sino por estar en una serie y, sobre todo, porque hay que esperarla. Si quien junta figuritas para un álbum se compra miles de paquetes en un día, no se hace la experiencia de coleccionar.
Planteo este último punto porque, junto con la tranquilidad (del orden), en la latencia también se impone la espera y el sentido de la paciencia. Sabemos que es inútil decirle a un niño pequeño que sea paciente, ya que su deseo es imperativo. El latente -la palabra misma lo indica- dimensiona otra relación con el deseo: le da tiempo.
Esta adquisición es fundamental para lo que vendrá después, cuando la pubertad traiga la urgencia del amor. Sin duda que no es lo mismo descubrir la experiencia adolescente luego de haber atravesado la latencia, con los beneficios que trae, que entrar el ámbito del amor sin estar tranquilo y esperar. Aquí tenemos buena parte de los amores ansiosos de esta época.
Hay una canción muy bella de Phil Collins que dice “El amor no se puede apurar”. Esto es algo que aprendió un latente. Y luego del amor también es fundamental haber pasado por este periodo, ya que –por ejemplo- la latencia da herramientas cruciales para el duelo. Hay personas que después de la pérdida, inmediatamente salen a sustituir.
Aprender a estar tranquilos, poder esperar, son logros psíquicos que vienen después de la temprana infancia. No provienen de la educación, no son valores que se enseñan, sino que surgen por desarrollo psíquico a partir de la modificación de los impulsos por efecto de un crecimiento sano. Querida Teresita, espero que mi respuesta te sirva de ayuda y compañía. Un abrazo y gracias por tu mensaje.
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