Por Enrique Cruz (h)
(Enviado Especial a Mar del Plata)
El balneario 12 es un símbolo de Mar del Plata desde mucho antes que los planteles lo eligieran como uno de los lugares preferidos para hacer trabajos de fondo o aeróbicos en la arena. Corría la década del ’70, o quizás antes también, Punta Mogotes todavía no era el complejo que es hoy y aún había algo de paisaje agreste en ese sector playero privilegiado de esta ciudad, cuando el Doce —uno de los pocos que todavía mantiene ese nombre ya que la mayoría de los restantes fueron cambiando— ya era un balneario típicamente futbolero. Y hoy, muchos de aquellos que jugaban en los ’60 y ’70 y que pasaban sus vacaciones allí aprovechando el amplio tiempo de veda futbolera (el calendario era de marzo a diciembre), lo siguen teniendo como parada obligada. Ver a Carlos Timoteo Griguol jugando al tejo (émulo de las bochas) con Carlos Aimar -inseparables ambos-, o a Carlos Mastrángelo, el ex árbitro, esperando que se haga la tardecita para prenderse en un picado, o a Jorge Vigliano charlando animadamente con Juan Carlos Loustau (seguramente ambos siguiendo muy de cerca el desempeño de sus hijos en el referato), se convierten en un paisaje que se renueva año tras año en las calientes playas marplatenses.
Es habitual, en ese contexto, cruzarse con Miguel Ángel Tojo y escucharlo hablar con tanto afecto y buenos recuerdos de aquel seleccionado juvenil de 1964 que ganó invicto el Preolímpico de Lima y disputó sin tanta suerte los Juegos de ese año en Tokio, de la mano de Ernesto Duchini. Ya Tojo era un “consagrado” de corta edad, con Ferro. Es que había tenido una brillante actuación con esa zurda de tanta técnica y habilidad, en un partido ante Racing. Estaba haciendo la colimba y por eso el periodista Diego Lucero (conocido por su manera de escribir en lunfardo), habitué de los campeonatos mundiales, lo bautizó “el soldado”.
El partido más famoso de ese Ferro de Marcos, Berón, Ribaudo, Tojo y Garabal llegó, sin embargo, en 1965, cuando goleó a Boca por 3 a 0 y él marcó dos goles. Esto hizo que Tim lo llevara a San Lorenzo, donde se incorporó en 1967 —cuentan que fue en una transferencia que se transformó en la segunda más importante de la historia entre clubes argentinos por aquel entonces— para jugar en “Los Matadores”, junto a Buttice, Villar, Calics, Rendo, Cocco, Pedro González, el tucumano Albrecht, García Amaijenda, la “Oveja” Telch y el Bambino Veira, entre otros. Un equipo muy recordado, que le ganó la final del Metropolitano de ese año a Estudiantes, en la cancha de River.
Pero los tatengues deben recordar que el final de la carrera de Tojo se dio en Santa Fe, jugando en el inolvidable Unión del Toto Lorenzo. Y así como es notable escucharlo hablar de ese juvenil de 1964, con Perfumo, Sesana, Cejas y muchos otros que luego también se consagraron en Primera, da gusto cuando se pone a hablar de ese año en Unión. “Yo me retiré jugando un partido muy importante del torneo de reserva, contra Boca en cancha de Colón. a Boca lo dirigía Ernesto Grillo. Ése fue mi último partido como profesional. Ya corría el año 1976”, dice Tojo, quien tuvo también un paso por Racing y jugó en Perú, donde formó parte del plantel con Julio Meléndez, el zaguero que brillara en el Boca de esos años.
—¿Qué le faltó a ese equipo de Unión de 1975 para salir campeón?
—Vos sabés que ese equipo fue llamativo. Nosotros ganamos los primeros cinco partidos, pero el Toto Lorenzo, que siempre fue un adelantado y un gran trabajador, no podía encontrar el sistema defensivo. No sé si te acordás que le ganamos a Atlanta en nuestra cancha...
—Hace un gol Cocco esa tarde, ¿se acuerda cómo fue?
—¡Por supuesto que me acuerdo! Córner mío, Mastrángelo la peina en el primer palo y Victorio la cabecea en el segundo. Era una jugada que teníamos preparada. Yo le apuntaba siempre a Victorio, porque era un gran cabeceador, pero a veces teníamos estas variantes.
—Siga...
—Después le ganamos a Chacarita y vinimos a jugar con Newell’s y le ganamos 3 a 2. Llegamos a la sexta fecha punteros con River, los dos habíamos ganado los cinco partidos y nos metieron cuatro. Así fue la primera rueda hasta que en la segunda jugamos con Chacarita de local. En ese partido, estaba jugando Suñé de líbero y Trullet de “5”. Entonces, el Toto los cambió, ganamos con gol de Cocco de cabeza y la gente terminó ovacionando de pie y gritando el nombre de Suñé, que la rompió de “5” y Trullet jugó muy bien atrás.
—River era el “caballito del comisario” en ese torneo, ¿no?
—Sí, claro. Tenían un buen equipo, hacía 18 años que no salían campeones... Y tenían mucho poder, al punto tal que a nosotros nos sacaron de nuestra cancha.
—Fue el Unión 2-River 0 en cancha de Vélez con goles de Mastrángelo y Luque. ¿Cómo vio aquella decisión de jugar de “locales” en la cancha de Vélez?
—A partir del resultado conseguido fue muy inteligente, porque ganamos, nos trajimos toda la recaudación y el club se quedó con los pases de Bottaniz, Baudillo Jáuregui, Víctor Marchetti y el Heber Mastrángelo. Unión hizo bingo aquella vez. Si hubiésemos perdido, las críticas habrían sido tremendas, supongo...
—¿Por qué jugó aquel partido contra Boca de reserva?
—Yo no lo quería jugar porque quería que lo hicieran los pibes. Pero me pidieron, metí un gol de tiro libre y fue mi despedida del fútbol. Los chicos festejaron muchísimo ese campeonato.
—Usted tenía mucha habilidad y excelente pegada, Miguel. ¿Por qué aparecen cada vez menos jugadores de esas características?
—Es cierto lo que decís. Yo estuve trabajando mucho tiempo en la Selección juvenil junto con José Pekerman. Me retiré en 2007 y ya en ese momento, luego de un Mundial de chicos en Corea, teníamos dificultades, había posiciones en las que no se encontraban jugadores, pero te voy a decir algo: Brasil siempre fue un referente futbolístico para nosotros y ellos también tienen el mismo problema. Son 200 millones de habitantes y no sacan jugadores de gran técnica como antes. Por ahí, sacan buenos laterales por derecha, pero fijate que nosotros tuvimos una buena camada de delanteros con Agüero, Messi, Higuaín, Zárate, pero sin embargo no podemos armar una buena defensa.
—Es cierto, Argentina no logra armar buenas defensas desde hace mucho tiempo...
—Es la parte más floja que le veo a este país, hablando de fútbol por supuesto.
—¿Se cayó el trabajo en los juveniles?
—En la época de Pekerman, Tocalli, Fillol y Ferraro, se consiguieron muchos títulos, pero debés tener en cuenta algo: salieron enormes camadas, jugadores de mucha jerarquía que hoy cuesta encontrar. Igualmente, insisto en algo que es fundamental: el resultado en inferiores no es lo que importa, sino la formación. Yo estoy trabajando en San Lorenzo, en este momento, y hago mucho hincapié en esto. Los chicos tienen que llegar a Primera sabiendo jugar al fútbol.
—¿Entonces?
—Entonces, hay clubes que trabajan bien, pero veo que hay un poco de confusión. Se mira el resultado, se apuran los procesos, hacen debutar a chicos que están en formación y eso se paga muy caro en Primera.
—Y hay una gran locura en el fútbol argentino...
—Sí, claro. Pero no solamente en el fútbol. Te voy a contar algo que me pasó el otro día. Estábamos con el Toti Veglio en la calle y vi que una mujer estaba con la nena esperando el colectivo en la calle. No estaba en la vereda, sino que había bajado el cordón. Me acerqué y le dije: Señora, ¿usted no se da cuenta del peligro que resulta esperar el colectivo en este lugar?, y me contestó que tenía razón... Todo rápido, todo desesperado... Y estos campeonatos cortos se comen todo, se comen a los técnicos, a los dirigentes, a todos...
—¿Se debe volver a los torneos largos?
—Por supuesto, no veo la hora de que se vuelva a los torneos largos, porque creo que es la única manera de frenar un poco esta locura. Acá estamos en Mar del Plata y los equipos vienen a jugar los torneos con cuatro prácticas. Una verdadera locura.




