La inseguridad volvió a golpear de madrugada a los choferes de la Línea 8. Esta vez, el blanco fue la parada ubicada en Sarmiento al 8900, un espacio que los trabajadores acondicionaron con esfuerzo para poder descansar entre turnos y que, en cuestión de minutos, fue violentado, saqueado y destrozado.
“No es la primera vez”, resume con resignación Ariel De Angelis, delegado de los choferes, en diálogo con El Litoral. Según explicó, el lugar ya había sufrido robos anteriores, lo que obligó a reforzar medidas de seguridad extremas.
“Llegamos a cerrar ventanas con ladrillos y mampostería porque nos rompían todo”, contó. En hechos previos, los delincuentes ya se habían llevado una garrafa y distintos elementos de uso cotidiano.
La alarma sonó
Durante la madrugada, el sistema de alarma instalado por la empresa se activó dos veces. Personal policial acudió al lugar, pero el ingreso no fue advertido en ese momento.
El acceso utilizado fue una pequeña ventana del baño, ubicada en la parte trasera del contenedor que funciona como parada. “Tiene unos 30 por 30 centímetros. Por ahí entraron”, detalló De Angelis.
“Sin dudas, entró una criatura”
Por las dimensiones del ingreso, los trabajadores no dudan: quien entró fue una persona de muy baja contextura. “Alguien muy chico. Sin dudas, una criatura”, afirmó el delegado. Más allá del robo, lo que más impactó fue el nivel de daño provocado dentro del lugar.
El botín incluyó utensilios, mercadería y un televisor Smart, adquirido recientemente por los propios choferes. “Creo que recién habíamos pagado la primera cuota”, lamentó De Angelis.
El aparato fue arrancado de cuajo del soporte, con cables cortados y el sistema de conexión destruido. También rompieron el despencero donde guardaban alimentos, dañaron la heladera, se llevaron controles remotos de los aires acondicionados y desarmaron la alarma, cuya chicharra apareció tirada en el piso.
“Hay cosas que a ellos no les sirven, pero a nosotros nos hacen muchísimo daño”, remarcó.
El robo fue descubierto minutos antes de las 5, cuando llegó el primer coche del día. Todo estaba cerrado y con candado, pero al ingresar el chofer notó que el interior estaba completamente revuelto. Se activó el protocolo de la empresa y se dio aviso inmediato, aunque el daño ya estaba hecho.
“No sabemos qué más hacer”
Los choferes pasan entre ocho y diez horas diarias en ese espacio. “Gran parte del día la pasamos ahí. Es nuestro lugar de descanso”, explicó el delegado, visiblemente afectado.
El último robo había ocurrido siete u ocho meses atrás, y todavía no habían terminado de recuperarse. Si bien destacó la presencia policial y de fuerzas de seguridad, apuntó a los “vacíos” y a la maleza abundante en el entorno, que facilita movimientos sin ser vistos.
“Te dejan descansar un poco y después vuelven a pegar”, cerró, con una frase que resume el hartazgo y la impotencia.