La vitamina D cumple un rol esencial en la salud ósea y su déficit se asocia a una mayor fragilidad de los huesos, con consecuencias que van desde dolor muscular hasta fracturas.

Especialistas advierten que niveles adecuados de vitamina D son fundamentales para mantener la densidad ósea y reducir el riesgo de fracturas, sobre todo en adultos mayores y personas con factores de riesgo.

La vitamina D cumple un rol esencial en la salud ósea y su déficit se asocia a una mayor fragilidad de los huesos, con consecuencias que van desde dolor muscular hasta fracturas.
En los últimos años, distintos especialistas han insistido en la importancia de mantener niveles adecuados, especialmente en etapas de mayor vulnerabilidad como la vejez o en personas con enfermedades crónicas.
Aunque suele asociarse principalmente con la exposición solar, esta vitamina también depende de factores como la alimentación, la edad y el estilo de vida. La combinación de todos ellos influye en su absorción y disponibilidad, lo que explica por qué muchas personas presentan niveles bajos sin advertirlo.

La principal función de la vitamina D es facilitar la absorción del calcio y el fósforo en el intestino, minerales esenciales para la formación y mantenimiento del tejido óseo. Sin cantidades suficientes, el organismo no puede aprovechar correctamente estos nutrientes, lo que deriva en huesos más débiles y vulnerables.
La evidencia científica muestra que la deficiencia sostenida puede provocar enfermedades como la osteoporosis en adultos y el raquitismo en niños. En ambos casos, el resultado es un deterioro de la estructura ósea que incrementa el riesgo de fracturas ante caídas o traumatismos leves.

Además de su impacto en los huesos, la vitamina D también participa en el funcionamiento muscular. Esto es clave porque la debilidad muscular aumenta el riesgo de caídas, un factor determinante en la aparición de fracturas, especialmente en personas mayores.
Diversos estudios señalan que mantener niveles adecuados puede reducir el riesgo de fracturas osteoporóticas, particularmente en cadera y columna. Por eso, su control forma parte de las estrategias preventivas recomendadas por sociedades médicas en el abordaje integral de la salud ósea.

A pesar de su importancia, la deficiencia de vitamina D es más común de lo que se cree. Entre las principales causas se encuentran la escasa exposición al sol, el uso constante de protector solar, el sedentarismo y ciertas condiciones médicas que afectan su metabolismo.
En adultos mayores, el riesgo es mayor porque la piel pierde capacidad para sintetizar vitamina D con el paso del tiempo. A esto se suma que muchas personas pasan menos tiempo al aire libre, lo que agrava el déficit. También pueden influir dietas pobres en alimentos ricos en esta vitamina, como pescados grasos, huevos y lácteos fortificados.
Los especialistas recomiendan evaluar los niveles en sangre en personas con factores de riesgo, como antecedentes de fracturas, osteoporosis, enfermedades renales o tratamientos prolongados con corticoides. A partir de ese diagnóstico, el abordaje puede incluir cambios en el estilo de vida o suplementación.

La exposición solar moderada sigue siendo una de las principales fuentes naturales. Bastan pocos minutos diarios en brazos o piernas, en horarios seguros, para favorecer la síntesis cutánea. Sin embargo, este aporte puede resultar insuficiente en invierno o en regiones con menor radiación solar.
En esos casos, la alimentación y los suplementos indicados por profesionales de la salud cobran mayor relevancia. La automedicación, advierten, no es recomendable, ya que niveles excesivos también pueden generar efectos adversos.
La prevención de fracturas no depende de un solo factor. Los especialistas destacan la importancia de un enfoque integral que incluya actividad física regular, dieta equilibrada y controles médicos periódicos. Dentro de ese esquema, la vitamina D se posiciona como un componente clave para preservar la fortaleza ósea a lo largo de la vida.