En Colastiné Sur el agua no faltó por sequía ni por una falla técnica. Esta vez, el corte tuvo nombre y apellido: robo. Otra vez los cables, otra vez la toma de la planta potabilizadora convertida en botín y otra vez el barrio contando las horas con la canilla seca.
Fue entre el domingo a la tarde y la noche cuando la planta dejó de funcionar. Al principio nadie imaginó el motivo. “Pensaron que era otra cosa”, cuenta Marcela Fernández, referente vecinal, mientras interrumpe la charla para sacar fotos de un árbol caído sobre bulevar. La escena pinta el contexto: un barrio que lidia con lo que aparece, sin demasiadas respuestas inmediatas.
Sin servicio esencial
El lunes, con el servicio ya resentido, operarios municipales revisaron la instalación. A simple vista, todo parecía en orden. El tramo visible de cableado estaba intacto. Pero al mirar con más detalle, la verdad quedó expuesta: se habían llevado una parte clave del tendido, el segmento que conecta hasta el puente. No todo. Solo lo suficiente para dejar a cientos de vecinos sin agua.
No es la primera vez. Hace menos de un año ocurrió algo similar. La modalidad se repite: cortes quirúrgicos, robo de cobre y un barrio entero rehén de unos pocos minutos de oscuridad.
La reparación llegó recién al día siguiente. El tanque debía volver a cargarse y la presión normalizarse. El agua empezó a sentirse en las cañerías cerca de las 19.30 del lunes. En total, más de 24 horas sin suministro.
GeAlgunos resistieron gracias a reservas domiciliarias. “Muchos tenemos tanque, entonces cuando hay baja presión cargamos y tiramos de ahí”, explica Marcela. Pero no todos. Entre 25 y 30 familias quedaron literalmente a secas, en parte —según denuncian— porque otros vecinos conectan bombas directo a la red y succionan el agua apenas vuelve.
Gente "extraña" en el barrio
El malestar no termina en el robo. En el barrio advierten movimientos extraños, gente que “no es de la zona” y merodea sin rumbo claro. Nadie acusa formalmente, pero la sospecha flota. También mencionan consumo de estupefacientes y hechos contra viviendas, sobre todo casas de fin de semana.
¿Denuncian? No, responde Marcela. La gente ya no denuncia.
El argumento es siempre el mismo: sienten que no cambia nada. Que quienes son señalados vuelven a la calle. Que el patrullaje existe, pero el control efectivo no. “Hay móviles, pero no hay chequeo”, resume.
Desde el municipio mantienen el contacto con los referentes y comunican cada novedad sobre la planta. Si hubo denuncia formal por el robo, es algo que los vecinos desconocen. Lo concreto es que Colastiné Sur volvió a atravesar una postal conocida: bidones en la vereda, mensajes en cadena y la incertidumbre de no saber cuándo girar la canilla dejará de ser un acto de fe.
La lluvia, al menos, dio un respiro. Bajó el consumo y alivió la tensión. Pero el problema de fondo, la vulnerabilidad de una infraestructura crítica frente al delito, sigue tan expuesto como el cable que esta vez no se llevaron.