Por Fernando Terrilli

Adentro del agua, aprendí lo que es la resiliencia al esfuerzo y el afecto increíble de la gente. De afuera, seguí disfrutándola porque siempre quise estar cerca de esa competencia para ayudarla a crecer.

Por Fernando Terrilli
A la Santa Fe-Coronda la viví como deportista, como presidente de la Confederación Argentina de Deportes Acuáticos y como miembro integrante de la Federación Internacional de Natación, así que la puedo contar desde las tres experiencias, tanto en el agua como fuera de ella.
Como deportista, mi fuerte era la pileta pero me destacaba como fondista. De todos modos, eran distancias más cortas que los más de 60 kilómetros que luego me tocaría nadar en la Santa Fe-Coronda. Allá por el 91 gane un selectivo para participar y eso marcó mi inicio en las aguas abiertas. Y puedo asegurar que eso me dio los mejores años de mi vida y los mejores valores que pude adquirir, como el de luchar, el de no rendirse y ser resiliente a las dificultades. Y además, tuve la suerte de ser top five del ránking mudial durante 3 o 4 años.

Sin dudas que se trata de la más linda del mundo y todo lo que viví fue espectacular. La Coronda se mete en el corazón del atleta, en el corazón de la gente y tiene un sabor especial e incomparable. Son 63 kilómetros con gente a la vera del rio. Es la fiesta de Colón-Unión, de Degano-Fleitas, de ver quién lleva los mejores disfraces, los más ocurrentes o la barcaza mejor tuneada. Toda una ciudad de cara al río mirando una enorme fiesta. Incomparable.
Recuerdo que nos esperaba el gobernador en ese momento para recibirnos y que en una de las competencias llegó el presidente de la Nación. Todo se convirtió en una muy linda locura por esos tiempos. Locura, en el mejor sentido de la expresión.
En la primera, estuve a punto de abandonar. Desde el bote, mi guía me decía que me tranquilizara, que flotara un rato y que siguiera. Y cuando llegué, me dije que nunca lo haría por más dolor, angustia o sufrimiento que padezca. Y una vez que llegás, es muy inexplicable el recibimiento de la gente. Uno no está acostumbrado a tanto cariño. Siempre tuve buenas posiciones y la motivación que te da eso provoca que lo intentes con mejor entrenamiento, mejor experiencia y acondicionamiento sicológico.
Es una carrera en la que convivís con el dolor y ya sabés que hay que superar las cuatro horas y que, luego, todo se normaliza. Sabés cómo y dónde aparecen los dolores. Pero también sabés que todo eso es secundario después. Peleás por los puntos, por los premios, por el ránking. De entrada parece el fin del mundo y luego encontrás placer en la carrera. Plitt me explicó que es peor el miedo al dolor que el dolor mismo. Y después te das cuenta que es así.

En el 2010 fui interventor de la CADDA y me tocó colaborar designando jueces, pidiendo que sea puntuable y otras gestiones. Me acerqué mucho a los atletas, a los coaches, porque antes esa relación era distante. Y así fue que trabajé a la par de ellos, gestionando también fondos a la Secretaría de Deportes.
También tuve un trabajo en línea con la Federación Santafesina de Natación. En la comisión de aguas abiertas de la Fina gestionamos para que sea mucho más abierta la relación y trabajamos en línea con Marcelo Miccoci, que tiene una gran mirada desde lo político, lo deportivo, lo económico y lo protocolar. Su gestión ha sido realmente estupenda en todos los aspectos. Me he sentido siempre muy a gusto colaborando con él y con la carrera.
Las ultra maratones van quedando pocas y son más cortas, pero el romanticismo, la historia y todo lo lindo que tiene la Santa Fe – Coronda me causa una gran alegría y un recuerdo imborrable.