En la era de las pantallas, la construcción de la identidad y la percepción del propio cuerpo se juegan, cada vez más, en el terreno digital.

La comparación constante, la insatisfacción corporal y la edición de fotos en redes sociales aumentan el riesgo de conductas alimentarias peligrosas entre adolescentes y adultos jóvenes. El fenómeno atraviesa géneros y niveles educativos, con especial impacto en estudiantes secundarios.

En la era de las pantallas, la construcción de la identidad y la percepción del propio cuerpo se juegan, cada vez más, en el terreno digital.
Un informe científico publicado en la revista Nutrients pone números a una preocupación que crece entre familias, docentes y profesionales de la salud: el impacto de las redes sociales en el riesgo de desarrollar trastornos alimentarios y en la autoestima de adolescentes y adultos jóvenes.
El trabajo, realizado sobre personas de entre 16 y 25 años, revela que el 47% de los participantes presenta riesgo elevado de trastornos de la conducta alimentaria. La cifra resulta especialmente alarmante entre estudiantes secundarios, donde el porcentaje asciende al 56,6%.
La investigación analiza, además, cómo la comparación corporal en redes, la insatisfacción con la imagen propia y la manipulación de fotos se asocian de manera directa con ese riesgo.

La adolescencia y la adultez joven son etapas clave en la construcción de la identidad. Cambios físicos, emocionales y sociales se combinan con una fuerte necesidad de pertenencia y validación externa. En ese contexto, las redes sociales se convierten en un espacio central de interacción, pero también de exposición permanente a modelos corporales difíciles —o imposibles— de alcanzar.
El estudio se basó en una encuesta online realizada entre abril y junio de 2024, con la participación de 261 personas: estudiantes secundarios, universitarios y jóvenes que ya trabajan. A través de cuestionarios estandarizados se evaluó el riesgo de trastornos alimentarios, los hábitos de alimentación y la autoestima.
Los resultados muestran que casi la mitad de los encuestados supera el umbral que indica riesgo de desarrollar un trastorno alimentario y que, en promedio, el grupo presenta niveles bajos de autoestima.
Sin embargo, uno de los hallazgos más relevantes es que la autoestima, medida de forma global, no aparece como un factor determinante del riesgo, a diferencia de otros comportamientos ligados al uso de redes sociales.

Uno de los ejes centrales del informe es el rol de la imagen corporal. El 45,7% de los jóvenes que dijeron compararse con frecuencia con cuerpos que ven en redes sociales mostró un riesgo elevado de trastornos alimentarios. La asociación es estadísticamente significativa y confirma que la comparación constante funciona como un factor de presión sostenido.
La insatisfacción con el propio cuerpo también aparece como un elemento clave. Más de un tercio de los participantes manifestó estar disconforme con su apariencia y querer cambiar “muchas cosas”. Entre los estudiantes secundarios, este malestar se vincula de manera directa con un mayor riesgo de desarrollar conductas alimentarias problemáticas.
Otro dato que aporta una dimensión novedosa es la práctica de editar fotos antes de publicarlas. El 27,6% de quienes modifican siempre sus imágenes en redes sociales presenta riesgo elevado de trastornos alimentarios.
Lejos de ser un gesto inocente, la edición de fotos refleja —según el análisis— una internalización de los ideales estéticos dominantes y una autoexigencia que impacta en la relación con el cuerpo y la comida.

Aunque históricamente los trastornos alimentarios se asociaron principalmente a mujeres, el estudio muestra un escenario más complejo.
En el total de la muestra, los varones presentan una prevalencia de riesgo similar a la de las mujeres. Pero entre los estudiantes secundarios, los varones alcanzan el porcentaje más alto: el 64% presenta riesgo elevado.
Este dato desafía estereotipos y sugiere que los mandatos corporales también están operando con fuerza sobre los varones jóvenes, especialmente en relación con ideales de musculatura, rendimiento físico y apariencia “fit” promovidos en redes sociales.
En cuanto al uso de redes, no se encontró una relación directa entre la cantidad de horas diarias y el riesgo de trastornos alimentarios. Es decir, no es solo cuánto tiempo se pasa frente a la pantalla, sino qué tipo de prácticas se desarrollan allí: compararse, buscar validación, editar la propia imagen.

Entre los hábitos alimentarios evaluados, la dieta restrictiva aparece como el factor más fuertemente asociado al riesgo de trastornos alimentarios. El análisis estadístico muestra que cuanto mayor es la tendencia a restringir la ingesta, mayor es el puntaje de riesgo, independientemente del peso corporal.
De hecho, el índice de masa corporal no mostró una relación significativa con el riesgo: jóvenes con peso considerado normal también presentan altos niveles de conductas alimentarias problemáticas. Este hallazgo refuerza la idea de que los trastornos alimentarios no pueden detectarse únicamente a partir del peso y que responden, en gran medida, a factores psicológicos y sociales.
El informe concluye en que las redes sociales cumplen un rol central en la configuración del riesgo de trastornos alimentarios entre adolescentes y adultos jóvenes. La presión por alcanzar ideales estéticos, la comparación permanente y la exposición a imágenes retocadas impactan de manera directa en la percepción del propio cuerpo y en la adopción de conductas alimentarias dañinas.