Sharenting: cuando la crianza se vuelve contenido y el celular interrumpe el vínculo
Compartir fotos y videos de hijos en redes sociales es una práctica extendida y naturalizada, que presenta sus riesgos. Esto abre debates sobre límites, regulaciones y responsabilidades.
Convertir la vida de un hijo en un espectáculo permanente.
El término sharenting surge de la combinación de las palabras inglesas share (compartir) y parenting (crianza). Define una conducta cada vez más habitual: madres, padres, abuelos, tíos y otros adultos que publican de manera sistemática imágenes, videos o datos de niños y niñas en redes sociales.
Se trata de una tendencia instalada que hoy empieza a generar preocupación a nivel global y a abrir debates sobre límites, regulaciones y responsabilidades.
“Sharenting es el término que se usa para hablar de esta tendencia que tenemos hoy los adultos de subir fotos de menores de edad a las redes, a la web”, explicó Bortnik en diálogo con El Litoral.
Si bien muchas veces el foco se pone en la primera infancia, el especialista aclaró que la práctica atraviesa todas las edades, aunque el debate se concentra especialmente en los niños de hasta seis o siete años, cuando todavía no tienen una voz clara para decidir qué quieren y qué no respecto a su imagen.
Compartir fotos y videos de hijos en redes sociales es una práctica extendida y naturalizada,
Privacidad y exposición
Las preocupaciones más difundidas sobre el sharenting suelen girar en torno a tres grandes ejes. El primero es el derecho a la privacidad de los chicos: hay adultos que toman decisiones en su nombre y definen qué parte de su vida queda expuesta públicamente.
El segundo tiene que ver con la circulación de imágenes infantiles en internet y su potencial uso en entornos de pedofilia.
Bortnik reconoce que ambos riesgos existen, pero introdujó un tercer eje que, “están mucho más asociados a lo que se llama oversharing, cuando uno se pasa de la raya”, sostuvo.
En ese sentido, planteó que no es lo mismo publicar ocasionalmente una foto familiar que convertir la vida de un hijo en un espectáculo permanente. “Si subo una foto de mi hijo disfrazado de astronauta una vez al año, no me parece que estén en juego ni la privacidad ni la intimidad. El problema es cuando la exposición es constante y excesiva”.
Desde su mirada, el sharenting suele ser analizado de manera simplificada, sin diferenciar niveles ni contextos. Y es ahí donde, según el especialista, se pierde de vista el aspecto más preocupante del fenómeno.
El eje central del problema es tambiém el mensaje que los adultos le damos a los niños a lo largo del tiempo.
El mensaje que reciben los chicos
Para Bortnik, el eje central del problema no es exclusivamente la privacidad, sino el mensaje que los adultos transmiten a los niños a lo largo del tiempo. “Cuando esos chicos crecen y se dan vuelta, ven que vos hiciste un show de su vida. Que cada logro, cada cumpleaños, cada momento íntimo fue subido a las redes”, describió.
En sus charlas con familias y en el trabajo cotidiano en escuelas, el fundador de Argentina Cibersegura detecta una contradicción frecuente: padres y madres que se enojan cuando sus hijos adolescentes no cuidan su privacidad en redes, sin advertir que ellos mismos fueron quienes naturalizaron esa exposición desde la primera infancia. “La pregunta es qué ejemplo dimos”, planteó.
Pero hay un segundo punto que, para el especialista, resulta todavía más crítico: el momento de la captura de esas imágenes. “Para hacer un show de la vida de mi hijo, tengo que tener el celular en la mano todo el tiempo”, afirmó. Y ese gesto, repetido y naturalizado, tiene consecuencias profundas.
Bortnik relató una escena cotidiana que resume su preocupación: un niño pequeño regando plantas en la puerta de su casa, mientras su padre lo filma desde unos metros de distancia. “Para ese chico, ¿cuál es el mejor estímulo? ¿Que el padre lo filme o que esté al lado, tocándole el hombro, ayudándolo, compartiendo el momento?”, se preguntó.
Según explicó, el uso permanente del celular no solo interrumpe el contacto visual y el vínculo humano, sino que construye un modelo de relación con la tecnología que luego se replica en la adolescencia.
“Los chicos ven que somos seres humanos con un celular en la mano todo el tiempo. Cuando crecen, quieren ser como nosotros”, advirtió, y vinculó esta conducta con las relaciones adictivas que hoy se observan con frecuencia a partir de la preadolescencia.
Consultado sobre las consecuencias a largo plazo, Bortnik fue claro: toda persona debería poder decidir qué imágenes suyas circulan en redes. Y eso incluye a los hijos frente a sus propios padres.
“Me parece un delirio que un hijo no te pueda decir ‘papá, sacá esta foto de las redes’”, afirmó. Para el especialista, el respeto por esa decisión debería ser incuestionable dentro del ámbito familiar.
Sin embargo, reconoció que hoy no existe una conciencia real sobre el impacto del sharenting. “Si fueran realmente conscientes, no veríamos la cantidad de fotos de chicos que vemos constantemente”, sostuvo, y remarcó la necesidad de seguir trabajando en la concientización.
El avance de regulaciones en países como España reavivó la discusión sobre el rol del Estado. Bortnik se mostró cauto frente a este camino. “Prefiero que estas cosas se resuelvan con cultura y educación más que con regulación”, señaló, aunque reconoció que las normas pueden servir para instalar el tema en la agenda pública.
Desde su perspectiva, las regulaciones aisladas no resuelven problemas complejos y pueden generar efectos no deseados si no se analizan como parte de un ecosistema más amplio. “Regular no es solo legislar. Regular es estar atrás, medir qué pasa, tener recursos”, explicó, y cuestionó la viabilidad de controlar la conducta de cada familia en redes sociales.
En cuanto a Argentina, el diagnóstico es claro: el debate todavía no llegó. “Definitivamente a este tema no llegamos”, afirmó Bortnik, y señaló que hoy otras problemáticas, como la ludopatía, ocupan un lugar prioritario en la agenda pública.
Mientras tanto, el sharenting sigue creciendo, casi sin cuestionamientos. Para el especialista, el desafío no pasa por demonizar la tecnología ni las redes, sino por aprender a convivir con ellas de manera responsable. Y, sobre todo, por volver a mirar a los chicos a los ojos, sin una pantalla de por medio.