I
Un bar y un pintor
Entre estudiantes y bohemios, un bar esquinero en Santa Fe se convierte en el epicentro de debates sobre política y arte, mientras un misterioso pintor deja su huella en el lugar. La historia de este rincón y su enigmático visitante se entrelazan en un relato lleno de nostalgia y reflexión sobre el paso del tiempo y la búsqueda de la verdad en las pequeñas cosas de la vida cotidiana.

El bar estaba en la esquina. Me gustan los bares esquineros. Era pequeño. Un mostrador a lo largo, dos o tres bancos altos y contra la pared tres mesitas que daban contra el espejo extendido al frente de la barra. La luz era discreta pero me consta que permitía -por ejemplo- leer el diario. En la vereda lucían tres o cuatro mesas.
La mayoría de los clientes eran estudiantes, pero algunos jubilados y algunos curdas mansos se sumaban a la clientela. No recuerdo haber visto a nadie tomando café. En ese bar se tomaba vino servido en ceremoniosos pingüinos y porrones de cerveza. No faltaba -claro está- una ginebra y alguna caña.
También se almorzaba y cenaba, si es que esos apetitosos verbos no eran algo exagerados para un bar cuya carta se reducía a una milanesa con huevos y papas fritas, de vez en cuando alguna tortilla, sándwiches de salame o mortadela y de postre una rodaja de queso con dulce de membrillo.
II
Durante por lo menos siete años fui un asistente cotidiano de ese bar esquinero que tenía el nombre de una ciudad norteamericana. En esas mesas al aire libre imaginamos rebeliones y revoluciones sociales con olor a pólvora y sexo. En 1967 recuerdo que durante por lo menos un mes la muerte del Che Guevarra fue el tema casi excluyente.
Ese mismo año -bendita memoria- más de tres mil jóvenes desertaron de la juventud comunista, la Fede. Cómo nos íbamos a privar de disfrutar de ese jugoso chismorreo. Por supuesto que las peripecias del Mayo Francés del 68 las seguimos minuto a minuto.
Y ayudados por el alcohol más de una vez creímos saborear las emociones de las barricadas en el barrio Latino bajo la consigna de "cuanto más hago la revolución más quiero hacer el amor; cuanto más hago el amor, más quiero hacer la revolución".
¿Anacrónicos, desopilantes, nihilistas, iracundos? Probablemente, pero… quién nos quita lo bailado. Quién nos borra de la memoria esas noches extendidas hasta la madrugada hablando de revoluciones derrotadas y amores perdidos.
III
En ese bar nada quedó sin discutir. Desde Juan Manuel de Rosas al almirante Isaac Rojas; de Lenin a Woody Allen: de la revolución cubana al amor libre; de Juan domingo Perón a Jorge Luis Borges; de los Beatles a Luis Landriscina.
De Isidro Velázquez a los happenings del Instituto Di Tella; de María Elena Walsh a Esther Vilar y su varón domado; de Carlos Monzón a Julio Cortázar; de León Trotsky al Club del Clan.
Visto a la distancia, admito que por lo general estábamos equivocados, que delirábamos con ficciones y utopías irredentas, pero no sé a título de qué una vocecita me susurra que en algún punto suspensivo, en algún recodo de la frase, en la curva de una coma, en el dintel de una mayúscula o en el fondo de un vaso de vino, algo parecido a una verdad sigilosa intentaba latir.
Insisto: estábamos equivocados en muchas cosas, pero en algunas cosas que no se distinguían al primer golpe de vista, estábamos en lo cierto y no nos importaba saberlo porque ya sospechábamos que el presente sería mil veces mejor que el futuro.
IV
A ese bar, dos o tres veces por semana, llegaba Perita. Alto, cuarentón, pelo ensortijado y algo encanecido, labios finos para que las ironías fueran más eficaces y ojos verdosos que miraban con esa resignación y escepticismo burlón como miran los ojos que han visto todo lo bueno y todo lo horrible que ofrece la vida.
Habitualmente se instalaba en la barra, pero cuando el calor era insoportable -y en Santa Fe el calor siempre es insoportable- se acomodaba en alguna mesa de la vereda siempre solo y siempre con sus lápices, pinceles y block de papel canson. Porque Perita dibujaba y, según los entendidos, sus improvisadas caricaturas eran muy buenas.
Durante cinco o seis años Perita fue un pasajero de la noche santafesina. Bares como El Torino, el Capri, el gran Paraná, La Bolsa, el Miami, lo tuvieron de invitado. Llegaba solo y se iba solo. Muy de vez en cuando compartía las mesas de nosotros.
No hablaba mucho pero se hacía escuchar. A su manera, era un tipo serio. De esos tipos que sin proponérselo dicen cosas importantes. No posaba de culto, pero lo era y lo era en serio. Su soledad era notable, una soledad decidida pero que insinuaba estar precedida de borrascas de las que nunca supimos nada.
V
En realidad, Perita era una presencia sin pasado y sin futuro. Nadie supo de dónde vino y nadie supo dónde se fue. Vivía en una casita sobre avenida López y Planes. Y ese dato exclusivo lo obtuvimos de casualidad. Alguna vez dio a entender que hubo una mujer importante en su vida.
Alguna vez, un parroquiano asegura que lo vio en la terminal de ómnibus despedir a una mujer que subía a un colectivo con destino a Córdoba. Mientras tanto, se ganaba la vida dibujando caricaturas que las cobraba baratas. Los entendidos aseguran que en lo suyo el hombre era bueno y a la legua se notaba que era mucho más que un retratista callejero.
Vestía sencillo, pero limpio y prolijo. Sus modales eran, según un amigote mío, los de un gran señor, un gran señor que se esfuerza en disimular u ocultar esa condición. Nunca se jactó de sus saberes y virtudes, como tampoco nadie lo recuerda discutiendo con alguien.
Por lo general se limitaba a escuchar y muy de vez en cuando introducía un bocadillo. Como el proverbial personaje de Borges, el señor Perita pertenecía al linaje de los que prefieren que el otro tenga razón.
VI
Decía que un día desapareció de la ciudad con la misma discreción con que alguna vez llegó. En todos los casos lo hizo sin dar ni pedir explicaciones. Nunca más supe de su vida y nadie en todos estos años me dijo algo de él. Una excepción menciono.
Nicolás, un amigo que en 1976 se exilió a España por motivos que considero que no son necesarios aclarar, asegura que lo vio en el Museo del Prado acompañado de una mujer muy elegante. Según Nicolás, la suya fue una visión fugaz pero certera. Estaba más viejo, más gordo y mucho mejor vestido, pero era él, aseguraba Nicolás.
Quisimos creerle, pero Nicolás era muy fantasioso, de esos tipos que mienten pero no saben que mienten. De todos modos, yo me fui convenciendo de que Perita pudo haber sido ese caballero distinguido que visitaba las pinturas de Diego Velázquez, Caravaggio, Tiziano, Francisco de Goya o El Bosco en el Museo El Prado. Ojalá lo haya sido.












