I
Saer en Santa Fe
En 1982, Saer dio una conferencia en la APDH, reflejando su condición de exiliado. Su regreso a Santa Fe fue un emotivo reencuentro con su tierra natal.

Cuando Juan José Saer regresó a Sante Fe muchos de nosotros merodeábamos los treinta años, esa edad que él consideraba -uno de sus personajes consideraba- que nos instalaba ante la exigencia de comprometer la vida por una pasión que la justifique, porque de no ser así lo más saludable era descerrajarse un tiro. En ese tiempo, Juani estaba presente en nuestras tertulias cotidianas. Siempre se las ingeniaba para estar.
Un amigo del Centro Español que aseguraba haber compartido más de una mesa de póker con él; Marcelo, con el que se conocían desde el Colegio Nacional y discurrían de política; Mario, que no tenía vergüenza en decir que era su discípulo; Oscar, que alguna vez vivió en su casa de Colastiné; Carlos, que fue su alumno en el Instituto de Cine y que le estaba agradecido por William Faulkner y Robbe Grillet; Edgardo, que decía detestarlo porque no se permitía decir que lo admiraba.
Para nuestras modestas expectativas de entonces Juani reunía las condiciones del escritor maldito, con un cierto toque de atorrante: la timba, las mujeres, la literatura, el compromiso político, el culto a la amistad. Y ahora estaba en Santa Fe. Hablé con su amigo de toda la vida: Roberto Maurer. Le dije que quería conocerlo, conversar con él.
Se sintió sorprendido. Para disimular mi condición de fan, busqué una coartada más respetable y trascendente. En esos años con otro grupo de amigos habíamos organizado la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos (APDH). Contábamos con un local en el que nos reuníamos y organizábamos ciclos de política, historia, derechos humanos y literatura.
II
Una mañana estaba tocando el timbre en su casa de siempre, la planta alta de calle Mendoza casi 9 de Julio. Atendió él. Bajó la escalera y esa fue la primera imagen real que tuve de él: bajando la escalera. Camisa blanca manga corta, pantalón gris y mocasines sin medias. Correcto y amable, pero su mirada no era complaciente; la mirada de un tipo atento, algo receloso, algo irónico.
La mirada de un tipo a quien la timba le enseñó o le permitió perfeccionar el arte de escudriñar en un gesto mínimo una verdad que pretende ocultarse. Para entonces Juani andaba por los 45 años y hacía más de quince que vivía en París. Conversamos. Me presenté y enseguida supe que amigos comunes ya le habían informado de mi probable visita.
Después de los saludos del caso le propuse que diera una conferencia en la APDH. Aceptó en el acto. Veintipico de años después recordamos esa mañana de 1982. Fue durante su última estadía en Santa Fe, y lo que supongo debe de haber sido su última entrevista periodística en Santa Fe y posiblemente en la Argentina. Conversamos durante más de una hora.
En esa ocasión fue que me dijo que en 1982 se sintió muy honrado por haber sido invitado a disertar en la APDH, que esa invitación, luego de tantos años de ausencia y con un par de dictaduras de por medio, fue una de las distinciones más entrañables de su vida. Remember. La conferencia en la APDH estaba prevista un sábado a las 16 horas. Una hora antes lo pasé a buscar por su casa.
Le ofrecí ir en taxi, pero quiso ir caminando. Unas veinte cuadras. Me pareció que estaba algo incómodo o inseguro. Me preguntó si era necesario dar una conferencia o si alguien podría estar interesado en escucharlo. Dos datos recuerdo de esa caminata a la hora de la siesta.
Su curiosidad por los árboles; incluso en algún momento le preguntó a una vecina sobre el nombre de un árbol que se levantaba en el patio de su casa; el otro recuerdo se reveló cuando pasamos por frente de la casa de Hugo Gola.
III
Mientras caminábamos me habló de su amigo poeta, de sus encuentros, a veces en Francia, a veces en Inglaterra. Supe o descubrí en ese instante, por el tono de la voz, por el modo de contar la existencia real de la condición de exiliado, esa "noble condición", como escribió alguna vez. En el local de la APDH nos esperaban cincuenta, sesenta personas. Todos jóvenes; algunos muy jóvenes.
Aseguraría que más de la mitad de los asistentes no habían leído un libro suyo, pero todos de una manera u otra sabían del escritor santafesino que vivía en París y que para muchos empezaba a ser una leyenda. No recuerdo de lo que habló. Si tengo presente una oratoria a veces balbuceante, como un leve tartamudeo. A la hora de las preguntas demostró su garra.
Respuestas concisas, en algunos casos terminantes, algunas veces irónicas y levemente burlonas. Más de uno de sus oyentes le preguntó por qué no volvía a Santa Fe. No a la Argentina en general o a Buenos Aires, a Santa Fe. Expresado de manera desprolija e incluso torpe, el reclamo era en el fondo afectivo: querían que Juani viviera con ellos.
Él sin embargo reflexionó desde otro lugar. Y en primer lugar privilegió su vocación literaria y su libertad para elegir desde donde expresarse.
IV
¿Algún otro recuerdo de aquella jornada? Me habló de Faulkner. Y me dijo que se debía vigilar permanentemente porque la tentación de plagiarlo era enorme.
También nos contó a los amigos que esa noche compartimos unas cervezas que debía andar por los veinte años cuando cayó en sus manos "Mientras yo agonizo" e insistió en que la traducción que corresponde incluye el pronombre "Yo", omitido por la mayoría de los traductores.
Pues bien, esa novela, el primer texto de Faulkner que llegaba a sus manos, lo empezó a leer a la siesta y lo terminó a la madrugada. Y cuando concluyó supo que en su vida literaria había un antes y un después. Un antes y un después de Faulkner. En algún momento le pregunté si estaba escribiendo alguna novela. Si, "El entenado", contestó.
En esos días conversando con amigos nos lamentábamos del giro que había tomado la literatura de Juani. Extrañábamos al autor de "En la zona", "Cicatrices", "La vuelta completa", "Unidad de lugar".
Por el contrario, "El limonero real" y "Nadie nada nunca", nos parecían indigeribles, suponíamos que esa escritura de frases largas, esas digresiones inesperadas, esa afición a pormenorizar detalles, describir objetos, lo alejaba de aquello que él expresaba mejor que nadie y que de una manera u otra nos representaba a todos.
"Escribe para escritores", dijo Marcelo; "Se puso demasiado solemne", sentenció Ramón; "Ha perdido la chispa que le daba vida", se lamentó Carlos. Solo uno de nosotros dijo: "Lo que está haciendo es extraordinario; solo un escritor formidable como él puede animarse a incursionar por esos territorios y hacerlo con tanto talento".
Algunos años después -no tantos- le dimos la razón. Juani no había extraviado sus facultades, los que dejamos de aprender a leer éramos nosotros. Solo los grandes escritores logran educar a sus lectores. Juani era uno de ellos.
No hay un pizca de fanfarronería o pedantería cuando dice en uno de sus borradores que se considera el peor de los escritores que integran la selecta lista de los grandes: William Faulkner, Franz Kafka, James Joyce, Virginia Woolf, Marcel Proust, Jorge Luis Borges, Thomas Mann, Cesare Pavese.












